jueves, 21 de marzo de 2019




  
XV

ÉL PEQUEÑO LIBRO DE LOS SUEÑOS

(PRIMERA PARTE)

            Muchos sueños después, mientras intentaba recordar una visión nocturna gigantesca, particularmente marina y luminosa, me encontré con un breve manuscrito de ensoñaciones, un pequeño libro de sueños perdidos y ahora encontrados, en el fondo de una botella, a la deriva en un mar de letras. Es un diario donde redacté todo lo soñado en las noches del 2009, el año en que mi padre se accidentó y dejó de escribir. Estaba dentro de otro supuesto libro, en el viejo librerinto del estudio paterno, pero que, en realidad, era la caja donde alguna vez reposó un coñac muy fino, que mi jefe se bebió en los meses previos a la Caída, su Gran Golpe.  Allí dentro dejé mis diarios de la adolescencia, hace muchos siglos, a los cuales agregué este librito azul de pasta dura, donde en la primera página se advierte: Diario de Sueños, 2009.  Mi sorpresa fue mayúscula, cuando descubrí que en él, sembré la semilla de lo que se ha convertido en este Memorial de nuestra amnesia, este libro autobiográfico en honor a los años de silencio literario de José Agustín, quién alguna vez fuera el joven escritor mexicano más moderno y rebelde, y que ahora descansa con una merecida jubilación de sí mismo, en la Casa que Canta. Este es el último rincón donde se me permite habitar, en un refugio del edén, mi propio microcosmos, un pedazo de tierra fértil donde aún deambula el amor, absorto entre las flores y los frutos, que habitan en armonía con algunos animales mágicos. Todos nosotros, al parecer ausentes del tiempo y el espacio, allá afuera, ajenos a los colapsos de las grandes Babilonias, donde el mundo parece derrumbarse muy lentamente, sin pausas ni prisas, sin esperanzas o sorpresas, más allá del asombro que provocan los festines demoniacos, la masacre nuestra de cada día.
            Así que ahora voy a contarles estos sueños míos y de mi padre, al menos los más importantes que han desfilado por mi mente dormida, desde esa fecha tan fatal, y que se relacionan con el silencio creciente de mi padre, con quien habito un limbo tan cercano a la felicidad completa, como a la absoluta miseria. A la mitad entre el paraíso y el averno, en este el purgatorio voluntario, aquí es donde pagamos el karma por nuestros pecados, rebajados en plazos y con un súper descuento, una buena rebaja en los años de condena, pero con cero posibilidades de escapar. Así está la cosa, compañebrios (as): Sean Bienvenidos a estas Bodas paganas entre el Cielo y el Infierno, esta apasionada aventura entre Dios y el Diablo… Pasen por esta puerta, crucen la cortina roja, y entren a mis sueños y pesadillas, caminen conmigo, a través de este espejo humeante.
            Pues bien, como les estaba diciendo (-Continuó el Wub-), en este librito, mi diario de sueños azules, redescubrí muchos debates internos entre escribir o ser un vil drogadicto, muchas ilusiones y fantasías ocurridas tras el telón, en mi teatrito de los sentidos sonámbulos: Pero hacia el final de esas páginas, me encontré con un sueño muy particular. Si bien yo no soy muy creyente de oráculos y profecías, en aquel entonces me pareció una especie de premonición, por lo que se puede leer en estas páginas, una imagen muy viva, que me alertó sobre la caída de mi laureado padre. Pudo ser así, o tal vez sólo era basura psíquica, no lo sé. Pero fue una aparición onírica importante, que me impresionó aquella madrugada, aunque no parecía tener ningún sentido cuando la soñé, y me dejó desconcertado, como la mayoría de mis elucubraciones dormidas. Era la imagen de un gran Oso, pero convaleciendo, con varias flechas clavadas en su masivo y peludo cuerpo, tendido en un quirófano muy iluminado y metálico, mientras varios pares de manos negras, al parecer de doctores invisibles, enfundadas en guantes de plástico,  brotaban de una intensa oscuridad, e intentaban salvarle la vida.
            Aunque el sueño era perturbador, por el dolor del Oso, como decía, al despertar no le encontré mucho sentido o importancia, y lo descarté como un sueño “crudo” (que no se acabó de cocinar) y sin razón, sin un mensaje claro, tan sólo el ruido de una mente intranquila. Aunque me resultó particularmente extraño, porque yo no aparecía en el sueño, sólo era un espectador invisible, a cierta altura, un testigo silencioso de una imagen aún inconexa, flotando en la oscuridad imperante. Pero he aquí lo que escribí textualmente, a mano, en aquella minúscula libreta azul:



