viernes, 2 de noviembre de 2018

X EL RETORNO DEL YETI






X
EL RETORNO DEL YETI

                        Esa última velada casi no dormí, pero me acosté por última vez en las camas frías de los departamentos rentables, amueblados y desiertos, de Javier Duhart y su amable esposa, y al día siguiente me regresé a Cuautla, tras despedirme de los grandes perros siberianos, prisioneros en el terreno baldío bajo la azotea, donde subí a fumar un porro final. Sabía que al día siguiente trasladarían a mi papá desde Puebla hasta Cuautla, y sólo permitían a dos acompañantes, que serían desde luego mi mamá y mi hermano Jesús, pues ahora su carrera de psiquiatra tomaría un giro inesperado, cuando nuestro propio padre se convirtió, de alguna manera, en su paciente, de por vida, aunque a larga distancia y eventualmente con la oportuna ayuda de sus colegas, en el Hospital de neurología y neuropsiquiatría, allá junto al viejo Tlalpan, en la Nueva Tenochtitlán.
            Yo me regresé temprano en camión, debía atender un par de dilemas domésticos, pero atento a la hora de su partida, los esperé junto al teléfono, en donde, en los mensajes grabados, encontré un amable recado de parte de Gael García Bernal, deseándole pronta recuperación, así como otro en la viva voz de Angélica María, quién, acongojada, con la voz entrecortada, plagada de viejos recuerdos sesenteros, preguntaba por la salud de su viejo novio de la juventud, don José Agustín, Había otros varios recados más, de familiares y amigos cercanos, que ya no alcanzo a recordar, pero ustedes saben quiénes son.
            En la tarde, al fin recibí una llamada de mi mamá, aclarándome que la ambulancia llegaría un poco después, al atardecer. Se me había indicado que sacara todas las botellas de alcohol de la cava personal de mi padre, donde por aquellos tiempos, guardaba una buena colección de vinos, siempre disponibles, así como whisky, tequila, vodka y ron, ya saben ustedes, los aperitivos de cualquier hogar decente (o indecente) y burgués (o arrabalero), del siglo pasado o presente. Las escondí con la secreta intención de bebérmelas todas, pero al final, tiré la mayoría, y sólo me quedé con un par, las más finas, que murieron lentamente en mi boca, en los próximos días.
            Ya cayendo la noche, por fin, llegaron en un vil automóvil, cuando yo había estado imaginando una ambulancia silenciosa, pero con las clásicas luces rojas girando, avanzando hacia mí, hacia adentro en la boca del lobo, es decir la calle Campánulas, que lleva, como en un túnel de árboles, a la casa paterna. Eso sí, descendieron con un enfermero, que acompañó todo el camino a mi mamá y mi hermano, y juntos bajaron a mi padre, hasta cruzar el portón de su casa, en una silla de ruedas. Lo llevaron hasta su habitación, lo dejaron en su cama y salieron todos de allí, exhaustos.
Afuera, pude ver que mi hermano estaba bastante preocupado por el estado semi delirante en que aún se hallaba nuestro padre, y con el cual había recorrido todos esos kilómetros de vuelta hasta su hogar. Era, me comentó, lo que en su profesión se denomina un  “Estado Confusional”, es decir que el paciente, muchas veces por traumatismo cráneo encefálico, pasa un periodo que puede durar días o más, en recuperar mediana o totalmente la cordura, la percepción del tiempo, un mínimo aterrizaje tras el periodo prolongado de amnesia, de demencia severa. Así que, en la carretera, cuando el Sol caía para ocultarse tras las montañas, hundiendo esta parte del mundo en la oscuridad, mientras iban recorriendo a gran velocidad los kilómetros del camino a Cuautla, me contaría más tarde mi hermano Jesús, el doc, que mi padre le decía cosas como que ya estaba muerto, e iban en  un sendero hacia el más allá, a Mictlán, o adonde usted mande, si cree en la vida después de la muerte, es decir, por ejemplo, un río astral, subterráneo y azul como un rayo de ánimas sobrenaturales, si gustan. Pero mi hermano trataba de calmarlo, de recordarle que aún estaba en la Tierra, a lo cual el respondía: “No es cierto, nada de esto es cierto”, o cosas por el estilo, y repetía que él había muerto en un accidente en Puebla. Entonces Jesús lo confrontó, preguntándole si realmente creía eso, y él le dejó ver un halo de sospecha, de que quizás era una licencia poética que él se estaba dando, para declararse muerto en vida.
Mi mamá, por su parte, me contó que la mayoría del trayecto, José Agustín estuvo muy callado, quizá por los medicamentos con los que lo sedaron, para facilitar un poco su traslado, y evitarle más ansiedad. Quizá el famoso y polémico Clonazepam.
            El caso es que mi broder y etc. se fueron rápidamente, en cuanto mi padre estuvo aterrizado en su jaula, y mi jefa y yo comenzamos nuestra guardia en este pequeño castillo de cartas, donde la locura lleva la corona, y que continúa a la fecha como una misión de la divina providencia, una prueba de vida y una bendición oculta más allá de lo evidente, para los ojos del hombre común.
            Pero déjenme contarles que, en cuanto se firmaron los papeles de recibido, y el chofer y paramédico se fueron, y poco después mi hermano Jesús, y con ellos los últimos residuos de algún recuerdo de las prohibiciones y recomendaciones médicas, mi padre procedió a quitarse la ropa, ponerse su traje de baño, y con los últimos rayos del atardecer, ya de noche en su vida, de hecho, se lanzó con un clavado en la gran alberca que construyó mi abuelo, sumergiéndose ahora en aguas más oscuras, pero como lo había hecho toda su vida, como un ritual que le recordaba sus días de niño, vacacionando con sus padres, hermanos y primos, en las playas de Acapulco y el mar abierto del estado de Guerrero.

