jueves, 7 de marzo de 2019






XIV
BITÁCORA NÁUTICA
(DE UNA DISCOGRAFÍA INTERMINABLE)
o
 LA CINTA BLANCA

            Como les estaba diciendo, del mismo modo que mi jefe era un cinéfilo sin escrúpulos, pasión que plasmó en el protagonista de Vida con mi Viuda, también es bastante conocida su faceta como amante de la música, de todas clases, pero con especial énfasis en el rocanrol;
De modo que, a través de mi infancia y la de mis carnales, nos fue criando y forjando al ritmo de sus piezas favoritas, sus exploraciones y experimentaciones, sus múltiples descubrimientos musicales de toda clase, todos con un brillo especial y singular. Sirva esto de prólogo, como para romper el hielo de nuestros cráneos y sumergirme nuevamente en las heladas aguas árticas de este choro mareador, autobiográfico y confesional, con el asunto que por el momento realmente me ocupa: Los Discos Mágicos, de hechizos musicales, nocturnos o solares, en la colección de álbumes clásicos y perdidos, en esta, la Casa que Canta, el hogar de mi padre, el gran escritor, don José Agustín. Es un viejo proyecto, aprobado por el mismo, el cual ahora me propongo enfrentar, así sea lo último que escuchen de mí, así me tome toda una vida navegando, explorando y naufragando en el Mar de Música.
            Empieza aquí, o desde los capítulos anteriores, del Memorial de nuestra Amnesia, escrito por entregas periódicas en este Blog en honor de José Agustín, y se desenrolla ahora hacia el infinito en estos otros textos que he decidido nombrar, simplemente, así: Mar de música, un lugar muy líquido y sin límites, el cual, sin embargo, me propongo redactar y diseñar, como un mapa cartográfico de las armonías, letras y ritmos que me han forjado, de la mano de mi jefe; Como bajo las alas de un dragón, o de pie sobre los hombros de un gigante; Aquí su seguro servidor, el más pequeño de los tres, un cochinito muy lindo y cortés, tan minúsculo como un pulgar, y sin embargo, me embarco en un viaje sin retorno en el cual pretendo abarcar este amor por todas las canciones y sus autores, tal como lo hacían las antiguas exploraciones, que buscaban descubrir los contornos de la Tierra y los océanos, pero en este territorio imaginario, interior: Es la geografía de las ondas sonoras, así como se han abierto paso en los laberintos de las arterias, hasta el cerebro, transformándonos para siempre, este viejo pergamino computarizado busca ser un mapa de ruta para onironautas y melomaniacos, un Atlas de las melodías que guían el espíritu de mi padre y nuestra hermandad, hoy tan menguante, como mi capitán en esta nave de locos, tan familiar.
            Aquí lo iré confesando todo, en este blog de José Agustín, el lugar donde lentamente, me doy chance de convertirme en un escritor, como mi padre lo fue alguna vez, como lo será siempre en sus grandes obras.
            Pues bien, de vuelta en el puerto, zarpamos hacia un viaje en el tiempo y el espacio, de manera alfabética, pues mi papá siempre fue muy obsesivo con el lenguaje, y tenía todos sus libros, acetatos, cassettes, videos, dvd’s y discos compactos en el riguroso orden del abecedario, o a veces temático, o por países, pero nada escapaba a su ordenamiento de las ideas escritas, filmadas, cantadas u orquestadas, en su vasta colección de artes. Casi se podría decir que tenía una faceta de bibliotecario obsesivo compulsivo. Era un ordenador multifacético, siempre abierto al tiempo y el mundo. Pero como prometí en algún capítulo anterior, hoy partimos en la búsqueda de las creaturas más absurdas, los monstruos más misteriosos, en este océano de música antigua y casi desconocida, para los oídos del hombre o la mujer moderna. Son sus rolas favoritas, de entre el rock más bizarro de la era jipiosa, los viejos sixties, pero en sus regiones más remotas. Voy por los fenómenos del rock & roll psicodélico, o simplemente muy drogado; Son los personajes secundarios, los retadores, viejos jipis y grandes perdedores, opacados por las grandes bandas, por todos bien conocidas.
Algunas de estas agrupaciones, sin embargo, eran bastante buenas, y se convirtieron en las favoritas de mi jefe, especialmente en su juventud más lisérgica, pero también durante los primeros años después de su accidente en Puebla, cuando revisitó todas estas bandas como si de viejos amigos se tratara, camaradas que no pueden dejar de visitarse al menos una vez, antes de realizar el viejo acto del desvanecimiento, la desaparición de esta Tierra tan maravillosa pero tan cruel. Quizás este gusto tan extravagante se manifestó en José Agustín simplemente porque era un amante de lo subterráneo, y estás bandas fueron las más underground de sus tiempos, pero también las de su juventud, las que lo marcaron como hombre y artista. De modo que las escuchaba constantemente, desde que yo era niño, y continuó oyéndolas a través de los años, conforme los medios electrónicos para escuchar la música cambiaban, al ritmo caprichoso de la tecnología sonora; Hasta que los oyó por última vez por su propio gusto, después de La Gran Caída, todavía le alcanzó la voluntad para ir hasta su estéreo, sacar los discos compactos favoritos de sus respectivos lugares alfabetizados, y de sus risibles cajas de plástico, para después oírlos en un festín pagano sin mayores expectativas místicas. Después, más tarde, los volvío a guardar en sus respectivos lugares, pero esta vez yo estaba pendiente de qué habíamos escuchado, y de cuales le gustaban más y porqué, pues comprendí que era mi última lección en la Escuela del Rocanrol. Puse atención a sus gustos musicales más privados y excéntricos, asumiendo que pronto sería yo quién tendría en poner esos discos en el estéreo de la Casa que Canta, para no dejar morir este jardín de canciones olvidadas; Esto es, si queremos que aún se escuchen, y que sus antiguos espíritus jipis se alegren, pues algunos aún los recordamos en el mundo de los vivos; Para lograr así, como sólo logramos con la poesía y la música, que mi padre se alegre otra vez, en su reclusión voluntaria en esta Casa del Eterno Atardecer, pues hace ya mucho que él no se levanta para poner un disco, pero celebra que lo lleve a rocanrolear alrededor del reloj, y del mundo, todo sin salir de la casa de todos ustedes. Pero en sus buenos tiempos, jamás lo olvidaré, él se lanzaba como un cazador intrépido, y regresando de sus viajes, se retiraba la escafandra o el casco de astronauta, y exhibía sus discos nuevos/viejos, como trofeos de su pesca en aguas oscuras, cósmicas, abismales.
Ya entrados en este tema, pasemos a la letra A, hacia Los Animals, donde hallé la primera pista relacionada con este asunto, allí donde hace su aparición triunfal Eric Burdon & the Animals, de quienes mi jefe tiene todos sus discos, también, desde luego. Sus primeros éxitos son muy populares y bien conocidos, como La Casa del Sol Naciente, y por cierto (flashback pacheco), yo siempre relacioné nuestra propia casa, con esa clásica versión de Los Animales, sobre ese viejo blues. En parte por lo solar de Cuautla, donde creo que Van Gogh hubiera pintado feliz, pero también porque la letra de esa rola claramente advertía de no perderse, como quizás ya lo había hecho mi padre antes de mí, en cierta casa embrujada dentro de los laberintos de la mente, un prostíbulo astral, un templo maldito de la decadencia y la perdición, aderezada con violencia, drogas y sexo… Un lugar donde rostizar tu alma y perderla para siempre, La Casa del Sol Naciente.        
 Poco después, Eric, con todos sus Animales, lanzó sus álbumes más arriesgados, posteriores al consumo de alucinógenos, que fueron menos escuchados y comprendidos, pues eran sumamente extraños, ya que estaban empeñados en recrear las atmósferas inducidas por los enteógenos, como muchas otras bandas pachukas de sus tiempos. Esto me lleva a uno de sus trabajos más misteriosos y chingones, lleno de canciones muy bellas, ácidas reflexiones y atmósferas plenas de alucinaciones y demás mariguanadas, diría yo… Se trata del álbum: The twain shall meet (1968), del cual mi padre extrajo un par de rolas particularmente surrealistas: “Just the thought” y la épica/fantasmagórica “We love you Lil”, mismas que incluyó en una de sus antologías más audaces y tripeadas, donde mi papá trató de reunir sus piezas de mayor elevación y altitud lisérgica… Como para sentir el efecto del ácido, pensé yo, pero sin sus posibles reacciones secundarias, efectos colaterales y riesgos de traumas psicológicos… Pero no: eran para escucharse durante el consumo de hongos, ácidos, o peyote, vaya usted a saber con qué substancias mi padre se iba de viaje a otros mundos, otros tiempos, habitando otros cuerpos, dimensiones y Universos alternativos, cerrando los ojos y desapareciendo en la noche. Pero siempre volvía, sin importar cuan lejanos sus fueran sus objetivos y ambiciones artísticas.