23 de abril del 2009
EL OSO EN EL QUIRÓFANO

LA IMAGEN

            “En el Sueño del Oso en el quirófano, yo era una especie de vidente invisible, deambulando, como un espíritu de humo, cerca del techo, observando la escena. Era el ojo que todo lo mira, volando, y que primero recorrió varias habitaciones muy rápidamente, pero avanzó a tal velocidad, que no pude apreciar lo que había en ellas, pues no las recuerdo bien, como si las recorriéramos en cámara rápida, hasta que me detengo de golpe frente al quirófano, en medio de la oscuridad, donde yo me oculto.”
“Okey, compitas: Pues me detengo en la habitación del hospital, hasta ese anfiteatro soñado, en medio del cuarto oscuro, pero que no parece tener paredes ni fronteras en su vasta negrura. Allí es donde yace un tremendo Oso, herido con tres flechas, sobre una plancha de metal cromado y brillante, bajo los poderosos rayos de luz de quienes lo examinan, doctores ocultos, de quienes sólo alcanzo a ver las manos, varios pares de largos guantes negros, que intentan salvarlo. La gran bestia se debate entre la vida y la muerte, pero pronto lo tranquilizan con un sedante. Todavía con las flechas clavadas en su voluminoso cuerpo, respira con dificultad, ya dormido, pero aun sangrando. De pronto se retuerce y gime, intenta levantarse, pero está malherido; Mientras tanto yo, el humo astral que flota sobre él, quiere ayudarlo, pero sólo lo puedo acompañar, pues comprendo que no estoy realmente allí, solo es una visión en mi mente, supuestamente dormida también.”
 “Lo curioso es que, unos días después, el sueño llegó a ser casi profético, o así lo sospeché poco menos de una semana más tarde, cuando mi padre sufrió un accidente casi mortal, al terminar de dictar una conferencia (llamada El soundtrack de mi vida, por cierto) en un teatro de la ciudad de Puebla, donde cayó, o lo orillaron a caer, entre las amables hordas de sus admiradores, simpatizantes y demás curiosos, desde el proscenio hasta el fondo del foso para la orquesta, que estaba vacío en ese momento, cayendo de cabeza cuan pesado era, y fracturándose, además de varias costillas y un omóplato, el mismísimo cráneo, provocando este último traumatismo, un lesión cerebral en la zona del hipocampo, la región del cerebro destinada a preservar la memoria.”

EL JUICIO

            “Ante tales acontecimientos, debo hacer ciertas valoraciones y aventurar algunas conjeturas arriesgadas pero posibles”-continúo en mi diario de sueños, y cabe aclarar que esto fue escrito escasamente veinte días después del accidente, cuando mi padre aún no regresaba del hospital- “Primero: existe la posibilidad de que mi espíritu viajó en el tiempo y el espacio para advertirme, o recordarme, que cinco días después, mi padre sufriría un accidente y estaría muy grave en un hospital. Los cinco días estarían representados por las cinco habitaciones que no alcanzo a recordar, que miré en cámara rápida como sueños minúsculos, esos que la mirada omnisciente recorrió a la velocidad de la luz, hasta llegar al día seis, cuando mi jefe cae al vacío; Y es ahí donde me muestra la imagen del Oso, herido en la plancha metálica, que en ese momento me parece absurda, pero una semana después exactamente, cobra un extraño sentido, convenciéndome de que fue una videncia, una premonición, y un mensaje cifrado muy importante para mí.”
            “¿Por qué relaciono al Oso con mi padre?, primero que nada, recuerdo que él solía repetir constantemente frases como: “El alma simple de la Bestia es pura”, o: “El Hombre y el Oso, entre más feo, más hermoso”. Y de inmediato viene a mi mente la película francesa L’Ours de Jean Jaques Annaud, donde la paternidad forzada de un Grizzli y un osezno huérfano se me quedó tatuada en el cerebro: 

E inevitablemente, me acuerdo también de una vieja caricatura donde un papá oso le dice a su cría: “Mira hijo, fíjate como tu padre no cae dos veces en la misma trampa” antes de recibir un segundo golpazo fácil de pronosticar; Y creo que aquello del Papá Oso, es además un símbolo del cuestionable patriarcado en el que malvivimos, en mi drogada opinión. Esa bonita gerontocracia machista/paternalista/capitalista que nos mal gobierna desde hace siglos. Es decir, que se trató de darme un mensaje más amplio, de interés general y no sólo familiar, un arquetipo que funciona como una moraleja, pues mi padre cayó en la misma trampa que la mayoría de los padres y los osos caen. Y desde entonces, todos cojean de la misma pata. Es una pata de palo que si se desenrosca de la pierna, y se voltea, también es sirve como una botella de ron secreta, para emergencias y desahucios.”
            “El sueño se refiere lo mismo al accidente de mi padre, tanto como a la enfermedad que él, yo y la mayoría de los humanos, en especial los machos, padecemos: La Ira, una ira irracional, egoísta, el anhelo de poder insaciable, incontrolable, incontenible, imposible de satisfacer, el afán de dominación; Es el estado salvaje, la existencia sin límites éticos o morales, auténtica en su barbarie. El Oso como algo bello y poderoso, en toda su brutalidad, pero recibe su castigo, cuando es orillado al abismo, por una horda de sus fieles seguidores, cegados e hipnotizados por su resplandor: Y al fin, la Gran Bestia cae cuán grande y larga es, por su propio peso… Sin embargo, nuestro Oso Bendito es llevado al quirófano, herido de muerte, con la esperanza de ser salvado por las manos de doctores invisibles. Estos personajes salen de la oscuridad y tratan de curarlo, intentan extraer las flechas hundidas en su cuerpo. Entre mis delirios, pienso que las tres flechas pueden simbolizar los males sociales que distorsionan a un ser humano, gestando este mal social/colectivo, las raíces de nuestra mala educación: La primera es la creación de nuestra máscara, nuestro personaje, nuestra opinión, el famoso ego, una reacción visceral ante nuestras experiencias negativas y el anhelo de vivir sin restricciones, de vencer los obstáculos a cualquier costo para obtener lo deseado. Esto genera nuestro mal juicio y muchas decisiones erradas, nuestros pecados y crímenes.”