            No sé qué habrá sentido, pero fue una de las últimas veces que mi padre se atrevió a meterse a nadar en su propia alberca, que por cierto, por estos días está casi vacía, intentando revivir, debido a las grietas infringidas  por el reciente temblor, el cual secó muchos manantiales y afluentes de agua milenaria, mismos que muchos hombres confundidos intentan, desesperadamente, devolver a su cauce, en la soleada comarca donde habitamos, mis jefes y yo.
Pero ya hablaremos más delante de esa alberca, que es sin duda todo un personaje en esa casa de los jefes, justo al pie de la gigantesca araucaria que reina sobre un hogar resplandeciente, que siempre me recordó el magnífico cuadro de Magritte, donde en la casa ya es de noche, pero en el cielo, aún es de día. De muy escuincle yo también entraba en ese estado confusional, y solía creer que ese era un retrato de nuestra casa en realidad, hecho por el Guti, mi prodigioso tío, el pintor fantasma; Así como también confundía la labor genial de mi fallecido tío, con ese cuadro extraordinario de Andrew Wyath, en donde una mujer joven, con un vestido largo como de pionera, está recostada en un campo seco y ocre, y mira de espaldas hacia una casona vacía, en el horizonte, bajo un viento otoñal.  Incluso creía que esa mujer era mi mamá. Eso, hasta que él personalmente me aseguró que no era así, pues mi chief tenía una gran reproducción de esa obra, colgada sobre su escritorio, en el estudio, donde escribió algunas de sus mejores obras como escritor maduro, durante mis primeros años de vida aquí.
            Pero, back in the future, que frenéticamente se convierte en el pasado, ni lento ni perezoso, mi padre busco de inmediato sus alcoholes, al desembarcar en Cuautla, y al descubrirlos desaparecidos, montó en una cólera exhausta y sin esperanzas, harto de pelear con la sobriedad, comprendiendo que la infame prohibición de alcohol lo había perseguido desde el hospital, hasta su propia casa, y así empezó una larga batalla para emigrar de vuelta a la luz, desde un infiernito etílico, aceptado voluntariamente.
            Resignado, abandonó la idea por esa noche, bien dopado con ansiolíticos, y puso su antología de canciones de amor de Rolling Stones, en un audio cassette, y comenzó a murmurar sus rolas favoritas. Y así, exigiendo unos pomos que ya ni existían, comenzaron a pasar los días, mientras mi papá se aclimataba y acababa de creer que, por fin, había vuelto de Puebla, herido y dañado, pero vivo, para su fortuna o desgracia.
            En los días siguientes, empezó a exigir las llaves del coche, para salir el mismo por su tequila, algo que parecía imposible y demencial, en su condición, así que nos aflojamos y empezamos a darle una dosis creciente de cerveza para calmarlo, a lo que siguió el vino con las comidas, pero por suerte ya no le recetaban Clonazepam, por aquello de las cruces. Pronto se sintió con la fuerza necesaria para salir a manejar su auto, y aunque tratamos de impedirlo, aterrados, se largó un buen día a traer una botella de Whisky al Oxxo, misma que olvidó en el coche, y yo me tomé con unos amigos del barrio.
Pero poco a poco, recobró la memoria lo suficiente, como para manejar cada vez más lejos en la ciudad, y recordar las botellas de compraba para bajarlas del coche, generalmente tequila, y comenzó a tomarse unos tragos antes de comer, aunque generalmente lo mandaban a la cama sin probar bocado, debido a los medicamentos controlados con los que se mezclaba el etanol. Así comprendimos que José Agustín había vuelto, sino por venganza, si por más de lo mismo: continuaría jalándole la cola al tigre a pesar de las graves advertencias, activando sus mecanismos de autodestrucción, pues, por increíble y absurdo que pareciera, contra todos los pronósticos, era innegable que mi padre había retornado a las andadas, por una última batalla contra los dioses salvajes. Y yo tendría que testificarlo, de primera mano.
            Fue por esos días que comenzó a poner sus discos más queridos y secretos, de la era jipiosa, los más raros de su tiempo, bandas misteriosas que duraron menos en dispersarse que las exitosas, pero que generaron algunos clásicos desconocidos. Dejó de poner el rock clásico de los sixties, por todos bien conocido, y se clavó con algunas de las bandas más extrañas del universo roquero.
Y así comenzó mi última lección etílica en la escuela del rock, esa música libertaria y psicodélica, que años atrás comenzó con la función en video casero de Woodstock, y ahora finalmente se mordía la cola, cuando levanté las orejas como un elfo, para realmente escuchar y recordar esas bandas de fenómenos bizarros, tan poco disfrutadas por los neófitos marigüanos de hoy en día.
De modo que, a continuación, es decir en el próximo capítulo, si me acompañan, o si les interesa saber más sobre la música favorita de mi jefe, el gran escritor, don José Agustín, los invito a acompañarme en esta inmersión casi antropológica, pues les voy  mencionar algunas de estas bandas grabadas y perdidas en la era de piedra. Así como porqué valió la pena haberlas escuchado, así como todo el resto del caos y el orden, cósmico y metafísico, que aquí se me revelaron, aún si esto implicó vivir casi clandestinamente en un laberinto mental, con mi Daddy Rolling Stone enmascarado como el Minotauro, y mi madre en onda Ariadna, y yo no que digas Teseo, está muy edípico el asunto, pero si algún sirviente del reino, o algún mal bicho embrujado, viviendo escondido por los rincones, aprendiendo a reconocer en mí el lado oscuro de mi padre; Acá bien adentro, en los mecanismos cronométricos de mi Casa Musical, a 1000 kilómetros luz x hora, en este camino dorado y rodante del rucanrol. ¡Hasta la próxima, amables lectores y queridos amigos!



IX LA MÚSICA NO SE DETENDRÁ JAMÁS (OH, MY SWEET LORD)







                                                                             IX  
    
LA MÚSICA NO SE DETENDRÁ JAMÁS

(OH, MY SWEET LORD)