Así puex, algunas de esas bandas, sus más predilectas y prendidas, las recolectó en esa antología, en un audio cassette, al que no le escribió nada, ni un título ni el listado de canciones, cuando siempre lo hacía, con su letra tan pequeña y manuscrita, pero tratando de que fuera legible, cosa rara en él. Siempre redactaba el riguroso orden de las rolas, donde la antología dejaba registro de su estructura, pero no esta vez, esta cinta estaba forrada simplemente de papel bond: Era La cinta Blanca, según él, muy maestro Zen, como en honor a uno de los mejores y más maduros discos de los Beatles: The White álbum. Recientemente la encontré entre sus viejos tesoros, y escucharla fue una inmersión en el pasado remoto de mi infancia, que a la par fue el fin de la juventud y el inicio de la madurez de mi Pater.
En esa Cinta Blanca había muchas rolas de Pink Floyd, también, pero de las más recónditas, salidas del Ummagumma (1969), o el Atom heart mother (1970), o el Meddle (1971), y el Obscured by clouds (1972), intercaladas aquí y allá en la trama, como sueños recurrentes. Después, había una delirante de Alvin Lee y sus Ten Years After, llamada “Standing at the Station”, que realmente era una especie de inmersión directo a las profundidades de la psique. Después venía la Steve Miller Band, con su “In my first mind”, otro trip súper viajado, que parecía sobrevolar planetas fantásticos. Seguían bandas perdidas cual antiguas culturas de la Atlántida, como los Fugs, con sus violines enloquecidos, o Country Joe & the fish, creo (la verdad esa cinta es un acertijo tras otro, y a veces mi padre recuerda que grupos suenan, pero a veces, ya no).
Entre tantas apariciones, aparentemente sin lógica o sentido, de deliberada sinrazón, también había varias visitas a una banda casi desconocida, de corte muy futurista, como de ciencia ficción sonora, llamada los Hawklords, con piezas como “Free Fall”, “25 Years” o la sombría: “Only the dead dreams of the cold war kid”.
Recientemente, les comentaba, hice sonar La Cinta Blanca en el tocacintas, para ver si él aun recordaba a las bandas que por allí desfilan, como en bazar de asombros y curiosidades fantasmagóricas, y me iluminó sobre esos misterios en su mayor parte, mientras su rostro se enciende y comienza a corear las canciones como si su memoria estuviera aún en plenas funciones, respondiendo correctamente un 80 % digamos, creo, pero hay que tomar en cuenta que diseñó esa cinta, en primer lugar, para acompañar sus últimos viajes de LSD en Cuautla, cuando yo y mis hermanos éramos solo unos escuincles… La Cinta Blanca se escucha ya a punto de tronar, como si estuviera apretada, dando sus últimos estertores musicales, pronto será imposible reproducirla de nuevo, y si mis hermanos no me ayudan, varias de la canciones allí grabadas permanecerán sin nombre, desconocidas para el mundo, y su canto dejará de oírse, sus advertencias contra el capitalismo menguando, mientras el mundo se despeña en el caos creado por esas políticas inhumanas.
Vanilla fudge, Love, The new Riders of the Purple sage, Earth Opera, The Family, Mott the hopple, o Fever Tree, fueron otros de estos vetustos jipis favoritos de mi padre, que primero tuvo en acetatos y después en compactos, consiguiéndolos con mucho trabajo de explorador, en sus viajes a E.U. y las Europas, revisando los rincones de las mejores tiendas de discos, pues ya para entonces eran prácticamente desconocidos. Pero sin embargo, en su juventud, cuando produjeron esos álbumes tan inspirados, se hallaban tan prendidos con ese anhelo de vivir y cambiar el mundo, como sus compañeros más exitosos: The Who, The Byrds, los Beatles, Led Zeppelin o los Doors, Janis, y Hendrix, así también, todos estos hombres y mujeres, rockeros intensos y talentosos, pero poco apreciados, fueron la sangre, el corazón y la mente de aquellas bandas, respetables pero fugaces, del rock psicodélico, en la década de los años sesenta, con toda su voluntad de cambiar el rumbo de una humanidad decadente, y rescatar al sueño americano de su pesadilla, desde entonces inminente, para las almas despiertas.
Ya en la letra B, me encuentro rápidamente con el concierto The Lats Waltz, de The Band, una agrupación que, efectivamente, tuvo el decoro de esfumarse tras ese único concierto de despedida, plagado de celebriedades y presentaciones asombrosas, como el legendario Muddy Waters, patriarca del blues, en su última gran presentación en vivo grabada fielmente; Aparecen también Neil Young, Van Morrison, Dylan y un largo etcétera… Este gran evento, como antes Woodstock, el Monterrey Pop Festival, y más tarde Live Aid, se convirtieron en visitas recurrentes, en nuestras sesiones de conciertos a todos volumen, en la sala de nuestra casa, cuando escucharlos en video casetes se volvió posible, y más tarde en dvd’s, pasando por los fracasados discos láser, cuyo parentesco visual con ambos acetatos y compactos los hacía un objeto de belleza incomparable, con el brillo de un espejo dorado, combinado con el tamaño y arte de un LP: un lujo perdido en el tiempo, como la calidad audiovisual de los blu rays…  Al tecno basurero de la historia.
Por aquí en el lado B, el plan Beta, de beat, me encuentro también con los Buitres, quiero decir los Beatles, siempre revoloteando, como espíritus benévolos, sobre este proyecto de novela autobiográfica, que parte de El Memorial de nuestra Amnesia, y ahora se ha convertido en un Mar de Música, donde se me siguen apareciendo los cuatro fantásticos de Liverpool, pues obviamente, tenemos todos sus discos, sin llegar a grados fanáticos. Pero entre ellos encuentro una rareza de tiempos inmemoriales, que si se escucha ni parecen los famosos Beatles, al principio, y me refiero a un disco que se presenta como The Early Tapes of The Beatles, o Tony Sheridan and The Beat Brothers, que no es otra cosa que sus grabaciones como grupo de acompañamiento para ese tal Sheridan. Aunque en algunas de las piezas incluidas canta John Lennon, alguna otra la escribieron juntos John y George (“Cry for a shadow”), así como en “My Bonnie”, los gritos de Paul se escuchan claramente en los coros del fondo; Estas grabaciones añejas y casi clandestinas, fueron las que llamaron la atención de Brian Epstein, quién pronto los convocaría a grabar su propia música. Esto es lo más fan que mi jefe puede llegar a ser de los Beatles, aunque recuerdo que su gesto era más bien de decepción, al escuchar los resultados de su hallazgo.
Pero para mí, esta Cinta Blanca, en su viejo casete, que se está borrando lentamente, me recuerda un pequeño ritual que yo solía hacer siendo todavía un niño, o chance ya un adolescente precoz, en las noches sonámbulas, cuando todos dormían o estaban ausentes, me escuchaba el White Álbum de los Beatles completito, con unos audífonos más grandes que mí cabeza. Esto fue ya con un par de discos compactos que yo mero encontré en un supermercado, hurgando, junto a mi padre, en una pila de aparente basura musical. Colocaba los discos solares en el estéreo, con la cara reflejante boca abajo, y los dejaba irradiar su magia, cruzando así, a través de los espejos prismáticos, hasta fundirme en el rayo láser que leía y descifraba esas arcanas melodías. Los escuchaba de principio a fin, escapando de mi mente y del planeta, contaminado y gris, buceando hacia paisajes sonoros de un mundo mejor.
Para estas alturas, en esta coordenada perdida entre el tiempo y el espacio, en las aguas oscuras y luminosas del Mar de Música, el viaje auditivo ya me había sumergido en mi propio suministro de substancias neuronales enervantes, propias de quienes amamos la música hasta los tuétanos: Dopaminas y demás químicos naturales que recorren el cerebro, dejando los surcos luminosos/eléctricos de las melodías nuevas, entrañables, pequeños fuegos inolvidables. Lo mismo pasaba, en toda la familia creo, cuando escuchábamos las sinfonías, adagios o sonatas de Beethoven, Mahler, Jaschaturian, o el maestro Schubert: Su magia abría senderos en mi mente, hasta entonces desconocidos, y expandía mis horizontes, derribando fronteras o limitaciones, y me permitía atisbar a través de la cerradura de Las Puertas del Infinito, hacia los confines más exóticos y fantásticos del espíritu humano. Y eso que aún faltaban muchos años para que yo probara cualquier tipo de alucinógeno, pero me desprendía de mi cuerpo, escuchando esas canciones tan enigmáticas, con la simple música y la presencia de mi padre disfrutándola en silencio, fumando cigarros sin filtro, o quizás contándonos un cuento maravilloso, tal vez en su recámara, meditando en flor de loto, con un mandala coloreado por el mismo (con “prismacolors”), o haciendo Yoga mientras nosotros jugábamos, entrando y saliendo de la casa y hacia la noche, como luciérnagas intoxicadas con la luz y la oscuridad.
Pero si desean saber que más escuchaba mi padre, para recordar sus viajes sicodélicos, como las rolas que grabó en esa cinta sin nombre, y más artefactos y criaturas musicales/fantásticas, tendrán que esperar a que zarpe nuevamente esta nave de locos, con rumbo desconocido hacia un Mar de Música sin fin, en el próximo capítulo. Pero por ahora, me temo que es: “¡Tierra a la vista!, hermanos marinebrios, y hermanas navegantes, ¡Hasta la próxima!