            “Otra flecha simbolizaría la familia, la sagrada familia que tanto gusta de caer de su propia gracia, y en el peor de los casos, convertirse en cada vez más disfuncional, hasta deformarse irreversiblemente. Son, para bien o para mal, nuestras raíces biológicas, nuestra coincidencia en el tiempo y espacio, y generalmente, la bronca parte de una falta de comunicación sana con el Gran Espíritu, ya sea como individuos, o como un equipo familiar. “Comunication Breakdown”, con la espiritualidad inherente a la humanidad, ese es el mal moderno más común de nuestros tiempos oscuros y retrofuturistas.”
“Y la tercera flecha representa los lazos sociales, la sociedad que todo lo pervierte y distorsiona, el maldito sistema corrupto: Así es como la máquina devora a niños y niñas, con sus pequeños espíritus puros condenados en una locura colectiva, a la fábrica de seres humanos desechables. De estos males, todos tenemos un poco, y ni yo ni mi padre somos la excepción.”
“Finalmente, un par de anotaciones sobre el sueño del Oso: Primero, sobre los guantes, ¿por qué sólo veo manos cubiertas, y no a los doctores?, como personajes silueta, al amparo en una noche infinita… ¿Serán un símbolo de los Dioses, interviniendo para curar nuestra bestialidad?; Y segundo: Al contarle el sueño a mí jefa, coincidimos en que el accidente en Puebla, aunque efectivamente fue un percance difícil de evitar, y es inútil buscar culpables, no podemos dejar de notar que todo ese evento fue un fiasco, un “oso” tremendo, empezando por la mala organización y fallida seguridad para mi padre, en el escenario, un desastre de proporciones épicas que ni siquiera cumplió con los tristes ideales de una sociedad idólatra y ego-orientada (Ches pipopes tan weyes, caraja). Pero al menos pagaron todos los gastos de su hospitalización, y el universo se equilibró un poco más con la beca que recibió unos años después, el Premio nacional de artes y ciencias, gracias al cual mi padres y yo de polizón, pudimos mantener ese buen nivel de mala vida, que tanto nos gusta. Pero también, como familia, no pudimos dejar de notar que esa tarde, mi padre se tomó un par de tequilas y no comió casi nada. Y por insignificante que esto parezca, fue la razón por la que no nos atrevimos a demandar a nadie por tan rotunda negligencia. Todo esto complotó para el fatídico resultado final: El silencio escrito de José Agustín, auténtica luminaria de la literatura joven de México, un faro de luz, en la costa de la posible evolución mexicana, una bengala de letras ardientes, que, en este país al menos, ayudó a guiar los afanes de una generación que fue un parteaguas, llena de transformadores intrépidos, que buscaban escapar de las tinieblas mentales, y entre ellos mi padre fue un capitán irreverente, que invitó a muchos a navegar sin miedo en este mismo mar de sombras, el mismo que hoy contrataca con tanta furia.”
Y bueno, pos ya pa clausurar este choro mareador, me pregunto: ¿Aun creo todas estas locuras escritas a unos días del accidente de mi padre?, no lo sé, podrían ser sólo patrañas, pero por si acaso no lo fueran, me ha parecido algo curioso de encontrar casualmente entre mis libros de sueños, y pensé en compartirlo, aquí, en este Memorial de nuestra Amnesia.
Si de algún consuelo nos sirve, los libros de José Agustín siguen y seguirán aquí, para todos los jóvenes y no tanto, en su eterna juventud, listos para hablar de un niño mágico a otro, para trabar esa amistad hecha de verbos y oraciones, para acompañarse en días soleados y noches tormentosas: Hay lecturas que nos fuerzan a crecer juntos, como las raíces de árboles hermanos, brillando en la noche y el viento, ofreciendo sus palabras escritas en las lenguas del fuego, pero siempre frescas, como peces voladores, hechos de pura luz solar, recién salidos del agua salada.