            Durante los últimos días en el Hospital de la Beneficencia Española, mi padre ya estaba más coherente y platicador, de una forma más terrenal, más como siempre lo conocimos, y más o menos como ha estado estos ocho años después de su accidente: a veces parece el mismo, el de siempre, y las visitas repetían “yo lo veo bien”, pero yo, en secreto, notaba como empezaban a cruzarse los cables de su cerebro, entre falsos contactos, cortos circuitos y chispas en la bomba hidromagnética, que ya no alcanzaba para elevar el flujo del agua hasta la azotea, ya comenzaba a confundir datos de sus otrora vastos conocimientos históricos y culturales, pero para darse cuenta de estos errores, uno aún debía ser tan culto como él, o cargar con la computadora para buscar las respuestas correctas.
            Pero veinte días después de su ingreso, al cual arribó en calidad de urgencia extrema y directo a terapia intensiva, el escape de aquel hospital poblano era inminente. Mi  jefe ya había dejado bien en claro su rotunda negativa a permanecer más tiempo allí, y menos con la terrible perspectiva de iniciar tratamientos de rehabilitación física, para lo cual hubiera tenido que bajar de su habitación casi de hotel, hasta un primer piso, donde la sala de terapia corporal contaba con toda clase de especialistas y aparatos tecnológicos para ayudar a los heridos en su recuperación. Pero mi padre observó esa posibilidad con repulsión, como un vampiro al que le muestran una cruz o la luz del Sol. Así que, los doctores, al ver su negativa a cooperar, finalmente se hicieron a la idea de dejarlo ir, de soltarlo incondicionalmente, liberarlo de vuelta a la naturaleza, adonde pertenecemos. Él, a su vez, insistía obsesivamente en que le trajera unas chelas de la tiendita más cercana, o tomaba a las enfermeras por azafatas y les pedía un trago de alcohol como si estuviera volando en primera clase, o exigía que nos largáramos de allí cuanto antes, pues se le estaba privando ilegalmente de su libertad, su libertad de largarse pero ya, de inmediato, ¡ipsofacto!, así que el papeleo se hizo para que pudieran darlo de alta, pero eso aún tomó un par de días.
Mientras tanto, yo intentaba entretenerlo con películas y música, conectando mi viejo dvd portátil a la televisión de su habitación, y poniéndole algunos discos que traía de Cuautla cuando me daban chance de ir a recargarme de música y mota, pa que más que la pura verdad. Así, le puse otra vez ese viejo viaje futurista del 2001, la odisea espacial, a riesgo de que mi jefe creyera que ahora sí nos encontrábamos en la cabina de una nave sideral, recorriendo el cosmos rumbo a lo desconocido. Pero la miraba ocasionalmente con intriga y curiosidad,  reservándose su opinión. Entre otras cosas, en la última tarde/noche que pasé con él en su cuarto de paredes y sábanas blancas, también le llevé el concierto de homenaje a George Harrison, ese con motivo de su trágica y precoz partida, en 2001, a raíz del cáncer que le provocó en los pulmones el apuñalamiento de un demente invitado en su propia casa, ataque del cual lo salvó su esposa mexicana, Olivia Arias Trinidad Harrison, ¿sabían esto?, se explica con lujo de detalles en el documental Living in the material world, de Martin Scorsese, del 2011. Pues bien, les puse el video. Yo acababa de descubrir su existencia, y estaba muy prendido, aunque el concierto data del 2002, grabado justo a un año de la  muerte del ex-beatle. De sobra está decir, que el concierto les encantó, a mis padres y hasta a las enfermeras, pues es abrumadoramente bueno, muy sensible y conmovedor, para todos los que amamos a los Beatles sinceramente, con un lugar muy especial para el George, por ser el más alivianado de los tres grandes compositores que engalanaron el cuarteto de Liverpool. Harrison fue el que más tardó en florecer plenamente, pero como Beatle o solista, logró una carrera que compite duramente con sus compañeros, por ser el mejor de todos. En fin, Sir Paul aún sigue sacando discos a su septuagenaria edad, así que la carrera aún no termina, pero en el corazón de los machines, George ya ganó el segundo lugar, después de John Lennon, el rey indiscutible de los jipis, por ser ambos campeones del amor, la hermandad y de imaginación: All you need is Love, así como Imagine, y de parte de Harrison, My sweet lord, son las cumbres del mensaje pacifista de los Buitres, como les llama de broma mi prima, la Yuyi, quien por cierto no tolera el Yesterday de Paul, así como yo no me trago esa de Obladi, oblada, ¡urgh, se me retuercen las tripas con esa rola tan ridícula!
            Pero como les decía, de regreso en la última noche que pasé como visita en el hospital con los jefes, nos chutamos de cabo a rabo ese concierto Homenaje para el George, que no vale la pena describir aquí, simplemente escúchenlo por primera vez, si pueden, o de nuez, si les apetece, elijan un día especial y la compañía adecuada, y ese video invocará la magia de los inolvidables cuatro. Pero especialmente el místico del grupo, ese mi Jorge, con quién logré tocar el corazón de mis padres aquella tarde/noche, rola tras rola, pero sobre todo cuando llegamos al clímax del concierto donde tocan todos los invitados juntos: Eric Clapton, Jeff Lynne, Paul McCartney, Ringo Starr, Jools Holland, Sam y Joe Brown acompañando a Billy Preston en enormes versiones de Isn’t it a pity y para coronar el evento, desde luego, la versión góspel de My sweet lord, que en mi opinión se lleva a la original de paseo, hacia una altitud insospechada. Al escucharla allí con mis papás, yo con trabajos de plomero me aguantaba las lágrimas, entre de melancolía y también de felicidad, una alegría y un dolor que nunca se rinden, en el espíritu de la buena música. Pero pude ver que un rayo de paz se colaba al interior de mis atribulados padres, por unos instantes, y la canción por si misma obraba una especie de magia, de curación, nos envolvía en aura de esperanza, aun cuando el autor de la música ya no esté presente, lo bailado nadie nos lo quita, tal como la enfermera entro bailando al ritmo de Mi dulce Señor, cargando una charola con los medicamentos que, en adelante, se convertirían en el pan nuestro de todos los días, para mi accidentado padre. Era una enfermera chaparrita, morena y regordeta, que no había sido la más amistosa en particular, simplemente cumplía con su trabajo eficientemente, con cierta frialdad emocional, propia de doctores y enfermeras, pero al parecer esa música la acarició lo suficiente como para mostrarse en confianza, más que humana, compartiendo esa alegría momentánea. Era como si la guitarra del George volviera de entre los muertos con un coro celestial, que se lamenta suavemente, invadiéndonos con el placer de escuchar esa música tan especial en el tiempo; Y entonces la enfermera entró, con su paso bailado, a la habitación, iluminándola aún más, haciendo reír a mis progenitores, con dificultad, por un momento, un relámpago entre sus grandes tristezas, mientras la melodía nos regresaba un poco a la vida antes del accidente, a la posibilidad de recobrar algún tipo de normalidad, de volver a la luz del Sol, que cotidianamente se irradia deslumbrante en la vieja Casa de mis Padres, de mis ancestros, mi pedazo del paraíso perdido.
Todavía miré con gula y tentación ese gotero Rebotes, en mi última tarde en el nosocomio, porque como que me llamaba, a través de un cajón del buró, junto a la cama reclinable del hospital, exigiendo que me lo robara y jugara con él, que me lo llevara a vivir conmigo y le diera un buen trago, pero la idea me aterró, pues el Rivotril es parte de mis peores recuerdos como junki, así que lo abandoné allí, y me largué cuando el concierto para George culminó, sin mirar atrás, a mis padres atorados allí por otra noche.
            Por cierto, y ya para terminar, por esta noche, este choro mareador, déjenme comentarles, o recordarles, acerca del último deseo de ese gran maestro espiritual que fue el  ex-beatle George, quién solicitó a su esposa Olivia y su hijo Dhani que vertieran sus cenizas en el río Ganges, para lo cual se trasladaron volando a la ciudad sagrada de Veranasi, en la India, adonde George sembró su corazón siglos atrás, por allá en los últimos años de la década de los sesentas. Así mismo, le dejó el diez por ciento de su fortuna a los Hare Krishnas, una suma que rebasaba los treinta millones de dólares. Alrededor del mundo, pero especialmente en Liverpool, hordas de fanáticos, simpatizantes y seguidores se reunieron para cantar sus canciones u orar en silencio por su partida, que abrió una grieta en el alma de todos cuantos tocó con su música, dejando una feroz cicatriz luminosa  y deslumbrante.
            Su esposa Olivia y su hijo, un muchacho apenas, pero casi su clon de tan parecido, depositaron las cenizas en el Ganges, como Harrison había pedido, cuando falleció en la ciudad irónicamente llamada de Los Ángeles, a la tierna edad de 58 años, tras una dura batalla contra el cáncer. Y así, una de las más grandes historias del rocanrol había terminado, evaporada en el aire, rumbo al cielo, a conocer a ese Dulce Señor, Aquel que Georgie Boy había anhelado ver y sentir, desde tantos años atrás, y así sería sin duda, y usted puede imaginarlo, si acaso  cree en la vida después de la muerte, y en el encuentro final, con el mismísimo Creador del Universo.
 ¡Hasta el próximo capítulo, Salud!