lunes, 4 de febrero de 2019






XIV

SIETE AÑOS DE WHISKY

 (PARTE II)

            ¿Tú sabes como a veces, en esta vida, las cosas crecen más allá de todo control, o por lo menos más allá de lo que se había planeado?, como las raíces de un árbol que rompen el concreto de las calles y las banquetas, las paredes de las casas, o la grandeza de un ídolo, una gotera que cae sobre la estatua de un héroe, y convierte una grieta en un abismo, con el paso del tiempo, si no se le detiene… O una simple rutina, un hábito, un pequeño vicio, que se siembra como una semilla mágica en el patio trasero del cerebro, cuando se es muy joven, y de pronto, algunos años después, tenemos una plaga espiritual, una epidemia psíquica familiar, una enredadera ponzoñosa y antropófaga que se apodera de toda la edificación de un supuesto ser humano, hasta que ni el amor, ni el oro o los aplausos y demás placeres mundanos son capaces de devolver a un hombre a la cordura; Y entonces la demencia anida en su alma, como una madre cuervo, que encuentra desesperadamente un lugar para criar a sus herederos, en la tormenta de los tiempos, devorando los recuerdos de quien, alguna vez, fuera el líder de la manada, el hombre de la casa, el padre de familia, el gran escritor, mi padre, José Agustín. Yo supongo que, para estas alturas, ya todos saben que sí, otra vez, estoy aquí escribiendo sobre mi jefe, cobijado solamente por la luz de una vela intergaláctica, para tratar de verter fuego escrito sobre los malditos eventos que tuvieron lugar en nuestra vida, tras su fatídico accidente, casi mortal, cuando fue orillado hacia el vacío y cayó hasta el fondo del escenario, en un teatro repleto de sus admiradores, en la ciudad de Puebla. Y fue así como, a los sesenta y cinco años de edad, esa caída le robó el don de la escritura, con el cual sacó adelante a su familia durante años, deslumbró a sus simpatizantes y demás detractores, y trató de educarnos, al menos a mis dos hermanos, a mi madre y a mí, además de cientos de sus simpatizantes, y lo hizo todo muy a su pesar, manteniendo firmemente su camino, intransigente y megalómano como todos los grandes mutantes de la historia, contra la corriente de un mundo demencial.
            Así que, ¿en que estábamos?, ah, sí: después de que mi padre cayó en Puebla, o lo tiraron, o se dejó caer, y pasó casi un mes en un hospital español, y exigió ser dado de alta contra la opinión médica, donde lo diagnosticaron con una lesión cerebral severa, que le provocaría por lo menos la famosa amnesia de lo reciente; Y que así regresó a Cuautla donde poco a poco comenzó a beber otra vez, contra todas las recomendaciones y pronósticos; Y sin darnos cuenta, nos fuimos hundiendo en una espiral descendente, en la cual mi laureado padre, un hombre de tinta y papel, hecho de símbolos herméticos y palabras escritas en las lenguas del fuego, y construido como una pirámide de libros grandes y pequeños, comenzó a desmoronarse, a convertirse en una ruina de sí mismo, (“Estas ruinas que ves”, recita, salido de sus propios misterios) pero aún imponente, como si de una zona de guerra arqueológica se tratara: Es como si mi papá fuera ahora una serie de edificaciones derruidas, antiguas pero asombrosas, de alguna civilización perdida, que aún relatan una historia de su grandeza y decadencia, un pálido reflejo de las muchas batallas perdidas y ganadas, un cementerio sonámbulo de maravillas dormidas, un monumento vivo a las artes libertarias, representante de una generación de espíritus innovadores, hacia final del siglo pasado, y una puerta de las  percepciones abiertas al infinito.
            Así que, como les estaba diciendo, increíblemente, mi padre volvió a beber, diariamente, durante una cadena de días ya sin recuerdos, que para él empezaron siempre después del mediodía, hasta que empezó a despertar después de las dos o tres, hasta las cuatro de la tarde, y arrancaba de nuevo con una dosis creciente de whisky o tequila, además de vino y cervezas, rehusándose a malcomer poco más de una comida al día; Esto antes de una siesta sincronizada con el atardecer y la salida de la Luna, para después beber un poco más de sangre, al revivir en la noche, como un vampiro, y de ser posible, beber un poco más, hasta la madrugada, para arrullarse nuevamente a dormir, en un retiro voluntario de la vida, ya sin sueños.