jueves, 7 de marzo de 2019






XIV
BITÁCORA NÁUTICA
(DE UNA DISCOGRAFÍA INTERMINABLE)
o
 LA CINTA BLANCA

            Como les estaba diciendo, del mismo modo que mi jefe era un cinéfilo sin escrúpulos, pasión que plasmó en el protagonista de Vida con mi Viuda, también es bastante conocida su faceta como amante de la música, de todas clases, pero con especial énfasis en el rocanrol;
De modo que, a través de mi infancia y la de mis carnales, nos fue criando y forjando al ritmo de sus piezas favoritas, sus exploraciones y experimentaciones, sus múltiples descubrimientos musicales de toda clase, todos con un brillo especial y singular. Sirva esto de prólogo, como para romper el hielo de nuestros cráneos y sumergirme nuevamente en las heladas aguas árticas de este choro mareador, autobiográfico y confesional, con el asunto que por el momento realmente me ocupa: Los Discos Mágicos, de hechizos musicales, nocturnos o solares, en la colección de álbumes clásicos y perdidos, en esta, la Casa que Canta, el hogar de mi padre, el gran escritor, don José Agustín. Es un viejo proyecto, aprobado por el mismo, el cual ahora me propongo enfrentar, así sea lo último que escuchen de mí, así me tome toda una vida navegando, explorando y naufragando en el Mar de Música.
            Empieza aquí, o desde los capítulos anteriores, del Memorial de nuestra Amnesia, escrito por entregas periódicas en este Blog en honor de José Agustín, y se desenrolla ahora hacia el infinito en estos otros textos que he decidido nombrar, simplemente, así: Mar de música, un lugar muy líquido y sin límites, el cual, sin embargo, me propongo redactar y diseñar, como un mapa cartográfico de las armonías, letras y ritmos que me han forjado, de la mano de mi jefe; Como bajo las alas de un dragón, o de pie sobre los hombros de un gigante; Aquí su seguro servidor, el más pequeño de los tres, un cochinito muy lindo y cortés, tan minúsculo como un pulgar, y sin embargo, me embarco en un viaje sin retorno en el cual pretendo abarcar este amor por todas las canciones y sus autores, tal como lo hacían las antiguas exploraciones, que buscaban descubrir los contornos de la Tierra y los océanos, pero en este territorio imaginario, interior: Es la geografía de las ondas sonoras, así como se han abierto paso en los laberintos de las arterias, hasta el cerebro, transformándonos para siempre, este viejo pergamino computarizado busca ser un mapa de ruta para onironautas y melomaniacos, un Atlas de las melodías que guían el espíritu de mi padre y nuestra hermandad, hoy tan menguante, como mi capitán en esta nave de locos, tan familiar.
            Aquí lo iré confesando todo, en este blog de José Agustín, el lugar donde lentamente, me doy chance de convertirme en un escritor, como mi padre lo fue alguna vez, como lo será siempre en sus grandes obras.
            Pues bien, de vuelta en el puerto, zarpamos hacia un viaje en el tiempo y el espacio, de manera alfabética, pues mi papá siempre fue muy obsesivo con el lenguaje, y tenía todos sus libros, acetatos, cassettes, videos, dvd’s y discos compactos en el riguroso orden del abecedario, o a veces temático, o por países, pero nada escapaba a su ordenamiento de las ideas escritas, filmadas, cantadas u orquestadas, en su vasta colección de artes. Casi se podría decir que tenía una faceta de bibliotecario obsesivo compulsivo. Era un ordenador multifacético, siempre abierto al tiempo y el mundo. Pero como prometí en algún capítulo anterior, hoy partimos en la búsqueda de las creaturas más absurdas, los monstruos más misteriosos, en este océano de música antigua y casi desconocida, para los oídos del hombre o la mujer moderna. Son sus rolas favoritas, de entre el rock más bizarro de la era jipiosa, los viejos sixties, pero en sus regiones más remotas. Voy por los fenómenos del rock & roll psicodélico, o simplemente muy drogado; Son los personajes secundarios, los retadores, viejos jipis y grandes perdedores, opacados por las grandes bandas, por todos bien conocidas.
Algunas de estas agrupaciones, sin embargo, eran bastante buenas, y se convirtieron en las favoritas de mi jefe, especialmente en su juventud más lisérgica, pero también durante los primeros años después de su accidente en Puebla, cuando revisitó todas estas bandas como si de viejos amigos se tratara, camaradas que no pueden dejar de visitarse al menos una vez, antes de realizar el viejo acto del desvanecimiento, la desaparición de esta Tierra tan maravillosa pero tan cruel. Quizás este gusto tan extravagante se manifestó en José Agustín simplemente porque era un amante de lo subterráneo, y estás bandas fueron las más underground de sus tiempos, pero también las de su juventud, las que lo marcaron como hombre y artista. De modo que las escuchaba constantemente, desde que yo era niño, y continuó oyéndolas a través de los años, conforme los medios electrónicos para escuchar la música cambiaban, al ritmo caprichoso de la tecnología sonora; Hasta que los oyó por última vez por su propio gusto, después de La Gran Caída, todavía le alcanzó la voluntad para ir hasta su estéreo, sacar los discos compactos favoritos de sus respectivos lugares alfabetizados, y de sus risibles cajas de plástico, para después oírlos en un festín pagano sin mayores expectativas místicas. Después, más tarde, los volvío a guardar en sus respectivos lugares, pero esta vez yo estaba pendiente de qué habíamos escuchado, y de cuales le gustaban más y porqué, pues comprendí que era mi última lección en la Escuela del Rocanrol. Puse atención a sus gustos musicales más privados y excéntricos, asumiendo que pronto sería yo quién tendría en poner esos discos en el estéreo de la Casa que Canta, para no dejar morir este jardín de canciones olvidadas; Esto es, si queremos que aún se escuchen, y que sus antiguos espíritus jipis se alegren, pues algunos aún los recordamos en el mundo de los vivos; Para lograr así, como sólo logramos con la poesía y la música, que mi padre se alegre otra vez, en su reclusión voluntaria en esta Casa del Eterno Atardecer, pues hace ya mucho que él no se levanta para poner un disco, pero celebra que lo lleve a rocanrolear alrededor del reloj, y del mundo, todo sin salir de la casa de todos ustedes. Pero en sus buenos tiempos, jamás lo olvidaré, él se lanzaba como un cazador intrépido, y regresando de sus viajes, se retiraba la escafandra o el casco de astronauta, y exhibía sus discos nuevos/viejos, como trofeos de su pesca en aguas oscuras, cósmicas, abismales.