miércoles, 17 de octubre de 2018

VIII NAUFRAGIO EN UN MAR DE MÚSICA




VIII


                                      NAUFRAGIO EN UN MAR DE MÚSICA

                        Bueno, pues como les estaba diciendo, y para citar al viejo Jim: “La música es tu amigo especial, baila en el fuego, como Él te invita, la música es tu único amigo, hasta El Fin”… ¡Y “Cancelen mi suscripción para la resurrección”!... pero continúa: “Antes de hundirme, en el Gran Sueño, quiero escuchar el Grito de la mariposa”, cantaba Morrison, con la fuerza de un Dionisio cualquiera, y en ese mismo poema musicalizado, Cuando la música termine, advertía, desde aquel entonces, sobre el mal que podemos ser para este mundo, en nuestro delirio capitalista y ególatra, que hoy en día se está volviendo contra la vida en la Tierra y nuestra propia posibilidad de supervivencia: “¿Qué es lo que le han hecho a la Tierra… Qué le hicieron a nuestra bellísima hermana?: ¡Saqueada y ultrajada, violada y mordida, apuñalada con dagas, a un lado del amanecer, amarrada y cercada, y la arrastraron hasta el fondo”; Profetizando así que, cuando la música termine, la humanidad habrá fracasado también, y entonces, el último en salir, pues que apague la luz, y el mundo volverá a tener paz, en una bendita oscuridad y un gran silencio.
            Pero James Douglas Morrison no se rinde y comanda la protesta, con la fuerza de un capitán embravecido:
“¡¡Queremos el Mundo y lo queremos Ahora!!”
Exclama el Jim, y yo reciclo:
¡¿Qué queremos?!: ¡¡El Mundo!!, ¡¿Cuando lo queremos?!: ¡Ahora!
            Y finalmente, vocifera con todas sus fuerzas:
“¡¡SÁLVANOS!!, ¡¡JESÚS: SÁLVANOS!!”
…Culmina el Morrison, entre alaridos realmente desesperados, implorando por nuestra salvación, causa de la que fue todo un héroe truncado, un mártir, un sacrificio humano voluntariamente aceptado, y también, en parte, una víctima de la locura colectiva.
            Y esto me recuerda que estoy escribiendo sobre mi padre, y el final de sus palabras escritas, ya entrados en este nuevo milenio judeocristiano, y sobre la herencia que me encomienda, en términos de su doble filosofía. Y entonces recuerdo, que, desde luego, como todo lo demás de esa época, conocí a los Doors gracias a mi padre, el gran escritor, don José Agustín. Fue por los días en que nací, y él se hallaba aún entrado en esa década, ya decadente, de los años setenta, cuando yo vi la luz por primera vez, en agosto del ’75, y él tenía apenas treinta y un años, doce menos que yo actualmente; Y todavía se encontraba en la flor de sus años, en sus días dorados, en la cumbre de su talento y creatividad, recién publicado uno de sus mejores libros: Se está haciendo tarde, considerado por la banda chida y la crítica especializada como la cumbre de la contracultura literaria mexicana, muy recomendable para todos los jóvenes de espíritu, y quienes aún se hayan en alguna búsqueda lisérgica/hedonista/mística/espiritual/anarquista. Lléguenle y préndanse, o viceversa.
            Pero mi educación formal, sobre la música de la era jipi, comenzó en realidad una noche en que mi padre regresó de un viaje de trabajo y placer a los Estados Unidos, del cual volvió con una de las primeras video cassetteras que hayan pisado tierra mexicana, quizás la primera en llegar hasta Cuautla, me cae; Era Beta, of course, y todavía cubierta con formica, dándole a este antiguo artefacto un aspecto retro o vintage, como dirían ahora todos los pochos mileniales. Era Sony, y eyectaba un mecanismo sobre su superficie, que salía desde adentro de esta máquina del tiempo, para que introdujeras el cassette, y luego con la mano, lo presionabas para que se tragara la película. En aquel entonces, cuando supongo que nadie más en este pueblo tenía una tecnología tan avanzada, mi padre volvió del gabacho con tres cintas, sólo tres filmes grabados en video, que marcarían mi vida y mis gustos artísticos: Se trataba de dos películas icónicas de la ciencia ficción gringa, y un concierto de tres horas con la música más increíble que yo hubiera escuchado jamás, misma que mis tiernos oídos apenas podían comprender: Eran 2001, la odisea espacial de Stanley Kubrick, La guerra de las galaxias, de George Lucas, y Woodstock, el magno evento de la era hippy, con sus tres días de amor y paz, en ese pueblo a las afueras de Nueva York; Quizás los únicos tres días de amor y paz que hayan vivido tal cantidad de hombres y mujeres, en el mundo, en la historia conocida de la humanidad.
Eran tres utopías, de un pasado remoto y dos futuros distantes, por los cuales mi padre me permitía observar el cosmos a través de una cerradura electrónica, o como quién abre el telón,  donde la creación del mundo se representa como una obra de teatro, abierta ahora a nuestros siete sentidos y múltiples sentimientos, nuestros grandes súper poderes, todo lo que realmente tenemos.
Así puex, la sala, en la casa de todos ustedes, se convertía en una especie de nave espacio-temporal, donde el Capitán José Agustín comandaba el viaje por el cosmos, al futuro y al pasado a placer, con solo presionar unos botones, cual un Capitán Kirk cualquiera, y así me volví fan de la ciencia ficción, del rock de los años sesenta, y de la mota, y los psychadelic trips, per se. Así me empezó a pervertir mi buen padre, por las buenas. Cuando wachaba Star wars, por cierto, algo dentro de mí recordaba haberla visto a los 2 años, durante su estreno, cuando mi padre nos llevó a verla al llegar a vivir a Albuquerque, en los mentados U.S.A., y los profes de una universidad, a donde daba clases mi jefe, le recomendaron llevamos al cine a ver la sensación del momento, era mejor que Disneylandia, decían, por el módico precio de un boleto de cinemático. Algo como un deja vú electrónico-cinematográfico me hacía sentir que ya había estado antes en ese viaje espacial, inmerso en el milagro de los viajes intergalácticos, a la velocidad de la lux.