            Y desde luego, inevitablemente, con el exceso de alcohol, comenzaron sus caídas sin fin (se fracturó el brazo izquierdo en dos ocasiones), además de que volvió la ira irracional, y la neurosis frenética, aunque ya muy disminuido por la lesión cerebral, con una furia ya cansada, casi resignada y sin esperanzas de estallar como antes lo hacía, buscando esa histeria con la que condimentó nuestras vidas siempre, como el rey enloquecido y genial, de una familia brillante, pero siempre al borde del abismo, y que sin embargo lograba mantenerse a flote, en el aire, en un vuelo nocturno sin escalas, con el puro poder de sus palabras casi místicas, su aparente comprensión del mundo real, y su inagotable imaginación, que nos elevaba como una alfombra mágica.
            Así que, al fin, contra todo lo que pudiera imaginarse de la vejez de un buen escritor, que a diferencia de un futbolista puede, si quiere, seguir trabajando en lo que ama hasta el día de su muerte, mi padre dejó de escribir. Cuando le preguntaba si escribiría en la noche, como lo hizo todos los días de mi infancia y juventud, bufaba con desagrado, como si de una condena o una maldición se tratara. “Me mareo y me siento enfermo”, me dijo, “si intento escribir” (sobre La locura de Dios… eso no lo dijo pero lo pensé yo); “Bienvenido a mi Mundo”, le respondí y él asintió con un gesto de disgusto. También olvidó que me había corrido de la casa unos días antes de su accidente, y que sólo cuando vio las profundas heridas en mi muñeca izquierda, cocidas como un Frankestein tercermundista, tras mi segundo intento serio de suicidio, accedió a dejarme vivir otra vez en su Casa del Sol Naciente, al menos por un tiempo. Esto lo concedió en silencio, dándome la espalda y yéndose a su conferencia fatídica en Puebla. Y de pronto, un mes después de su convalecencia, al regresar al fin  a su casa en Cuautla, todo cambió, a mi favor, debo reconocer, y me encontré viviendo otra vez con los jefitos, pero en circunstancias totalmente distintas a mi primer retorno como hijo pródigo, tras mi segundo fracaso amoroso en la nueva Tenochtitlan, y después de mi triste, psicótico y absurdo intento de matrimonio, por fortuna trunco y estéril; Es decir que, gracias a Dios, nunca tuve hijos con ninguna de las queridas dementes que se atrevieron a tenerme por su pareja, aun cuando, para mantener este record, o saldo blanco, tuve que solicitarle a dos de ellas, en tres ocasiones, que abortaran a mis herederos, a lo cual accedieron amablemente, conscientes de que traer un hijo mío al mundo, no era buena idea para nadie.
            Y poco a poco, mi gran jefe Caballo loco retacó de nuex toda su cava con pomos multicolores, mismos que yo había vaciado antes de su regreso del hospital, y me había bebido heroicamente para no desperdiciar, cuando los doctores que lo atendieron, y desde luego mi hermano, el también escritor y siquiatra Jesús Ramírez Bermúdez, le prohibieron tajantemente que continuara con su ritmo de ingesta diaria de alcohol, como lo hacía felizmente hasta antes de su gran golpe, sin importarle un pepino las reacciones secundarias, o el rastro de estragos causado por los abusos indiscriminados de drogas y alcohol; Y por cierto, salud… We’re doomed, pensé otra vex, camaradas lectores.
            Y así, de pronto, descubrimos que el hecho de que mi padre ya no escribiera, dedicándose ya sólo a beber y dormir, tendría serias repercusiones en la economía de esta su casa, que es algo grande y necesita de muchos gastos de mantenimiento, sin contar nuestra propia subsistencia, pues al agotarse toda fuente de ingresos, mis padres y yo de polizón, un náufrago sobreviviente y aferrado, nos encontramos de pronto ante el dilema de nuestra falta de recursos, y en mi caso, de empleo. Hasta poco antes, me encontraba colaborando en el periódico La Jornada, escribiendo en la sección de espectáculos, y también en las revistas La Moska y Rolling Stone, además de que trabajaba haciendo dictámenes para la editorial Patria y Random House, donde mi hermano Andrés es editor estrella. Así había mantenido a mi esposa, en nuestras aventuras en el DF, pues ella primero se negó a chambear y luego a contribuir con los costos de nuestro flamante matrimonio, allá en la gran ciudad, hasta que aquella farsa romántica reventó en mil pedazos, y tras mi segundo o tercer intento de matarme (neta no recuerdo cuantas veces me cocieron las muñecas en hospitales, dos o tres veces, entre Cuautla y la CD, pues era una época en que tragaba clonazepam como si fueran M&M’s, y bien sabido es que te borran el cassette progresivamente, dejando al drogo en una especie de amnesia de los acontecimientos recientes, tal como hoy malvive mi lesionado padre), mi ex y yo nos separamos y acabé en Cuautla otra vez; Pero renuncié a todos esos compromisos laborales, y me dediqué a hundirme en mi depresión. De hecho, sólo renuncié a la Jornada (joder esa es otra historia curiosa, que será contada en otra ocasión), pero aclaro que la Rolling, y La Moska, desaparecieron por arte de magia, Patria fue devorada por Larousse, y mis ilustraciones para Drácula en su prometida colección juvenil se fueron al traste también. Y aunque la Stone regresó poco después, yo no volví con ella, como jamás volví con mi exesposa, evitando, por una vez en mi vida, caer tres veces en la misma trampa de oso. De modo que, desempleado y desesperanzado, yo no iba a ser el héroe que con su trabajo sacara adelante a mis padres. Pero mi jefe tampoco lo haría, estaba completamente incapacitado, aunque repitiera sin cesar, a los medios que aún lo entrevistaban, que él seguía escribiendo y pronto presentaría su nueva novela: La Locura de Dios.

            Como ya he platicado antes aquí, en este Blog dedicado a José Agustín, donde escribo semana a semana El memorial de nuestra Amnesia, este proyecto de novela autobiográfica, La Locura de Dios era el título optativo para su siguiente obra, que resultó inconclusa, así como otros dos proyectos que ya había arrancado con gran fuerza y prometido a Random, incluso había recibido adelantos que no se retribuyeron, y fue por eso que mi hermano Andrés rescató, de entre los baúles de rollos viejos e inéditos de mi padre, el Diario de Brigadista, un texto que mi padre jamás pensó se publicaría, mismo que apareció promocionándose como un libro escrito aún antes que La Tumba, su de por si súper precoz primera novela. El Diario… se editó como un reemplazo de sus novelas inconclusas, que, tras el accidente, súbitamente se detuvieron en seco, sin esperanzas ni sorpresas. Sólo las regalías de todos sus grandes libros, que aún se editan y se venden gracias a su calidad y vigencia, serían nuestros únicos ingresos para mantenernos en línea, en la frecuencia de la buena vida, o lo que nos quedaba de ella, tal como la conocíamos.
            Esta situación nunca llegó a ser dramática, supongo, pues siempre hubo comida en nuestra mesa, cortesía de mi santa madre, y al jardinero y las empleadas domésticas se les mantuvo su sueldo, y de alguna manera ambos nos las arreglamos para mantener activos nuestros vicios, yo más que nada ya pura mota y chelas, y él lo mismo, aunque siempre ha fumado sólo en la noche, pero eso sí a diario con el tequila o el whiskey, todo el que pudiera. Por suerte el Rivotril ya no estaba en el menú, pues ambos habíamos abusado ya, cada quién a su manera, de esa substancia tan tramposa, del bonito ramillete de drogas legales con doble filo. También la coca, que para ambos era un lujo ocasional, pero bien arraigado, en algún lugar aparentemente remoto de nuestro pasado reciente, ahora era sólo un recuerdo, ya casi olvidado, que sin embargo levanta las orejas y huele el aire, sintiendo taquicardias, cuando escucha la palabra: “Cocaína”. Pero como aún no se ha inventado una cura para el dolor, del cuerpo y el alma, ni para el amor o la falta de, ni para la vida en sí, para acabar pronto, ambos continuamos consumiendo, indiscriminadamente, entre medicamentos prescritos y drogas ilegales, ausentes del mundo cruel y sus pesadillas, una cruel realidad que mi padre ya sólo visita cuando lee las noticias escritas en los periódicos, mismos que diariamente exige en su mesa de desayunar, aun cuando quizás ya no logra registrar el paso de los días, y le cuesta un gran esfuerzo seguir el curso de los acontecimientos en este nuevo milenio, debido, queridos camaradas, a su amnesia de lo reciente, producto de su lesión tras el accidente en Puebla. Además de una creciente hidrocefalia que aún avanza silenciosa, a pesar de que ya fue operado por ella y carga con una válvula que drena el agua fuera de su cerebro, pero el líquido vital continúa acechando su otrora mente tan brillante, al ritmo vertiginoso de los mil y un tragos estroboscópicos del bendito etanol. Hoy en día, les aclaro, ya sólo bebe algunas cervezas a diario, y vino ocasionalmente, cuando algunas amables visitas nos presentan el pretexto para beberlo, y entonces hay que tener cuidado con él, porque apaña la botella y si no lo detienen, se la bebe casi toda él solito.
            Y fue así que nuestras penurias económicas, tras el abrupto silencio escrito de mi padre, llegaron hasta los oídos de sus viejos súper amigos, entre ellos, por ejemplo, uno de sus fieles herederos y reconocido admiradores, el querido Juan Villoro, o la mismísima Elena Poniatowska, luchadora veterana y legendaria de las buenas causas y los más altos ideales, quiénes ni lentos ni perezosos, junto con otros colegas en posiciones estratégicas, comenzaron a fraguar un plan para ungir a mi jefe con el Premio Nacional de Artes y Ciencias, el más alto reconocimiento que México otorga a sus luminarias intelectuales. Pero me estoy apresurando, porque eso ocurrió varios años después, en plena guerra calderonista contra las drogas. Pero algunos años atrás, cuando sus compañeros de letras aún no podían aceptar que el fuego de mi padre se hubiese extinguido, doña Elena, La Poni, como le decía mi padre de cariño, decidió emprender la que quizás sería su última visita a su amigo José Agustín, en su vieja y adorada casa de Cuautla. Esto fue por el año de 2012, cuando una ola de interfreaks y demás malas lenguas pregonaban el fin del mundo por algún supuesto presagio maya. Y fue por aquellos días, unos tres años después de La Caída, que doña Elena se tomó la molestia de visitarnos, en su gran bondad y solidaridad humana, e hizo un espacio en su vida para visitar a los enfermos, quizá por su crianza católica, y se vistió de hermana de la caridad, custodiada por otro colega escritor, y viejo amigo de mi jefe, a quién invitó para su travesía, otro gran compañero de vida de mi padre, el antropólogo Julio Glockner, reconocido escritor sobre los rituales y tradiciones sincréticas de las comunidades que habitan a las faldas del volcán Popocatépetl, quien a su vez recibió el encargo de hacerse acompañar por una auténtica chamana y curandera de este tipo de antiguos rituales, y ya juntos los tres, se embarcaron en la misión de llegar hasta la Casa de José Agustín en Cuautla, para realizarle una limpia o algo por el estilo, en un desesperado intento por rescatarlo del silencio escrito, y devolverle el espíritu mágico de sus poderes literarios.
            Así fue como llegaron hasta La Casa de Todos Ustedes, mis queridos lectores y únicos amigos, y bajaron de una nave, doña Poni, la princesa roja, seguida de una verdadera Bruja del volcán, y el antropólogo, sabio maestro del conocimiento enteógeno, flanqueando a la periodista legendaria, que a mis ojos apareció siempre como una bodhisattva, fuerte y segura de sí misma, más allá de mi humilde asimilación. Aunque ella es más bien laica, creo, porque he leído que acompañaba a su madre a misa, pero escondía algún buen libro dentro de la Biblia, para cultivarse mientras los demás oraban por las ánimas del purgatorio.