Ya entrados en este tema, pasemos a la letra A, hacia Los Animals, donde hallé la primera pista relacionada con este asunto, allí donde hace su aparición triunfal Eric Burdon & the Animals, de quienes mi jefe tiene todos sus discos, también, desde luego. Sus primeros éxitos son muy populares y bien conocidos, como La Casa del Sol Naciente, y por cierto (flashback pacheco), yo siempre relacioné nuestra propia casa, con esa clásica versión de Los Animales, sobre ese viejo blues. En parte por lo solar de Cuautla, donde creo que Van Gogh hubiera pintado feliz, pero también porque la letra de esa rola claramente advertía de no perderse, como quizás ya lo había hecho mi padre antes de mí, en cierta casa embrujada dentro de los laberintos de la mente, un prostíbulo astral, un templo maldito de la decadencia y la perdición, aderezada con violencia, drogas y sexo… Un lugar donde rostizar tu alma y perderla para siempre, La Casa del Sol Naciente.        
 Poco después, Eric, con todos sus Animales, lanzó sus álbumes más arriesgados, posteriores al consumo de alucinógenos, que fueron menos escuchados y comprendidos, pues eran sumamente extraños, ya que estaban empeñados en recrear las atmósferas inducidas por los enteógenos, como muchas otras bandas pachukas de sus tiempos. Esto me lleva a uno de sus trabajos más misteriosos y chingones, lleno de canciones muy bellas, ácidas reflexiones y atmósferas plenas de alucinaciones y demás mariguanadas, diría yo… Se trata del álbum: The twain shall meet (1968), del cual mi padre extrajo un par de rolas particularmente surrealistas: “Just the thought” y la épica/fantasmagórica “We love you Lil”, mismas que incluyó en una de sus antologías más audaces y tripeadas, donde mi papá trató de reunir sus piezas de mayor elevación y altitud lisérgica… Como para sentir el efecto del ácido, pensé yo, pero sin sus posibles reacciones secundarias, efectos colaterales y riesgos de traumas psicológicos… Pero no: eran para escucharse durante el consumo de hongos, ácidos, o peyote, vaya usted a saber con qué substancias mi padre se iba de viaje a otros mundos, otros tiempos, habitando otros cuerpos, dimensiones y Universos alternativos, cerrando los ojos y desapareciendo en la noche. Pero siempre volvía, sin importar cuan lejanos sus fueran sus objetivos y ambiciones artísticas.
Así puex, algunas de esas bandas, sus más predilectas y prendidas, las recolectó en esa antología, en un audio cassette, al que no le escribió nada, ni un título ni el listado de canciones, cuando siempre lo hacía, con su letra tan pequeña y manuscrita, pero tratando de que fuera legible, cosa rara en él. Siempre redactaba el riguroso orden de las rolas, donde la antología dejaba registro de su estructura, pero no esta vez, esta cinta estaba forrada simplemente de papel bond: Era La cinta Blanca, según él, muy maestro Zen, como en honor a uno de los mejores y más maduros discos de los Beatles: The White álbum. Recientemente la encontré entre sus viejos tesoros, y escucharla fue una inmersión en el pasado remoto de mi infancia, que a la par fue el fin de la juventud y el inicio de la madurez de mi Pater.
En esa Cinta Blanca había muchas rolas de Pink Floyd, también, pero de las más recónditas, salidas del Ummagumma (1969), o el Atom heart mother (1970), o el Meddle (1971), y el Obscured by clouds (1972), intercaladas aquí y allá en la trama, como sueños recurrentes. Después, había una delirante de Alvin Lee y sus Ten Years After, llamada “Standing at the Station”, que realmente era una especie de inmersión directo a las profundidades de la psique. Después venía la Steve Miller Band, con su “In my first mind”, otro trip súper viajado, que parecía sobrevolar planetas fantásticos. Seguían bandas perdidas cual antiguas culturas de la Atlántida, como los Fugs, con sus violines enloquecidos, o Country Joe & the fish, creo (la verdad esa cinta es un acertijo tras otro, y a veces mi padre recuerda que grupos suenan, pero a veces, ya no).
Entre tantas apariciones, aparentemente sin lógica o sentido, de deliberada sinrazón, también había varias visitas a una banda casi desconocida, de corte muy futurista, como de ciencia ficción sonora, llamada los Hawklords, con piezas como “Free Fall”, “25 Years” o la sombría: “Only the dead dreams of the cold war kid”.
Recientemente, les comentaba, hice sonar La Cinta Blanca en el tocacintas, para ver si él aun recordaba a las bandas que por allí desfilan, como en bazar de asombros y curiosidades fantasmagóricas, y me iluminó sobre esos misterios en su mayor parte, mientras su rostro se enciende y comienza a corear las canciones como si su memoria estuviera aún en plenas funciones, respondiendo correctamente un 80 % digamos, creo, pero hay que tomar en cuenta que diseñó esa cinta, en primer lugar, para acompañar sus últimos viajes de LSD en Cuautla, cuando yo y mis hermanos éramos solo unos escuincles… La Cinta Blanca se escucha ya a punto de tronar, como si estuviera apretada, dando sus últimos estertores musicales, pronto será imposible reproducirla de nuevo, y si mis hermanos no me ayudan, varias de la canciones allí grabadas permanecerán sin nombre, desconocidas para el mundo, y su canto dejará de oírse, sus advertencias contra el capitalismo menguando, mientras el mundo se despeña en el caos creado por esas políticas inhumanas.