            Y así como es innegable que la música del inagotable John Williams, en La guerra de las Garnachas es excelente, e inolvidable, lo mismo que el insólito soundtrack de 2001 es todo un tratado sobre el amor de Kubrick a la música clásica del pasado y el futuro, como un evento audiovisual extraordinario, abriendo con el Así hablaba Zarathustra de Strauss y cerrando con el Réquiem de Ligeti, al final del viaje rumbo al infinito y más allá: Pero volviendo al pasado primitivo de la cultura contracultural de los llamados jipis, como ustedes comprenderán, musicalmente hablando, fue Woodstock la que más me impresionó, si bien las otras dos sagas me abrieron los ojos al Universo, los Tres días de amor y paz me devolvían al centro mismo de la Tierra, el ombligo del planeta, y me marcaron en el camino de la mística anarquista e iconoclasta, que caracterizó esos años de rebeldía radical, retratados magistralmente como un documental poliédrico, lleno de trípticos multicolores, que me mostraron una faceta de la humanidad diferente, como un fenómeno sociológico libertario, rebelde, pleno y, como dije antes, hasta utópico. Era como admirar una civilización pacífica de otro mundo, o de un pasado remoto y perdido en los maremotos del tiempo, como atisbar a los habitantes de la Atlántida, o los míticos misterios dionisiacos del Eleusis, haciendo un tremendo pachangón, lleno de nudismo, lagos y ríos para nadar, baños de lodo, yoga, consumo de drogas felices y profundas, la mejor música del planeta y la más estridente de la historia, envolviendo ese lugar en un aura sagrada, que les permitió presentar un saldo blanco, aun cuando el evento se desbordó y recibió al final a más de medio millón de personas, sin una logística para un evento incalculable, de dimensiones épicas. Fue una locura controlada y creativa, un santuario para el espíritu colectivo de la humanidad, un refugio de la maldad que siempre ha gobernado el mundo, un experimento del cual emanarían muchas ideas y rutas para nuestra posible evolución, un ritual masivo por la salvación de la especie. Tres días de esperanza y luego aquellos miles de soñadores se dispersaron y el sueño había terminado.
            Vale la pena recordar quienes estuvieron presentes y quienes fueron los grandes ausentes de esa histórica ocasión, pues eso nos permite recordar a todos los grandes grupos de aquella época tan prolífica, rocanroleramente hablando. Para así, después enfocarnos en otros grupos de rock sicodélico más desconocidos, misteriosos y casi secretos, pero también muy chidos, que sólo los rockeros más clavados conocieron, en aquel pasado remoto, pues fueron opacados por sus rivales más poderosos… batos clavados tales como mi jefe, el laureado escritor mexicano y reconocido melómano, ese que firmara sin sus apellidos, nombrándose simplemente: José Agustín. Para él, cada noche amanecía para escuchar el Hit Parade gringo, en una estación llamada Radio 1000. Allá comenzó su formación sonora.
            Regresando a Los Doors, como se narra en When you’re strange, el documental de Tom Dicillo, en esos momentos, se encontraban en la peor vorágine de mala prensa, por los desmanes del Morrison, que acabaron hundiéndolo en un siniestro lío legal, con la posibilidad real de ver al Jim caer en la cárcel, sólo por sacarse el pito en el escenario, según dicen las malas lenguas. Así que ellos, desde luego, no estuvieron. De hecho faltaron casi todas las grandes estrellas de los sixtis: Los Beatles, que ya se estaban divorciando, los Rolling stones, tampoco asistieron, aunque poco después quisieron hacer su propio concierto multitudinario en Altamont, con resultados funestos y reportando un homicidio a las autoridades, a manos de los Hell’s Angels, quienes estaban encargados, Ja Ja, de la seguridad del evento, un desastre que incluyó un su propio sacrificio diabólico, pues al cumpa aquel lo mataron casi casi al ritmo de Sympathy for the Devil, (rolilla que los Rolling no se atrevieron a tocar hasta su gira con el Voodoo Lounge), un mal viaje colectivo que marcó el fin de esa era beatífica del rock. Tampoco estuvo Dylan, el pastor del la era jipiosa y recién don Premio Novel,  con sus himnos que hablaron por esa generación. Faltó también Pink Floyd, la cumbre del rock psicodélico y progresivo, quienes llevaron el rock hasta donde ninguna música se había aventurado jamás. No vimos a Led Zeppellin, tampoco, quienes estaban destinados a abrir el mundo a la nueva era, la era del metal, una era demoniaca que en los ochentas se apoderaría de las almas de muchos jóvenes desencantados con el sueño americano y eso acabaría de momento con las ácidas utopías de sus padres pacifistas y mariguanos. Empezaban los tiempos de la coca, la heroína, los chochos y las drogas duras. El Imperio había contraatacado.
            Pero apenas unos años antes, en Woodstock, una veintena de grupos emergentes lograron su coronación como ídolos de esa generación, tal es el caso de Jimi Hendrix, quién, aunque llegó ya al mero final, tocó una de sus sesiones más memorables aquel día, con su traje blanco de piel, estilo indio americano, y su guitarra blanca también, la clásica banda en la cabeza. Toco como nunca jamás se había o ha vuelto a tocar la lira eléctrica, extrayéndole texturas metálicas, colosales, todo un cuerno de la abundancia con melodías de oro y plata púrpura, que pesaban toneladas en la historia del rocanrol. Esta vez no quemó su guitarra, como en el Monterrey Pop Festival, donde por cierto la Janis Joplin hizo lo propio, con los Big Broder y la Holding Company, consagrándose como la reina del blues blanco, la todopoderosa Bruja cósmica, y que junto con Jim y Jimmy, y el Brian Jones de los Rolling, inaugurarían el Club de los 27, pasoneándose todos a tan tierna edad… En fin, tampoco estuvo El Greateful Dead ni el Jefferson Airplane, otras bandas míticas de los años sesentas.
            En Woodstock, la actuación de Janis no fue tan explosiva, y no la filmaron toda, tan esa sí que en la versión que mi padre trajo del gabacho aquella vez, aún no incluía su presentación. Después de Hendrix, mis favoritos eran Los Who, cuya ejecución de las rolas de su ópera rock, Tommy, me parecían de una teatralidad inigualable, todo un performance, de una potencia arrolladora, con el Daltrey ondeando su mic como una boleadora eléctrica, Keith Moon golpeando con saña y demencia su grandiosa batería llena de agua que saltaba ante los golpes como una fuente de furia y pasión desmedida, lujuriosa y sicótica; Sin olvidar el bajo frenético de John Entwistle, con su rostro tan serio, como si de un Atlante se tratara, y finalmente Peter Townshend, descuartizando su guitarra Fender blanca como un relámpago, riffeando con su estilo orbital, o de bumerán, girando el brazo a gran velocidad para azotar repetidamente las cuerdas de la Fender, ¡con la fuerza de un pitcher de beisbol!... Su presentación era nocturna, lo cual le daba esa iluminación teatral, un halo enigmático, y ellos aporraban la noche con millones de watts y decibeles de potencia, haciendo retumbar la noche misma, encendiéndola con un fuego ancestral, o así se sentía mi corazón al verlos, una y otra vez, debemos haber visto esas tres películas miles de veces, pues eran las únicas que teníamos, pero además porque su riqueza me resultaba interminable, y aún me parece que podría volver a verlas un par de veces más antes de morir, o antes de que se acabe el mundo, como se dice hoy en todo de guasa.
            Después de los Who, los héroes eran Santana, con su Soul sacrifice, algo absolutamente incomparable en la historia de la música, y Ten years after, que realmente les llevaba a todos mínimo diez años de ventaja, pues la vertiginosa velocidad de Alvin Lee y sus cumpas, era ya una muestra del rock speed metalero que pronto llegaría para reinar en los ochenta. Desde luego, Sly and the Family Stone, el corazón, el alma de la segunda noche Woodstokera. También me gustaban Canned Heat, y hasta los loquitos de Shanana, juar juar, con su onda retro hasta los años cincuenta, algo muy punk rock, pero con una coreografía para morirse de risa.
            Los que me daban un poco de hueva eran Crosby, Stills y Nash, me parecían cursisi y muy folk, igual que Joan Baez, que tenía el atrevimiento de cantar a capela frente a una noche repleta de hipies. 
            Finalmente, acabo de recordar a Joe Cocker, con sus botas azul celeste decoradas con estrellas plateadas, cantando entre contorsiones epilépticas, su canción más famosa, la de los putos años maravillosos, sí, el clásico de los Beatles, pero en versión estrambótica y súper gritona: With a Little help from my friends… Basta con decir que su forma de cantar, era como una catarsis compartida, una epifanía contagiosa que uno no podía dejar de sentir con él, como un chamán volcado en arrancarnos de nuestra deprimida cotidianidad, como una droga telepática que me elevaba a la estratósfera, donde mi espíritu estallaba como un fuego pirotécnico/maniaco. Sólo de acordarme, mi piel se eriza, y mis ojos empiezan a sangrar la leche negra de un cosmos de agua ardiente.
            But enough about that shit, ese concierto gigante que, por cierto, le diera nombre al compañero fiel del sabueso Snoopy, Woodstock, el adorable canario amarillo, despeinado y de vuelo caótico. De pronto, años después, mientras seguía leyendo los libros de Charles Schultz, ese pájaro minúsculo, era el único recuerdo que me quedaba de aquella utopía masiva, perdida en el tiempo, envuelta en un misterio, como un sueño siamés compartido alguna vez por tantos miles, y que ahora había sido quirúrgicamente separado, arrancado de la mente todos sus hermanos, dispuestos a sobrevivir al futuro incierto.  
            Y eso nos lleva a las bandas más crípticas, la música más privada que mi padre escuchaba hasta recientemente, para recordar esos días, pero que sólo los musicólogos más intrépidos y extremos de esa época se atrevieron a explorar, amar, y recordar, para transmitirla a la siguiente generación de melomaniacos, como un legado familiar secreto, un vicio y una virtud heredadas genéticamente.
             Bien, pues supongo que por hoy, este es el fin de nuestro pequeño paseo por el boulevard de los recuerdos rotos, pero los espero por acá, en este su Blog de José Agustín, los invito a la conclusión de este verbo mareador, LA MÚSICA NO SE DETENDRÁ JAMÁS, tercera y última parte de un tiro de tres bandas, en este proyecto de novela auto biográfica por entregas, nombrado El Memorial de nuestra Amnesia. ¡Hasta pronto!