Poco después de su visita, soñé con ella, otra vez en la casa, y yo pretendía adorarla casi como si de una santa se tratara, pero ella me reprendía, me impedía canonizarla, y me indicaba que la tratara como a cualquier otra persona: con amor al prójimo y nada más. Algunos años después, comencé un retrato de doña Elena, decidido a pintar mi primer buen lienzo, de hecho por encargo de su hijo, Felipe Haro, para donarla a su Fundación, pero no me he atrevido a visitarla. Y es que esta dama es una luchadora social galardonada ni más ni menos que con el premio Cervantes, además de todos los reconocimientos que México puede ofrecer y con casi más doctorados Honoris Causa que el mismísimo Dios, ganados a pulso con sus muchos grandes libros, escritos por puro amor al arte, a la vida, a la libertad. Ya la había conocido, muchos años atrás, cuando era niño, en esta misma casa donde escribo esta noche, y la recuerdo como una mujer cálida y dulce, muy amable, que me preguntó el nombre de mi gata, La Katrina.
Pero aquella vez si la vi bastante más grande, durante esa última visita, que se desarrolló como un epílogo de una gran amistad. De hecho, la foto en que me basé para su retrato, estaba pegada en la pared del estudio de mi father, una foto de la juventud de doña Poni, y él siempre me dijo que era una gran camarada de viejas batallas, que él apreciaba muy personalmente.  Y como no la iba a ver más veterana, si en efecto, la señora ya cargaba sobre los hombros sus casi ochenta años, por aquel entonces. Y sin embargo, doña Hélene Elizabeth Louise Amélie Paula Dolores Poniatowska me pareció siempre recia como un roble. Y así, con un decidido paso huichol, se abrió camino a través de nuestros viejos portones de hierro negro, flanqueada por sus mágicos acompañantes, y entró en nuestra casa, decidida a salvar a mi padre de sí mismo y de su aparente bloqueo creativo.
Ante esto, mi padre abrió un par de botellas de vino, y junto con sus viejos demonios, se preparó para recibirlos, como un retador que juega en su casa.
Pero por hoy, me temo que es hora de decir: Buenas Noches Planeta Tierra, para todos los estimados lectores y únicos amigos, y para todos los hombres de buena voluntad. Gracias a los visitantes, nacionales y extranjeros, a este Blog from outer space. ¡Salud!


                                                                                                                                 

viernes, 4 de enero de 2019

XIII RECUERDOS DESDE MICTLÁN







XIII

RECUERDOS DESDE MICTLÁN


                        Hace varios años, cuando mi padre aún era una luminaria muy viva de la literatura mexicana, le piché un par de ideas sobre algunas cosas de las que me gustarían escribir, entre ellas, estaba un recuento de la mejor música que se haya escuchado, a través del universo, y particularmente en esta casa nuestra que es de todos ustedes, amables lectores. Me refería a los discos de ese hit parade casero y también un tanto internacional, pero escrito en relación con la historia familiar, o con cualquier tipo de anécdotas influidas por esos viejos tonos y timbres, de nuestra vida privada o pública, pero una historia compartida colectivamente, de alguna manera, por el amor que muchos audio-adictos profesamos a diversos artistas, músicos y cantantes… También le conté sobre un personaje, alguien que hablara todo el tiempo con citas cinematográficas populares o muy crípticas, para que los lectores jugaran un juego que yo y mi hermano Jesús solíamos jugar: Adivinar fragmentos de diálogos de películas, las favoritas o las más extrañas, pero siempre filmes entrañables, cercanos a nuestro corazón, por razones de educación sentimental, para nuestra fortuna o desgracia. Ya sabes, como el: “I´ll Be back”, del Terminator, o el: “¡Pepe el Toro, es inocente!”, para que te des una idea, con dos ejemplos para principiantes. Una más, para cinéfilos de sci fi: “All those moments, will be lost/in Time, like Tears/in rain,,,”; Es una maña que se me quedó, pues no me cabe duda que, desde niño, memorizaba frases de muchas movies chidas que wachábamos en la casa vuestra. Esta idea le gustó a mi jefazo, pues él mismo nos había educado a base de libros, música, cine y televisión; Y ni lento ni perezoso, cuando vio que no escribía nada y desperdiciaba estas ideas, que él mismo me dijo eran buenas propuestas para trabajarse narrativamente, aplicó una de ellas sin más miramientos, robándomela en mi jeta, y usándola para darle más de su estilo, color y profundidad al protagonista de su novela policiaca/esotérica, Vida con mi viuda; Además, había otro personaje, el tío Lucas, que parecía vagamente basado en mí y en mi tío Guti, aunque algo más extremo, por lo que, en la novela, ese tío Lucas acaba muerto a balazos. Pero por cierto, en mi retorcida opinión, ese personaje reflejaba algunos rasgos deplorables de mi persona, ciertos tics y rollos mareadores. Cuando noté el dudoso honor de estos extraños homenajes privados, así como ciertas filias medio repulsivas de la novela, la boté en un rincón, y no he podido terminar de leerla. Algún día, seguro, ya pronto. He decidido guardar algunos libros de mi papá pera el futuro no muy lejano, cuando el tiempo y la fatalidad me hagan imposible conversar con él, entonces podré seguir conociéndolo a través de sus libros, como siempre,  entonces lo podré escuchar como  cuando era joven, antes de que se accidentara, y lesionara irremediablemente el cerebro. Pero en aquella novela, mi padre se dio vuelo, con esa vieja dualidad de la que antes les hablé, en algún capítulo anterior, con todo el rollo del doble, o doppelgänger, de su protagonista/antagonista, el cineasta Onelio de la Sierra/León Kaprinski, un alter ego oscuro de mi padre, personificado en un perverso agente de una policía secreta.
Y es que, han ustedes de saber, que estos delirios vienen a colación, en estas mis confesiones computarizadas, por una extraña conexión: Por aquellos días, yo me hallaba en mi peor momento como drogadicto, llenando mi cuerpo y alma del veneno que usted guste, consumiendo mota a todas horas, chochos, coca, crack, éxtasis y LSD, u hongos, peyote, cristal, y hasta solventes o ketapina, en mis peores momentos, además de tabaco, cerveza y alcohol del fuerte, desde luego, y un largo etc., etc.… En otras palabras: todo lo que se apareciera en mi camino, camaradas (os), todo lo que se moviera o cayera en mis manos, sin discriminar ningún elemento de la tabla periódica y sus infinitas combinaciones.
Esto ocurrió, desde luego, por mi mala levadura, así como mis malas decisiones, mi falta de carácter, mi flagrante depresión, y mi neurosis prematura, pero además me hallaba con el corazón roto en mil pedazos, por la ruptura de mi primer amor, aunado a mi fracaso como estudiante en varias carreras artísticas truncas, y agregue usted, por favor, a este coctel molotov, que mi salud comenzó a colapsar seriamente. Pero aún faltaban varios años para mi primer intento serio de suicidio.
Regresando a Vida con mi viuda, la muerte trágica de otro personaje secundario me impresionó siempre más que el resto, la de Héctor Wise (el suegro del personaje central), quién muere en un bosque de Oaxaca, cuando, en una de sus exploraciones botánicas, cae en una barranquilla, y se hiere gravemente, pero además un pie se le atora entre unas raíces, y allí perece, desangrado irremediablemente, pero feliz, observando una flor azul, una flor mágica, La Flor de la Buena Muerte.
            Esa es la flor que espero ver cuando me despida de este mundo, y así mismo, espero que se le aparezca a mi padre y a toda mi familia y seres queridos, la gran familia universal, todos los hombres y mujeres de buena voluntad, y salud: Nos deseo a todos una buena muerte.
He vuelto al viejo disquero de mi padre, en la sala de nuestra casa, donde descansan ordenados alfabéticamente todos los discos que él alguna vez amo y escuchó tanto, enmarcados en unos muebles de madera diseñados especialmente para discos compactos o acetatos, aquí está toda la música de mi padre, el conocedor, reconocido divulgador y audiomaniaco que me crio a mí y a mi familia con grandes dosis de rock, jazz, clásico, tropical, música tradicional y del mundo, o hasta electrónica, al final de sus tiempos como degustador y promotor incansable del arte sonoro; Y mucho más, se escuchó por aquí, a todo volumen en el jardín o esta sala… Aquí me encuentro con el magnífico cuadro del Che Guevara, que realizara mi tío el Guti, perdón: Augusto Ramírez, en los años sesenta y tantos, así como el retrato de mi propio tío, que a su vez le pintó, ni más ni menos, que el maestro Arturo Rivera, quién plasmo toda su jeta tal cual era, igualito, aunque con un paño en la cabeza estilo Morelos y Pavón; y yo no puedo evitar hundirme en otro de mis flashbacks psicodélicos, usando la rockola como máquina del tiempo, y me quedo atrapado en las raíces de otro viejo recuerdo, que datará por el año de 1994, el año en que irrumpieron los neo Zapatistas  Chiapanecos, y se voló la tapa de los sesos el muy extrañado Kurt Cobain.