Vanilla fudge, Love, The new Riders of the Purple sage, Earth Opera, The Family, Mott the hopple, o Fever Tree, fueron otros de estos vetustos jipis favoritos de mi padre, que primero tuvo en acetatos y después en compactos, consiguiéndolos con mucho trabajo de explorador, en sus viajes a E.U. y las Europas, revisando los rincones de las mejores tiendas de discos, pues ya para entonces eran prácticamente desconocidos. Pero sin embargo, en su juventud, cuando produjeron esos álbumes tan inspirados, se hallaban tan prendidos con ese anhelo de vivir y cambiar el mundo, como sus compañeros más exitosos: The Who, The Byrds, los Beatles, Led Zeppelin o los Doors, Janis, y Hendrix, así también, todos estos hombres y mujeres, rockeros intensos y talentosos, pero poco apreciados, fueron la sangre, el corazón y la mente de aquellas bandas, respetables pero fugaces, del rock psicodélico, en la década de los años sesenta, con toda su voluntad de cambiar el rumbo de una humanidad decadente, y rescatar al sueño americano de su pesadilla, desde entonces inminente, para las almas despiertas.
Ya en la letra B, me encuentro rápidamente con el concierto The Lats Waltz, de The Band, una agrupación que, efectivamente, tuvo el decoro de esfumarse tras ese único concierto de despedida, plagado de celebriedades y presentaciones asombrosas, como el legendario Muddy Waters, patriarca del blues, en su última gran presentación en vivo grabada fielmente; Aparecen también Neil Young, Van Morrison, Dylan y un largo etcétera… Este gran evento, como antes Woodstock, el Monterrey Pop Festival, y más tarde Live Aid, se convirtieron en visitas recurrentes, en nuestras sesiones de conciertos a todos volumen, en la sala de nuestra casa, cuando escucharlos en video casetes se volvió posible, y más tarde en dvd’s, pasando por los fracasados discos láser, cuyo parentesco visual con ambos acetatos y compactos los hacía un objeto de belleza incomparable, con el brillo de un espejo dorado, combinado con el tamaño y arte de un LP: un lujo perdido en el tiempo, como la calidad audiovisual de los blu rays…  Al tecno basurero de la historia.
Por aquí en el lado B, el plan Beta, de beat, me encuentro también con los Buitres, quiero decir los Beatles, siempre revoloteando, como espíritus benévolos, sobre este proyecto de novela autobiográfica, que parte de El Memorial de nuestra Amnesia, y ahora se ha convertido en un Mar de Música, donde se me siguen apareciendo los cuatro fantásticos de Liverpool, pues obviamente, tenemos todos sus discos, sin llegar a grados fanáticos. Pero entre ellos encuentro una rareza de tiempos inmemoriales, que si se escucha ni parecen los famosos Beatles, al principio, y me refiero a un disco que se presenta como The Early Tapes of The Beatles, o Tony Sheridan and The Beat Brothers, que no es otra cosa que sus grabaciones como grupo de acompañamiento para ese tal Sheridan. Aunque en algunas de las piezas incluidas canta John Lennon, alguna otra la escribieron juntos John y George (“Cry for a shadow”), así como en “My Bonnie”, los gritos de Paul se escuchan claramente en los coros del fondo; Estas grabaciones añejas y casi clandestinas, fueron las que llamaron la atención de Brian Epstein, quién pronto los convocaría a grabar su propia música. Esto es lo más fan que mi jefe puede llegar a ser de los Beatles, aunque recuerdo que su gesto era más bien de decepción, al escuchar los resultados de su hallazgo.
Pero para mí, esta Cinta Blanca, en su viejo casete, que se está borrando lentamente, me recuerda un pequeño ritual que yo solía hacer siendo todavía un niño, o chance ya un adolescente precoz, en las noches sonámbulas, cuando todos dormían o estaban ausentes, me escuchaba el White Álbum de los Beatles completito, con unos audífonos más grandes que mí cabeza. Esto fue ya con un par de discos compactos que yo mero encontré en un supermercado, hurgando, junto a mi padre, en una pila de aparente basura musical. Colocaba los discos solares en el estéreo, con la cara reflejante boca abajo, y los dejaba irradiar su magia, cruzando así, a través de los espejos prismáticos, hasta fundirme en el rayo láser que leía y descifraba esas arcanas melodías. Los escuchaba de principio a fin, escapando de mi mente y del planeta, contaminado y gris, buceando hacia paisajes sonoros de un mundo mejor.
Para estas alturas, en esta coordenada perdida entre el tiempo y el espacio, en las aguas oscuras y luminosas del Mar de Música, el viaje auditivo ya me había sumergido en mi propio suministro de substancias neuronales enervantes, propias de quienes amamos la música hasta los tuétanos: Dopaminas y demás químicos naturales que recorren el cerebro, dejando los surcos luminosos/eléctricos de las melodías nuevas, entrañables, pequeños fuegos inolvidables. Lo mismo pasaba, en toda la familia creo, cuando escuchábamos las sinfonías, adagios o sonatas de Beethoven, Mahler, Jaschaturian, o el maestro Schubert: Su magia abría senderos en mi mente, hasta entonces desconocidos, y expandía mis horizontes, derribando fronteras o limitaciones, y me permitía atisbar a través de la cerradura de Las Puertas del Infinito, hacia los confines más exóticos y fantásticos del espíritu humano. Y eso que aún faltaban muchos años para que yo probara cualquier tipo de alucinógeno, pero me desprendía de mi cuerpo, escuchando esas canciones tan enigmáticas, con la simple música y la presencia de mi padre disfrutándola en silencio, fumando cigarros sin filtro, o quizás contándonos un cuento maravilloso, tal vez en su recámara, meditando en flor de loto, con un mandala coloreado por el mismo (con “prismacolors”), o haciendo Yoga mientras nosotros jugábamos, entrando y saliendo de la casa y hacia la noche, como luciérnagas intoxicadas con la luz y la oscuridad.
Pero si desean saber que más escuchaba mi padre, para recordar sus viajes sicodélicos, como las rolas que grabó en esa cinta sin nombre, y más artefactos y criaturas musicales/fantásticas, tendrán que esperar a que zarpe nuevamente esta nave de locos, con rumbo desconocido hacia un Mar de Música sin fin, en el próximo capítulo. Pero por ahora, me temo que es: “¡Tierra a la vista!, hermanos marinebrios, y hermanas navegantes, ¡Hasta la próxima!