lunes, 8 de octubre de 2018

VII CUANDO LA MÚSICA TERMINE







VII

CUANDO LA MÚSICA TERMINE


“Sin música, la vida sería un error”, dijo alguna vez Federico Nietzsche, en su poca conocida faceta como pianista y compositor de al menos un par de sinfonías, y, por cierto, yo creo que tenía razón: La música es de esos elementos fundamentales para el alma humana, así como el agua es vital para el cuerpo, o el fuego y el viento, o los frutos de la Madre Tierra, así los alimentos del espíritu se cocinan muchas veces a través de las artes, siendo la música  la receta más directa, y quizá más perdurable de la creación, para alcanzar los sentimientos y emociones más vitales y profundos.
En mi casa, que en realidad es la casa de mis padres y de todos ustedes, amables lectores, la música siempre ha sido una parte básica de la convivencia diaria, así me lo enseñó mi padre, don José Agustín, quien era un melomaniaco consumado, y bastante reconocido por ese interés, aunque nunca tocó ningún instrumento (pero dice que intentó aprender la guitarra siendo muy chavo, cuando tomó algunas clases con el célebre Javier Bátiz, ni más ni menos), ni hizo una carrera musical, pero en los muchos libros que escribió, siempre hubo múltiples referencias a su pasión por toda clase de música, y especialmente, por ese ritmo que él vio nacer y que hoy se ha vuelto una de las expresiones populares más extendidas en el mundo, además de longevas, prolíferas y divertidas en la historia de las vanguardias musicales: me refiero desde luego al rock & roll, esa gran roca rodante de nuestra precaria evolución.
Pero no es que mi padre sólo me inculcara esta clase de música, si bien es su favorita, pues también era devoto de la música clásica, los ritmos tropicales del caribe, la rumba, el merengue y el son, así como las tradiciones de nuestro país, como el huapango, el son veracruzano, el corrido norteño o hasta el mariachi. O toda clase de músicas del mundo, tradiciones milenarias alrededor del globo. Así mismo, gusta del viejo jazz, de las grandes bandas y la improvisación, del country y el blues, hasta algo de reggae. Y cuando llegó la electrónica, también disfrutó de algunos buenos dj’s, o del Trip hop, del ambiental y etc., es decir la música electrónica no basada exclusivamente en el ritmo del “punchis-punchis”. De todo esto quedó evidencia en su más reciente publicación en Random House, una edición de textos periodísticos selectos: El hotel de los corazones solitarios.
Pero volviendo las rucanrolas en los sixties, en aquellos tiempos casi bíblicos, ese género musical naciente era considerado por muchos como una locura, una bajeza, la decadencia de la raza humana, que derrumbaría las buenas costumbres de la cultura blanca/colonialista, al caer en los vicios y tentaciones de la música negra, y sus raíces africanas, salidas de una mezcla entre las antiguas religiones del continente oscuro y sus ritmos de guerra y brujería, mezclados con la nueva vida en América y la fe cristiana, la cual se les impuso y finalmente adquirieron, en un clásico proceso de sincretismo. Fue una fusión de continentes y tiempos nunca antes vista, como jamás se había escuchado en la Tierra o el cielo, misma que dio origen al blues, al jazz y al rythm & blues, que ya era prácticamente rock, solo faltaba una leve dosis de country para volverlo el género musical tan mestizo que es el rocanrol. Y con el tiempo se extendió a todo el mundo, absorbiendo otros estilos tradicionales de cada latitud terráquea. Pero en esos tiempos tan primitivos, este tipo de música se consideró una invasión cultural extranjera y burguesa, durante la década de los sesentas, especialmente por los miembros radicales del partido comunista, al cual pertenecía mi tío Guti, el hermano y compañero de vida, filosofía y artes de mi papá. Mi padre no pudo o no quiso militar en esa organización, guiada férreamente, entre otros célebres disidentes, por José Revueltas, a quién sin embargo reencontraría después en Lecumberri, y acordarían trabajar juntos en la adaptación cinematográfica de El Apando. Pero back in those days, mi padre consideró que la postura de los comunistas ante el rock era parcial y confusa, porque, como muchos en esa época, no estaban listos para los cambios que venían, la gran revolución de la década más contracultural, convulsa y propositiva del siglo pasado y lo que va de este nuevo milenio, tan terrorista y pañalero. Poco después, hasta mi tío Guti se alejó de los comunistas, aunque era un marxista, leninista, maoísta, cheguevarista y admirador fiel de Fidel Castro, en ese orden, pero de hueso bien colorado, y sin embargo los abrió hasta la China, cuando le dijeron que también tendría que dejar la pintura, y abandonar sus geniales retratos, pues eran, le dijeron, un defecto burgués y clasemediero de su carácter, que no cabría en una revolución roja y ahora debería dedicarse exclusivamente a escribir los discursos de sus líderes.
Pero nuestra afición casi fanática con el arte de los sonidos y los silencios, es una herencia que se remonta, nuevamente, al tío abuelo/tocayo, el original José Agustín Ramírez, y sus canciones/himnos de Guerrero, conocidas como chilenas. Él nos inculcó el amor por la música, con sus rituales cantados, a toda la familia Ramírez. Yo por mi parte, también tengo genes amantes de la música, pero más clásica, por el lado materno, del apellido Bermúdez, entre los cuales tengo varios parientes pianistas: mi abuelo y mi tío, ambos llamados José Luis, y mi primo Claudio, un compositor de canciones cristianas y románticas en activo. Así que, como a mi mamá también le gusta escuchar armonías todo el día, tenemos que la nuestra es una familia con el ritmo inscrito en los huesos, en el alma, viviendo dentro de una Casa musical: la imagino vista desde el cielo, o flotando con todo y jardín en una burbuja interestelar, pero pequeña, vista desde las alturas, como una de esas cajitas musicales que al abrirse se arrancaban con alguna melodía, en una micro pianola, con un sonido metálico y muy prístino, como salido de otro mundo, viajando por un conducto interdimensional hasta nuestros oídos. Cuando la Casa se cierra, y la música termina, en las madrugadas, las luces se apagan por algunas horas, pero cuando amanece, la caja vuelve abrirse, y la música continúa, música psicodélica que brota desde esta Casa en la colina, como diría el Jefe Caballo Loco.
De modo que, nomás faltaba el pizarrón con el árbol genealógico del rocanrol, como el de Jack Black en la Escuela del Rock, para que mi jefe nos diera a mis hermanos y a mí una educación oficial en este y otros estilos de música, tan amada a lo largo del tiempo y el espacio. Y así fue como mejor lo conocimos, como más nos acercamos a él, a su erudición en varias de las bellas artes, y sus gustos tan eclécticos, sus pulsiones tan contradictorias, complejas y sofisticadas, o simples y bestiales. Y muy lentamente, poco a poco, a través de estos, mis 43 abriles dando guerra en este mundo matraca, me fui dando cuenta de qué era todo eso que mi padre escuchaba, a todo volumen en su jardín, o en la sala, ya de noche, haciendo retumbar las bocinas gigantes y los vidrios de toda la jaula.
Y así, en cierta época, me interesé paulatinamente por todos los géneros y vanguardias antes mencionadas, desde la bachata hasta la sinfonía, o el viejo y acústico rock rupestre, conocido por los gringos como folk y por los latinos como Trova; Pasando por el Bebop y el swing, hasta el rock espacial, el Progresivo, algo de Heavy metal, llegando hasta el Punk, el indie, el Grunge y el Ciberpunk. Y sin prisas pero sin pausas, poco a poco, también me acerqué a sus gustos más crípticos en cuanto al rock de los sesentas, incluidos los grupos más extraños y desconocidos de las coloridas u oscuras profundidades de esa era jipi, llena de paz y amor, odio y guerra, drogas, sexo y flores.
Y esto me permite llevar a la serpiente a morderse la cola, por si alguien piensa que estoy divagando gacho. Permítanme explicarme: En mi casa, que es la de todos ustedes, si no votan por el PRI, el PAN, el PRD y los grillos que se junten mientras escribo esta noche, mi padre siempre fue el Disc Jockey…Y uno bastante chingón, debería agregar, sobre todo para los tiempos en los que nos tocó sobrevivir, me atrevería a decir que pocos tuvieron, por aquel entonces, el privilegio de crecer con alguien tan prendido con la música y casi con todas las bellas artes. Durante años se la pasó pinchando sus discos, que desde luego al principio eran acetatos, pero luego evolucionaron en cassettes y antologías personalizadas, hasta llegar a los discos compactos, brillantes como espejos pulidos, pasando por el fracaso de los dorados laser discs y los blu rays, Ja Ja.
Y recientemente, hemos visto caer todo eso, y la música o el video se almacenan y venden en memorias USB, o se descargan gratis de la internet, en sus múltiples plataformas de comercialización legales o piratas, por todos bien conocidas, que simplemente permiten compartir la música gratis o casi, desencadenadas de los derechos de autor, arruinando la industria, la fábrica de estrellas artificiales, la fama como se conocía, corroyendo lentamente el capitalismo de las viejas y todo poderosas disqueras y sus patrones, escualos prehistóricos de la industria musical, como la conocimos en ese viejo y decadente siglo pasado.
Pero mi padre ya no alcanzó a ver todo eso. Es decir, aunque hoy en día le bajo videos directo de la internet, a su computadora personal, o a su televisión de la sala, él siempre me pregunta de dónde saqué ese video o dvd, y le vuelvo a explicar que ya todo es gratuito en la omnisapiente interred, que lo bajé de You tube por el mismo precio de la conexión al teléfono y que ese teléfono está conectado directo a las nubes, y a los satélites que flotan girando en órbitas sobre la Tierra, traficando toda nuestra brillante o inútil información digital… que las computadoras personales, la red de peceras internacional, conforma una especie de dios pagano, al cual el mundo rinde pleitesía diaria y nocturnamente, en un insomnio narcótico y sumamente adictivo. Pero hay que disfrutar de esa droga, también, mientras podamos, pues como profetizó Timothy Leary, en su evangelio lisérgico, el gobierno intentará prohibirla tarde o temprano, si no obtiene más beneficios en términos de control de la población, enajenación y consumismo, versus independencia del pueblo, flujo libre de ideas, y organización autogestiva, fuera de las leyes corruptas del estado.
En fin, pues espero que este choro mareador sirva como prólogo o introducción para lo que realmente quiero escribir esta noche: Sobre los gustos musicales más secretos e íntimos de mi papá, y especialmente, sus conocimientos casi herméticos, sobre el rock menos conocido de la era Jipidélica; Lo cual nos llevará a visitar el espíritu sinfónico de Oliver Sacks y su ensayo llamado The last Hippy, así como la película basada en ese fragmento de su libro Un antropólogo en Marte, titulada: Y la música nunca se detuvo, en honor a un disco muy particular sobre las raíces del Grateful Dead; Así que prepárense para saludar a Jim Morrison y a Martin Scorsese, también, en la octava entrega de este, El Blog de José Agustín y esta novela aún In útero, El memorial de nuestra amnesia; Mientras continúo con este breve recorrido por las obsesiones melómanas de mi padre, mi mentor musical, literario y alucinógeno. Y de cómo esta fue su última lección, en las artes de la armonía, en nuestra Escuela privada del Rock antiguo, poco antes de que dejara finalmente de poner sus discos, y comenzó a sumergirse en un silencio que yo no estoy dispuesto a tolerar; y de cómo lentamente me heredó la estafeta de Dj casero, para que él y también mi jefa puedan seguir escuchando sus discos y cantando sus canciones, dentro de un mar de música que amenaza con arrasar con la casa, como un tsunami de ruido ensordecedor; Y de cómo aquí, en esta Casa musical de todos ustedes, con su jardín flotante sembrado de letras floridas, seguimos necios escuchando discos completos, y todas sus rolas a lo grande, a todo volumen, desde  acetatos, cassettes y discos compactos, mientras el mundo entero se cae en pedazos.
Ok, pues si esto es algo que podría interesarles, no se pierdan el próximo capítulo: NAUFRAGIO EN UN MAR DE MÚSICA; En este, su Blog from outer space…
¡Gracias por visitar!