Por aquellos días, algunos años antes de regresarme a Cuautla, fracasado tras mi primer intento de adaptarme a la Gran Babilonia/Tenochtitlán, cuando aún estudiaba en una preparatoria del INBA, con materias artísticas, fresco en mis exploraciones de la Ciudad de México, yo también anduve cotorreando un tiempo con el célebre pintor Arturo Rivera. Él, por cierto, había sobrevivido ya una vez, literalmente, a la visita de la Parca, cuando sufrió una oportuna intervención quirúrgica de varios cirujanos cardiólogos, donde, sin embargo, murió brevemente en el quirófano, frente a frente con la calavera, tras una operación finalmente exitosa, a corazón abierto. Se descubrió a sí mismo vivo, asombrado por su capacidad de supervivencia, y revitalizado como un Bukowski cualquiera, tras su roce con La Niña Blanca. Por cierto, que el viejo Hank era uno de nuestros autores favoritos, al menos por aquellas temporadas, tanto de mi papá y mi tío Guti, como del maese Rivera, quién me prestó algunos de sus libros, a cambio, en parte, de la buena hierba que yo le proporcionaba, pero, por otro lado, el tipo era simplemente buena onda. Nos dábamos un toque y bebíamos unas chelas, mientras platicábamos de arte, o yo lo oía, más bien, y él ampliaba mis horizontes sin darme cuenta. Me dejaba entrar a su casa de tres pisos en la colonia Condesa, llena de  cuadros sin terminar por doquier, e incluso me mostró varias veces su estudio, amplio como una bodega o un hangar,  así parecía ante mis asombrados ojos, donde, nomás para entrar, había un altar lleno de reliquias, artefactos, antigüedades, calaveras de humanos y bestias, fetos y fenómenos embotellados, instrumentos  científicos, huesos, cuernos, y algunos animales disecados, raíces invertidas, plantas extrañas y flores exóticas… Todos estos objetos, eran elementos que tarde o temprano aparecían en sus obras. Era una antesala fantástica, de un misterio abrumador, que conducía a un estudio gigante, maravilloso, poblado por lienzos de todos tamaños en las amplias paredes blancas. Sabiendo que me encontraba en el taller de un maestro de la talla de cualquiera de los monstruos de las bellas artes, deambulaba entre sus pinturas inconclusas, como sumergido en un mundo de magia oscura. En una de esas visitas, en las que él o su mujer en turno acababan casi corriéndome, pues yo no me quería ir y a ellos les urgía ponerse en una frecuencia más intensa, recuerdo que me prestó el de Música de Cañerías, una colección de cuentos de Bukowski, de  los tiempos en que la editorial Anagrama aún lo publicaba en una colección blanca, más grande que sus actuales de bolsillo y colores neones; Un ejemplar que desde luego nunca le regresé, pero tampoco se lo robé, sólo se lo presté a otro amigo de la prepa, un viejo compañero de borracheras de mi juventud, que estaba convaleciendo en un hospital, ¡y ese cabrón nunca me lo regresó!; No solo eso, sino que, en su vida adulta, tuvo el descaro de convertirse en policía judicial, y de los peligrosos, además, but that, is another story.

Pero como les decía, tras su experiencia extrema en el hospital, al borde del abismo mortífero, Don Arturo presentó la gran evolución de su obra, y realizó una de sus magnas exposiciones retrospectivas, en el palacio de Bellas Artes, bajo el título: EJERCICIOS PARA LA BUENA MUERTE. Cuando le platiqué a mi jefe de mi polémica relación con el gran pintor, quien era más o menos amigo suyo, pero en realidad era cumpa de mi tío Augusto, el desconocido y asombroso pintor realista, mi padre se encabronó, al enterarse que yo le conseguía su mota, y, aun traumatizado por su estancia en Lecumberri, conflictivo como siempre fue, incluso le habló para pedirle que no me la solicitara más, y así, terminó mi relación con el gran pintor, Arturo Rivera, quién, aunque me regaló varios libros de pintura, estos si hasta autografiados, de los cuales todavía tengo uno de apuntes de Rembrandt, tampoco quiso aceptarme como pupilo, igual que mi padre me rechazaba, por mi escaso talento y disciplina. Acaso mi tío Guti me tomó como alumno un rato, porque mi papá le pagó por algunas clases, aún con todo su evidente desinterés como maestro marihuano, me compartió algunos de sus vastos conocimientos como artista plástico, adquiridos primero en la escuela de San Carlos, la cual no concluyó, y después desarrollando su técnica como autodidacta, estudiando a Da Vinci, Caravaggio, y otros renacentistas, principalmente. Pero el caso es que mi tío Guti y Arturo Rivera eran buenos amigos, y fumaban harta mota juntos, aunque no bebían, pues Rivera se vio forzado a dejar el alcohol, y mi tío nunca fue alcohólico. Pero se profesaban admiración mutua, y aunque Arturo pronto despegó con sus temáticas oscuras y se colocó como lo que es hoy en día: Uno de los pintores más geniales y respetados de las artes plásticas contemporáneas de México y el mundo, siempre tuve la impresión de que admiraba sinceramente la magnífica técnica realista y el estilo de vida casi anarquista del tío Guti. Yo siempre los vi como a mis guías, eruditos, como a un hermano mayor detrás del otro, y así hasta sumarse como un tótem gigante, desde cuyos hombros yo he visto el mundo y las estrellas… Bueno, al menos, así es como los veo yo.
Para terminar por hoy con lo de Vida con mi viuda, es  para mí una ironía muy grande, que efectivamente mi padre a vivido para ver como su personaje se desvanece lentamente, como de hecho casi pudo asistir a su propio velorio, simplemente dejando de escribir, por la severa lesión que padeció, su aferrado alcoholismo y su devastación como artífice de su propio arte, sus cumbres y sus ruinas. Y aquí, en este pequeño palacio de la Luna donde habitamos los tres, doña Margarita y don José, mis jefes y yo, el Tinieblas junior, ambos tenemos que convivir, de algina manera, con la viuda del gran escritor, que aún vive pero ya no escribe… Aquel que alguna vez fue el “joven y célebre autor mexicano”, y a quién, en adelante, en estos tiempos modernos, en que ya salió de su huevo y gobierna una Morena  de pseudo izquierda (sea lo que eso sea), y reina el viejo Pejelagarto, los papeles de la beca mensual del Fonca han decidido nombrarlo, para términos legales, como: “El creador emérito”, para referirse a  no otro que mein father, Don José Agustín Ramírez Gómez.














lunes, 17 de diciembre de 2018

XII (PARTE I) SIETE AÑOS DE WHISKY




XII
(PARTE I)