lunes, 4 de febrero de 2019






XIV

SIETE AÑOS DE WHISKY

 (PARTE II)

            ¿Tú sabes como a veces, en esta vida, las cosas crecen más allá de todo control, o por lo menos más allá de lo que se había planeado?, como las raíces de un árbol que rompen el concreto de las calles y las banquetas, las paredes de las casas, o la grandeza de un ídolo, una gotera que cae sobre la estatua de un héroe, y convierte una grieta en un abismo, con el paso del tiempo, si no se le detiene… O una simple rutina, un hábito, un pequeño vicio, que se siembra como una semilla mágica en el patio trasero del cerebro, cuando se es muy joven, y de pronto, algunos años después, tenemos una plaga espiritual, una epidemia psíquica familiar, una enredadera ponzoñosa y antropófaga que se apodera de toda la edificación de un supuesto ser humano, hasta que ni el amor, ni el oro o los aplausos y demás placeres mundanos son capaces de devolver a un hombre a la cordura; Y entonces la demencia anida en su alma, como una madre cuervo, que encuentra desesperadamente un lugar para criar a sus herederos, en la tormenta de los tiempos, devorando los recuerdos de quien, alguna vez, fuera el líder de la manada, el hombre de la casa, el padre de familia, el gran escritor, mi padre, José Agustín. Yo supongo que, para estas alturas, ya todos saben que sí, otra vez, estoy aquí escribiendo sobre mi jefe, cobijado solamente por la luz de una vela intergaláctica, para tratar de verter fuego escrito sobre los malditos eventos que tuvieron lugar en nuestra vida, tras su fatídico accidente, casi mortal, cuando fue orillado hacia el vacío y cayó hasta el fondo del escenario, en un teatro repleto de sus admiradores, en la ciudad de Puebla. Y fue así como, a los sesenta y cinco años de edad, esa caída le robó el don de la escritura, con el cual sacó adelante a su familia durante años, deslumbró a sus simpatizantes y demás detractores, y trató de educarnos, al menos a mis dos hermanos, a mi madre y a mí, además de cientos de sus simpatizantes, y lo hizo todo muy a su pesar, manteniendo firmemente su camino, intransigente y megalómano como todos los grandes mutantes de la historia, contra la corriente de un mundo demencial.
            Así que, ¿en que estábamos?, ah, sí: después de que mi padre cayó en Puebla, o lo tiraron, o se dejó caer, y pasó casi un mes en un hospital español, y exigió ser dado de alta contra la opinión médica, donde lo diagnosticaron con una lesión cerebral severa, que le provocaría por lo menos la famosa amnesia de lo reciente; Y que así regresó a Cuautla donde poco a poco comenzó a beber otra vez, contra todas las recomendaciones y pronósticos; Y sin darnos cuenta, nos fuimos hundiendo en una espiral descendente, en la cual mi laureado padre, un hombre de tinta y papel, hecho de símbolos herméticos y palabras escritas en las lenguas del fuego, y construido como una pirámide de libros grandes y pequeños, comenzó a desmoronarse, a convertirse en una ruina de sí mismo, (“Estas ruinas que ves”, recita, salido de sus propios misterios) pero aún imponente, como si de una zona de guerra arqueológica se tratara: Es como si mi papá fuera ahora una serie de edificaciones derruidas, antiguas pero asombrosas, de alguna civilización perdida, que aún relatan una historia de su grandeza y decadencia, un pálido reflejo de las muchas batallas perdidas y ganadas, un cementerio sonámbulo de maravillas dormidas, un monumento vivo a las artes libertarias, representante de una generación de espíritus innovadores, hacia final del siglo pasado, y una puerta de las  percepciones abiertas al infinito.
            Así que, como les estaba diciendo, increíblemente, mi padre volvió a beber, diariamente, durante una cadena de días ya sin recuerdos, que para él empezaron siempre después del mediodía, hasta que empezó a despertar después de las dos o tres, hasta las cuatro de la tarde, y arrancaba de nuevo con una dosis creciente de whisky o tequila, además de vino y cervezas, rehusándose a malcomer poco más de una comida al día; Esto antes de una siesta sincronizada con el atardecer y la salida de la Luna, para después beber un poco más de sangre, al revivir en la noche, como un vampiro, y de ser posible, beber un poco más, hasta la madrugada, para arrullarse nuevamente a dormir, en un retiro voluntario de la vida, ya sin sueños.