lunes, 1 de octubre de 2018

VI EL UMBRAL






VI

EL UMBRAL


                        La segunda noche que mi padre pasó en terapia intensiva, mi mamá, mis hermanos y yo mal dormimos en los pasillos, sillas y sillones del Hospital Español en Puebla: era el dos/tres de abril, del año 2009, 48 horas después de su accidente. EL acceso para verlo se limitaba a mi mamá, a quién ocasionalmente dejaban pasar para que se calmara un poco, viendo un rostro familiar, el de la mujer que amó toda su vida. Sólo a eso de las cinco de la tarde, por escasos veinte minutos, dejaban pasar a un visitante, que invariablemente se traumaba un poco, al ver a José Agustín consciente, pero aparentemente sedado, y muy confundido por las paredes blancas, los múltiples doctores y enfermeras entrando y saliendo de la habitación, conectándole sondas e inyectándole medicamentos desconocidos. Y todo este tiempo, su espíritu aún se hallaba fuera de sí, viajando por todo el mundo, haciendo breves escalas técnicas en su cuerpo, atrapado en un hospital, para platicar caóticamente con sus hijos, mi prima o su hermana, y desde luego mi jefa, quién lentamente se iba abriendo, con mucho pesar, a la idea de convertirse en matriarca de la familia, ante la posible y probable ausencia de quién siempre fue su líder, mentor y compañero, y capitán de nuestra nave de locos privada y  ancestral.
            Al día siguiente, sus amigos, algunos admiradores y demás simpatizantes, comenzaron a desfilar para acompañarnos en nuestro momento más difícil. Algunos funcionarios del gobierno y los avergonzados organizadores del evento, se hicieron presentes, para asegurar que todos los gastos de su hospitalización, estaban absolutamente cubiertos por el gobierno de la ciudad de Puebla, a través de su secretaría de cultura supongo.            Era lo mínimo que podían hacer, pues nosotros jamás habríamos podido costear el internamiento y tratamientos que le dieron a mi jefe, cuando estaba en el umbral entre la vida y la muerte, entre la locura y su posible retorno a la realidad. Y de hecho, a cierto hora, algún pariente suyo, que llegó a visitarlo, no recuerdo quién, pero venía desde Guerrero, nos sugirió que entabláramos una demanda contra el teatro, los organizadores, o el gobierno de Puebla, quienes lo habían invitado tan amablemente, pero no habían observado las mínimas condiciones de seguridad. Pero también recordamos que en el expediente médico, de su ingreso a esa respetada institución poblana, se había anotado que don José Agustín estaba efectivamente consciente, pero con algunos grados de aliento alcohólico. Así lo habían registrado, vaya uno a saber si para cubrirle la espalda a algún posible responsable o destinatario de la hipotética demanda, pero, también es innegable, que antes del evento, lo llevaron a un restaurante, donde, como era su costumbre, se había tomado al menos un par de tequilas y cervezas con la comida. Y eso había quedado en el registro de los doctores, como un posible factor de su desequilibrio, y la funesta caída que lo arrancaría definitivamente de su larga y fructífera carrera, como el magnífico escritor que siempre fue, hasta ese día, tan odioso en mi memoria.