SIETE AÑOS DE WHISKY





            La relación de nuestra especie con el alcohol es larga y profunda, -dijo el profesor X-y proviene de eras tan remotas, que seguramente se pierden en las zonas desconocidas de nuestra prehistoria. De entre esas lagunas oscuras de la amnesia genética, heredamos el gusto por el alcohol, pero más directamente de nuestros padres, por lo general, y cuando no es así, la sociedad se encarga de inculcárnoslo… Nos lo ofrece, seductora, diciendo: Ven, ¡Bébeme!, aquí estoy para ti, para liberarte de tus tensiones, fui diseñado por los dioses con ese propósito: ¡Bébeme!; Y en fin, que para los dieciséis años, uno ya se encuentra tocando a las puertas de la buena adicción al sagrado líquido etílico, al menos en mi caso, por ahí del segundo grado de la secundaria, cuando comencé a beber por diversión, yéndome de pinta, o en las noches de los fines de semana, en fiestas, casas de amigos, o en el cine de la pequeña ciudad que habito, que todos los viernes se llenaba con toda clase de escoria adolescente de las escuelas locales; Y entre insultos, gritos y silbidos, la película trascurría sin que casi nadie la pelara, mientras batallas encarnizadas se desataban, como pequeños tornados, u ocasionales escaramuzas que ocurrían en los pasillos de este gran cine, en una parodia de algún viejo aquelarre, iluminado brevemente por el resplandor de la pantalla desgarrada, la cual se encendia con los rayos caleidoscópicos del proyector y el escaso brillo de algunos filmes gabachos baratos; Era de rigurosa permanencia voluntaria, por el precio de un mísero boleto, así que siempre me recetaba sus comedias idiotas o muy buenas dosis de sexo, balas y sangre, rebotando con efecto ricochet, en este inmenso recinto casi a oscuras, que más parecía un coliseo o teatro romano ¡no como las salitas miserables de hoy en día!; No, este era un teatro de la vieja escuela, con arquitectura del siglo pasado, con grandes esculturas blancas a los lados, a lo Metropólitan, según esto, y en el viví varias de mis primeras experiencias sexuales,  e intoxicaciones con diversas formas de alcohol y algunos de mis primeros cigarros de marihuana. Pero divago, ¿será precisamente porque este es el Memorial de nuestra Amnesia, siendo esta última algo muy común entre nosotros, los alcohólicos de garganta profunda?...
Y la verdad es que la mayoría de estos recuerdos ya estaban a punto de desintegrarse, en el horizonte de los todos los eventos, al borde de ser devorados en el abismo negro del olvido, abandonados en el fondo de una botella, lanzada hace mucho al Mar del Aguardiente, cuando en el último momento me decidí a intentar rescatarlos, en un esfuerzo final para recordar cómo ocurrieron las cosas realmente, como es que la relación con mi padre se ha ido relacionando con el alcohol, como una enredadera se mezcla con las paredes de piedra, hasta convertirse en la locura que reina hoy en día, en este mundo intoxicado, y como seguramente muchos (as) de ustedes, estimadísimos lectores, comprenderán, me imagino.
            Pues bien, de vuelta en los viejos ayeres, solo por joder, en aquellos días del siglo pasado, hace ya tantos años, recuerdo que yo escribía un diario en la secundaria, en el cual vertía mis opiniones y observaciones de la vida, pero no tenía ningún rollo de que fuera secreto, o privado, así que dejaba que lo leyeran mis amigos de la escuela, que disfrutaban con verse nombrados, o retratados con letras en esos garabatos con los cuales yo pretendía representar y/o cristalizar los recuerdos de mi adolescencia. Así, mi padre se dio cuenta de que yo ya llevaba un rato escribiendo, y había llenado tres o cuatro libretas de esas que eran pequeñas, azules o rojas, como para contadores, pero a mí me gustaron para escribir mis delirios diarios en ellas. Me pidió que le mostrara estos escritos precoces, y yo le dije que no tenía ningún problema con mostrarlos, que mis compañeros de la secundaria lo leían, y se reían con mis ocurrencias, con más razón se lo dejaría leer a mi padre, el gran escritor, que se dignaba a pedirme mis cuadernos llenos de jeroglíficos y demás recordatorios.


            Un día después, me devolvió el tomo de diario que le había dado, diciéndome que tenía buen ritmo y la frescura de quién empieza inconscientemente, solo por el gusto de escribir. Que había allí material que se podía trabajar, con la intención de hacerlo algo mejor, quizá publicable, o algo así, me dijo. Sólo había un detalle, extraliterario: que en esas páginas yo hacía muchas referencias al alcohol, a la ingesta clandestina que comenzaba a ser una constante en mi vida, y de hecho me reclamó que en la última entrada de ese diario, claramente yo refería mis intenciones de comprar una botella para el próximo fin de semana, donde yo anunciaba que me iba a parrandear con algunos de mis jóvenes y beodos amigos. Entonces le dije que si para eso veía mis diarios, que mejor no se los mostraría más, si lo que escribiera se podía usar en mi contra en un juicio familiar; Sobre todo me pareció simplemente muy hipócrita, su reclamo, si fue él quien precisamente me había mostrado el camino de las chelas y la ocasional botella de tequila o whisky, aunque en las tardeadas y demás fiestas de quince años, a las que yo atendía casi semanalmente, lo que abundaba eran inmundos brandys y rones, que de cualquier manera yo engullía con celeridad y sin discriminar marcas u orígenes de aquellas antiguas bebidas embriagantes.
            Le dije que no se lo mostraría más, porque ahora seguro le iría con el chisme a mi mamá, y me castigarían por seguir los pasos del Yeti borracho. Pero no hubo reprimenda, ni juicio paterno. Mi padre se dio la vuelta y me dejó casi hablando con el aire, y nunca jamás volvió a cuestionar mi ingesta de alcohol, porque, desde luego, él no estaba dispuesto a predicar con el ejemplo, y a dejar de beber. Aunque a su favor, no bebía mucho ni a un grado que fuera algo notorio, de hecho, recuerdo que nunca lo vi propasarse con el trago, como para que yo lo viera borracho, de hecho recuerdo estar un tanto orgulloso de eso, de que nunca lo vi hacer exabruptos etílicos, durante mi infancia, o mi adolescencia. La neurosis rutinaria era otro cuento, pero no estaba inyectada con etanol particularmente, sino más bien por su insomnio creativo.
Fue como hasta los veintitantos, que en algunas fiestas grandes en la casa, mi padre se atrevió a beber hasta verse un tanto tomado, pero nada de gravedad, no como para avergonzarse de él o su conducta, ni hacía osos o se enfermaba, solo estaba visiblemente alcoholizado, con sus amigos, que andaban todos igual.
            Sobre la posibilidad de ayudarme a trabajar en mis talentos literarios, tampoco me habló más, ni me volvió a preguntar por mis diarios, y de paso me dejó en paz para que hiciera lo que me diera la gana con mis tendencias alcohólicas, y yo, desde luego, con una pequeña ayuda de mis propios camaradas, pues ingresé también, voluntariamente, en el país de los borrachos, en el estilo de vida bohemio y espirituoso de las bonitas bebidas embriagantes.
            Pero para ahorrarnos un buen tiempo, saltemos hacia un futuro más cercano, cuando mi vida se derrumbó por segunda vez, con mi segunda pareja importante, mi exesposa, de hecho, se podría decir, pues me había casado por la Iglesia un par de años antes, sin saber qué, pasado ese tiempo, estaría otra vez solo en la gran ciudad, en un departamento para dos, muy chido, en un cuarto piso de un edificio en la Prado Churubusco, una  de esas colonias de la CD, donde aún hay oxígeno, gracias a la gran cantidad de árboles en jardineras, camellones, muchos parques y hasta un pedazo de un viejo río desentubado, por un par de kilómetros, donde los vecinos se reúnen a hacer convivios, ejercicio y a alimentar a los muchos y graciosos patos.
Allí, en ese depa, que había rentado con la amable ayuda de mi tío José Luis, un pianista desconocido, quién fungió amablemente como fiador, me encontré con todas mis pertenecías en unas cuantas cajas, con mis muebles y demás basura de un hogar destruido en segundos, todos listos para la mudanza, todos los enseres mayores irían a parar a un cuarto de azotea de mi hermano Andrés, en la Narvarte (a donde tres años después regresaría a vivir con o sin su permiso, sintiéndome perseguido por la mafia y el ejército), y yo y las cajas, nos fuimos de retache a la casa de los jefes, con o sin su permiso, también, y desde luego, con las turbinas en llamas, cayendo en picada, en aterrizaje forzoso otra vez, a la vieja casa de mi abuelo, en Cuautla, Morelos. Regresaba fracasado, en mi segundo intento por sobrevivir a la gran ciudad con una dama, tras un recorrido por varios departamentos jodidos, de colonias populares del otrora distrito Federal, de donde nos corrían por escandalosos, pues sea que estuviéramos felices, escuchando música, bebiendo y fornicando, o que estuviéramos furiosos, gritando y maldiciendo, nuestro nivel de volumen, entre el placer y la amargura, estaba siempre más allá de los decibeles permitidos. El último de esos tres o cuatro cuartos y depas, fue el de la Prado, que para variar sí estaba chido, y allí vivimos casi dos años, en el número 76 de la calle Unicornio.
Con las venas cortadas y cosidas como trincheras de una vieja guerra inútil, o como si hubiese querido preparar unas fajitas con mi propio brazo izquierdo, y con las arterias recién reconectadas por un buen doctor samaritano, en el hospital de San Agustín, en la esquina de Ermita y Churubusco, me hallaba más crudo y enfermo que nunca en mi vida, pues la noche anterior, mientras acababa de meter todas mis porquerías en cajas y bolsas negras de basura, me había comprado una botella de vodka barato para mi solito, y me la había bebido toda, tras la fugaz visita de mi ex, que ya se había mudado, pero sacó sus últimas pertenencias, y nos cantamos a la cara esa de los Héroes del Silencio que dice: “¡Y ahora estás en mi lista de promesas olvidadas…!, La Chispa adecuada, creo, ¿no?, y luego ella se fue y yo me puse a pintar un Cristo que también es una montaña, y un árbol, y me peleé con mi técnica chafa toda la noche, mientras me chupaba esa botella, y guardaba mis cosas. Y al día siguiente, de milagro, el cuadro del Cristo había secado en una forma decente, cuando ya me había rendido en mi intento de que aquella imagen se viera bien ejecutada, pero los charcos de colores se habían detenido justo donde debían, por alguna razón, que no comprendo, pues mi dominio de la técnica de las veladuras, era muy precario aún, sino es que fueron mis primeros intentos de pintar así, con la técnica renacentista del Leonardo, de la que mi tío el pintor era fiel devoto. 