             Entre las amistades que lo visitaron, llegó su viejo amigo de la preparatoria, Javier Duhart y su amable esposa Yolanda, ambos buenos camaradas y ciudadanos valiosos de la comunidad poblana, y viejos amigos de la familia. Consternados, afligidos, llegaron a consolar a mi mamá. No sé si se encontraban entre el público cuando ocurrió ese tan recontra jodido asunto de su paso en falso, pero al día siguiente ahí estaba esta entrañable pareja, visitando a los enfermos, en este caso a su viejo amigo, el gran escritor. Mi papá es una especie de héroe para su amigo, pues él también es un escritor y pintor amateur, que siempre admiró los talentos y obras Agustinianas. En algún momento,  me quedé a solas con Javier, platicando entre los pasillos del hospital, y él me recordaba cuando se conocieron, en la prepa, y de cómo se habían bebido buenos litros de tequila siendo muy jóvenes, e incluso, me contó que, en alguna ocasión, se habían tomado una botella entera, y luego lo vio salir a leer como si nada, arengando con carisma y mucho éxito a una multitud reunida en el auditorio de la escuela, el colegio Simón Bolívar, en los eventos estudiantiles que organizaban las sociedades de alumnos, jugando prematuramente a la política. También me contó que, ya borrachos, mi papá le llegó a apagar un cigarro en el brazo, a su buen  amigo, Javier. Quizás como en uno de esos juegos de poder y lealtad, o de soportar el dolor, esos rituales de la adolescencia, en busca de hermandad, ritos de paso domésticos, escolares, o de plano callejeros.
Pero los Duarte tuvieron también una gran atención con nosotros, como familia, en esos días de Puebla, que siempre les agradeceremos desde el fondo del esternón, pues, tal como el destino quiso que se desarrollaran los sucesos, resultó que esta leal pareja renta algunos departamentos en una unidad habitacional, amueblados, y de los cuales tenían varios deshabitados, disponibles en ese aciago momento para su amigo herido y su familia trasnochada. Así que, mi mamá, mi tía Hilda y mi prima la Yuyi, al menos, y no sé si mis hermanos también, pasamos varias noches en esos extraños departamentos amueblados y listos para habitarse, pero vacíos de toda presencia o calor humano, de nada que pudiera hacerles parecer un hogar, sólo cuadros como de hotel, una mesa con sillas, sillones y camas duras y frías. Todo muy pulcro pero con una fina capa de polvo, casi imperceptible. Pero allí nos refugiamos algunas noches, cuando no nos tocaba cuidarlo, una vez que, al fin, bajó a una cama de piso, fuera de peligro mortal, y nos turnábamos para acompañarlo en las noches, una para cada quién, durante los próximos 21 días y noches, mientras los cuales los doctores siguieron evaluando su salud y las posibles rutas de su recuperación. Y allí, en esos departamentos tan desiertos, pasé algunas horas dormido y otras tantas despierto, pues llevaba un reproductor de dvd portátil (que daba mucha guerra para cargar la pila, por un falso contacto), y también un porta cd lleno de música, para tratar de sobrevivir a tan amarga pesadilla, y algunas películas chidas y una temporada completa de los Simpsons en un solo disco pirata. Además, cada vez que me daban chance de regresar a Cuautla fugazmente, me traía un poco de hierba santa, es decir mota, pero como no tenía mucha, ni dinero para comprar más, la administraba como si me hallara en un campo de concentración, de modo que dos o tres cigarrillos delgados tenían que alcanzarme para todo un día y su noche. Allí, trataba de digerir los eventos recientes, mientras fumaba en la cama, en la ventana, y en la azotea del depa, desde donde le lanzaba salchichas a un par de perrazos Husky siberianos, o Alaska Malamut, no sé. Pero eran unos tremendos lobos que algún imbécil tenía encerrados en terreno amplio y baldío, muriéndose de calor y hastío, con solo una cabaña de asbesto para que se refugiaran del Sol o la lluvia.
Incluso en el Hospital, cuando podía desafanarme tantito de mis jefes, me escabullía por ciertos corredores prohibidos y llegaba a una zona donde la edificación estaba en obras, pues estaban ampliando, o mejorando o reconstruyendo parte de ese viejo edificio; y por allí, yo me encontraba como un poco más en mi ambiente, entre el caos de la obra negra. Sacaba mi porro a escondidas y, procurando que los albañiles no me vieran, me fumaba medio cigarro o lo que alcanzara, antes de verme en peligro de ser atrapado. Imaginaba que los de Seguridad me harían un pancho tremendo, si me apañaban, pero eso nunca paso, e incluso pensé que tal vez habían tenido piedad, misericordia o lástima, y me habían dejado fumar en los jardines, las escaleras fuera del edificio, y la zona en construcción, como para evitar un incidente con mi familia. Pero tal vez, simplemente no me cacharon.
Días más tarde, noté con horror que le dejaban a mi padre un gotero de Rivotril, ahí disponible en un cajón, tan a la mano, junto a su cama del hospital, y desde luego, aún tuve la tentación de sacarlo y darle un buen trago, pero me contuve, confirmándome que ese vicio de los chocolates estaba superado. Además, de nada serviría yo en un estado tan alterado para cuidar a mi padre, con quien tarde o temprano tendría que pasar mi primera noche de guardia, y donde podría constatar a primera vista, de primera mano, su estado completamente distorsionado, su desesperación por levantarse de esa cama, por huir de ese lugar, su anhelo de libertad y de regresar a su vida como la conocía; Pero hasta para levantarse a ir al baño, privado, que tenía a unos cuantos pasos, detrás de una puerta junto a su habitación, teníamos que acompañarlo. Y en el camino, podía caerse, me advirtieron, y así fue, y fue la primera vez que lo levanté del suelo usando todas mis fuerzas: no sabía que sería la primera de muchas, pues en los años que siguieron, yo tendría que ayudarlo a ponerse de pie, intermitentemente, hasta volverme un experto en la materia; Hasta convertirme, literalmente, en el bastón en su vejez, tan apresurada por su maldita lesión craneal, el alcoholismo rampante que sustituyó cualquier posible rehabilitación, y la posterior hidrocefalia, finalmente una enfermedad muy seria, provocada por la combinación de dos males incurables.
Así pasamos tres semanas, hasta que la desesperación de mi jefe se volvió bastante evidente, insistía en que le trajera unas frías de la tienda más cercana, y que se le diera de alta de inmediato, que no quería ni asomarse a la sala de rehabilitación ni conocer a los terapeutas, e incluso, en cierto punto, llegó a preguntar de qué se le acusaba, o qué delito había cometido (“Ya que me tratáis así, ¿qué delito cometí contra vosotros naciendo?”), o porque se le retenía contra su voluntad, pues en los primeros días, en su punto más crítico, incluso tuvieron que sujetarlo con unas vendas especiales, para que no pudiera levantarse de la cama sin supervisión. Pero finalmente, ante su total intransigencia, se hizo escuchar y su exigencia de abandonar el hospital se volvió la orden del día, y los doctores se rindieron, cesaron en sus buenos consejos; Aunque todavía pasaron algunos días hasta que fue legal y éticamente permisible darlo de alta, y las piezas, el papeleo y las fuerzas de la naturaleza comenzaron a moverse en el sentido de su fuga, su escape de esa venerable institución.
-Un par de días más- comenzamos a decirle, cuando volvía a preguntar, insistentemente:
-Oye, Tino, ¿Y qué pasó, a qué hora nos vamos ya de aquí?- Y me miraba muy seriamente, esperando mi apoyo incondicional, mi fidelidad al clan Agustino, mi complicidad contra el maldito sistema corrupto (“¿Adonde nos irás a llevar?”), como si estuviera nuevamente en algún tipo de prisión, tras las paredes de ese hospital, y de su mente accidentada, su alma varada en un camino entre la nada y el último retorno hacia el aquí y ahora.
Finalmente, todos nos convencimos de que debíamos largarnos de allí, teníamos ayudarlo a escapar, antes de cumplir su condena, y regresarlo a su territorio, a la Casa de Cuautla, donde yo lo conocí, donde nacieron sus obras como escritor adulto y maduro, donde fue un buen padre pero también uno ausente, y plagado de un insomnio creativo y neurótico; Aquí, donde, renunciando a todo lo que alguna vez construyó para si mismo, al fin podría pasar en paz, o al menos en una post guerra fría con mi madre y conmigo, sus últimos años, jubilado sin mucho júbilo, con lo que le queda de vida, atrapados en un hechizo del tiempo.