Pero pasada esa breve alegría, un agudo dolor de cabeza, mareos y náuseas, volvieron a mí intermitentemente, y siguieron así toda la mañana, esperando a los batos de la mudanza, entre  estertores de un moribundo, me levanté como un zombi para limpiar mis propios vómitos de varios rincones de la sala y el baño, para entregar el departamento en condiciones presentables al encargado del dueño, un hombre de muy buena fe, que nunca fue agresivo ni nada, un buen casero. A los dueños, nunca los conocí, solo les depositaba la renta, pero fueron tan amables de dejarme ir antes de terminar el contrato de un año, cuando les dije que mi matrimonio había fracasado, y me regresaba a mi pueblo con la cola entre las patas. Fue así como me reboté nuevamente, por tercera vez, de la gran ciudad a la casa de mis jefes, y finalmente tuve que mostrarles mis sendas heridas, aún frescas y recién cocidas, como las de Frankestein de bolsillo, para que accedieran a darme una oportunidad más, después de que la última vez que viví allí, mi padre y yo casi acabamos matándonos de tanto pleito. Mi jefe no estaba nada feliz con mi retorno, pues ya algunos añitos antes había desempolvado la parábola del hijo pródigo, y esta secuela amenazaba con ser peor que el filme original, así que a los quince días, me volvió a solicitar que me largara. Solo me recuerdo gritando y exigiendo un lugar donde rehabilitarme, un rincón en el mundo donde el amor no estuviera muerto aún. A regañadientes (tal como me imagino que mi madre lo habrá convencido de tener un tercer hijo, con el choro de que chance ahora si les tocara una niña, cosa que mi jefe tanto anhelaba, pero desgraciadamente les caí yo del cielo, que desde que nací la vengo cagando), pero la jefa logró aflojarlo lo suficiente como para que accediera recibirme, al menos durante algún tiempo, mientras mis heridas se cerraban, y el mar volvía a una incierta calma, tras la tormenta.
Fue un par de días después que mi papá y mi mamá se fueron a ese viaje a Puebla, donde mi vetusto padre sufrió una caída, casi mortal, que rompió su cráneo y lesionó su cerebro, y lo incapacitó para escribir, dejándolo con amnesia inmediata, y la puerta abierta para la hidrocefalia, que hoy en día lo carcome como un goteo, deteriorando cada vez más sus capacidades cognitivas, haciendo de su famosa memoria y retención intelectual una ruina, y convirtiéndolo en una versión desorientada de sí mismo, una copia de copia del gran escritor, el querido José Agustín, ya perdido para todos sus fieles y esperanzados lectores.
Pero la hidrocefalia no habría avanzado a los grados que llegó, de no haber sido por la necedad de mi jefe de seguir bebiendo después de su lesión cerebral, después de su aparatoso accidente en Puebla. Y no sólo beber un poco, sino más bien despeñarse en un consumo excedido, en la mayor cantidad de ingesta de alcohol de su vida adulta. Era una última carrera contra el destino, que arrancó con cervezas y tequilas diarios, hasta dejar de comer casi durante el día. Esto ocurrió a unos seis meses de que regresamos del Hospital español en Puebla, cuando recuperó la capacidad de manejar su coche, para conducirse hasta la vinatería más cercana, muchas veces al puto OXXO, donde finalmente, un día no mucho después, también se toparía de frente con el karma acumulado por su arrogancia, pero esa es otra historia que les contaré en otro capítulo, si los dioses me dan licencia para confesarlo todo.
Estas compras y consumos de Tequila, cervezas, vino y whisky, ocurrieron con lesión y todo, pero la verdad, por unos momentos por allí, casi parecía curado, al parecer, en unos tan sólo unos pocos meses… Es un tipo duro, no me cabe duda, one tough moderfucker right there, mis friends.
Solo había un pequeño detalle: Ya no escribía, ni deseaba hacerlo, es más: la idea de encerrarse a trabajar en su estudio le  resultaba abominable, pues decía que se mareaba con sólo sentarse en su escritorio, frente a la computadora, y que sus malestares crecían exponencialmente al tiempo que pasara tratando de escribir sus al menos tres novelas empezadas y sin concluir, que ya había comprometido con Random House, y que desde luego ya no pudo culminar. Poco después, en un intento de aminorar los evidentes daños que le causaba el tequila, de los cuales él no parecía estar muy consciente que digamos, mi madre lo convenció de beber mejor whisky, que parecía distorsionarlo un poco menos, y el accedió, pues es más fácil de tragar, que el tequila. Así empezaron los que serían casi siete años bebiendo whisky a diario, hasta perder el conocimiento, todo el día o todo lo que pudiera, sin que nada que yo o mi jefa le dijéramos le importara un pinche pepino.
Y así empezaron también mis días de preguntarme que tanto realmente quería seguir los pasos de mi capitán, en esta carrera armamentista de pomos y largos tragos de alcohol, pues ya los resultados de ese camino eran bastante evidentes, con solo mirar a mi deteriorado padre.
Poco a poco, toda la muy cuidada elegancia, que había mantenido durante toda mi vida, en que jamás lo vi perder la compostura a pesar de su elevado nivel de alcohol en la sangre, se fue desmoronando para dar lugar a un borracho mucho más cínico y desenmascarado en sus actitudes más anticuadas y mediocres, que ya había mostrado desplantes misóginos y machistas, pero ahora se daba el lujo de serlo sin mayor recato o remordimiento. Así mismo, comenzó a tener serios problemas de equilibrio, y comenzaron las mil y una caídas de mi padre (mi maestro, mi mentor psicodélico) por toda la casa, casi en cualquier rincón habitable, me descubrí caminando detrás de él como su sombra, bajo la noche y hasta la lluvia, corriendo para levantarlo del suelo, temiendo que se lastimara aún más la cabeza, hasta que me volví un experto en ayudarlo a levantarse, como una grúa humana, una vez que estaba sentado en el suelo, lo abrazaba metiendo los brazos bajos su hombros, para elevarlo de un jalón, hasta que por suerte sus piernas se ponían firmes otra vez, y lo acompañaba de vuelta a la casa, a través del viejo jardín de piedra.