            Y desde luego, inevitablemente, con el exceso de alcohol, comenzaron sus caídas sin fin (se fracturó el brazo izquierdo en dos ocasiones), además de que volvió la ira irracional, y la neurosis frenética, aunque ya muy disminuido por la lesión cerebral, con una furia ya cansada, casi resignada y sin esperanzas de estallar como antes lo hacía, buscando esa histeria con la que condimentó nuestras vidas siempre, como el rey enloquecido y genial, de una familia brillante, pero siempre al borde del abismo, y que sin embargo lograba mantenerse a flote, en el aire, en un vuelo nocturno sin escalas, con el puro poder de sus palabras casi místicas, su aparente comprensión del mundo real, y su inagotable imaginación, que nos elevaba como una alfombra mágica.
            Así que, al fin, contra todo lo que pudiera imaginarse de la vejez de un buen escritor, que a diferencia de un futbolista puede, si quiere, seguir trabajando en lo que ama hasta el día de su muerte, mi padre dejó de escribir. Cuando le preguntaba si escribiría en la noche, como lo hizo todos los días de mi infancia y juventud, bufaba con desagrado, como si de una condena o una maldición se tratara. “Me mareo y me siento enfermo”, me dijo, “si intento escribir” (sobre La locura de Dios… eso no lo dijo pero lo pensé yo); “Bienvenido a mi Mundo”, le respondí y él asintió con un gesto de disgusto. También olvidó que me había corrido de la casa unos días antes de su accidente, y que sólo cuando vio las profundas heridas en mi muñeca izquierda, cocidas como un Frankestein tercermundista, tras mi segundo intento serio de suicidio, accedió a dejarme vivir otra vez en su Casa del Sol Naciente, al menos por un tiempo. Esto lo concedió en silencio, dándome la espalda y yéndose a su conferencia fatídica en Puebla. Y de pronto, un mes después de su convalecencia, al regresar al fin  a su casa en Cuautla, todo cambió, a mi favor, debo reconocer, y me encontré viviendo otra vez con los jefitos, pero en circunstancias totalmente distintas a mi primer retorno como hijo pródigo, tras mi segundo fracaso amoroso en la nueva Tenochtitlan, y después de mi triste, psicótico y absurdo intento de matrimonio, por fortuna trunco y estéril; Es decir que, gracias a Dios, nunca tuve hijos con ninguna de las queridas dementes que se atrevieron a tenerme por su pareja, aun cuando, para mantener este record, o saldo blanco, tuve que solicitarle a dos de ellas, en tres ocasiones, que abortaran a mis herederos, a lo cual accedieron amablemente, conscientes de que traer un hijo mío al mundo, no era buena idea para nadie.
            Y poco a poco, mi gran jefe Caballo loco retacó de nuex toda su cava con pomos multicolores, mismos que yo había vaciado antes de su regreso del hospital, y me había bebido heroicamente para no desperdiciar, cuando los doctores que lo atendieron, y desde luego mi hermano, el también escritor y siquiatra Jesús Ramírez Bermúdez, le prohibieron tajantemente que continuara con su ritmo de ingesta diaria de alcohol, como lo hacía felizmente hasta antes de su gran golpe, sin importarle un pepino las reacciones secundarias, o el rastro de estragos causado por los abusos indiscriminados de drogas y alcohol; Y por cierto, salud… We’re doomed, pensé otra vex, camaradas lectores.
            Y así, de pronto, descubrimos que el hecho de que mi padre ya no escribiera, dedicándose ya sólo a beber y dormir, tendría serias repercusiones en la economía de esta su casa, que es algo grande y necesita de muchos gastos de mantenimiento, sin contar nuestra propia subsistencia, pues al agotarse toda fuente de ingresos, mis padres y yo de polizón, un náufrago sobreviviente y aferrado, nos encontramos de pronto ante el dilema de nuestra falta de recursos, y en mi caso, de empleo. Hasta poco antes, me encontraba colaborando en el periódico La Jornada, escribiendo en la sección de espectáculos, y también en las revistas La Moska y Rolling Stone, además de que trabajaba haciendo dictámenes para la editorial Patria y Random House, donde mi hermano Andrés es editor estrella. Así había mantenido a mi esposa, en nuestras aventuras en el DF, pues ella primero se negó a chambear y luego a contribuir con los costos de nuestro flamante matrimonio, allá en la gran ciudad, hasta que aquella farsa romántica reventó en mil pedazos, y tras mi segundo o tercer intento de matarme (neta no recuerdo cuantas veces me cocieron las muñecas en hospitales, dos o tres veces, entre Cuautla y la CD, pues era una época en que tragaba clonazepam como si fueran M&M’s, y bien sabido es que te borran el cassette progresivamente, dejando al drogo en una especie de amnesia de los acontecimientos recientes, tal como hoy malvive mi lesionado padre), mi ex y yo nos separamos y acabé en Cuautla otra vez; Pero renuncié a todos esos compromisos laborales, y me dediqué a hundirme en mi depresión. De hecho, sólo renuncié a la Jornada (joder esa es otra historia curiosa, que será contada en otra ocasión), pero aclaro que la Rolling, y La Moska, desaparecieron por arte de magia, Patria fue devorada por Larousse, y mis ilustraciones para Drácula en su prometida colección juvenil se fueron al traste también. Y aunque la Stone regresó poco después, yo no volví con ella, como jamás volví con mi exesposa, evitando, por una vez en mi vida, caer tres veces en la misma trampa de oso. De modo que, desempleado y desesperanzado, yo no iba a ser el héroe que con su trabajo sacara adelante a mis padres. Pero mi jefe tampoco lo haría, estaba completamente incapacitado, aunque repitiera sin cesar, a los medios que aún lo entrevistaban, que él seguía escribiendo y pronto presentaría su nueva novela: La Locura de Dios.

            Como ya he platicado antes aquí, en este Blog dedicado a José Agustín, donde escribo semana a semana El memorial de nuestra Amnesia, este proyecto de novela autobiográfica, La Locura de Dios era el título optativo para su siguiente obra, que resultó inconclusa, así como otros dos proyectos que ya había arrancado con gran fuerza y prometido a Random, incluso había recibido adelantos que no se retribuyeron, y fue por eso que mi hermano Andrés rescató, de entre los baúles de rollos viejos e inéditos de mi padre, el Diario de Brigadista, un texto que mi padre jamás pensó se publicaría, mismo que apareció promocionándose como un libro escrito aún antes que La Tumba, su de por si súper precoz primera novela. El Diario… se editó como un reemplazo de sus novelas inconclusas, que, tras el accidente, súbitamente se detuvieron en seco, sin esperanzas ni sorpresas. Sólo las regalías de todos sus grandes libros, que aún se editan y se venden gracias a su calidad y vigencia, serían nuestros únicos ingresos para mantenernos en línea, en la frecuencia de la buena vida, o lo que nos quedaba de ella, tal como la conocíamos.
            Esta situación nunca llegó a ser dramática, supongo, pues siempre hubo comida en nuestra mesa, cortesía de mi santa madre, y al jardinero y las empleadas domésticas se les mantuvo su sueldo, y de alguna manera ambos nos las arreglamos para mantener activos nuestros vicios, yo más que nada ya pura mota y chelas, y él lo mismo, aunque siempre ha fumado sólo en la noche, pero eso sí a diario con el tequila o el whiskey, todo el que pudiera. Por suerte el Rivotril ya no estaba en el menú, pues ambos habíamos abusado ya, cada quién a su manera, de esa substancia tan tramposa, del bonito ramillete de drogas legales con doble filo. También la coca, que para ambos era un lujo ocasional, pero bien arraigado, en algún lugar aparentemente remoto de nuestro pasado reciente, ahora era sólo un recuerdo, ya casi olvidado, que sin embargo levanta las orejas y huele el aire, sintiendo taquicardias, cuando escucha la palabra: “Cocaína”. Pero como aún no se ha inventado una cura para el dolor, del cuerpo y el alma, ni para el amor o la falta de, ni para la vida en sí, para acabar pronto, ambos continuamos consumiendo, indiscriminadamente, entre medicamentos prescritos y drogas ilegales, ausentes del mundo cruel y sus pesadillas, una cruel realidad que mi padre ya sólo visita cuando lee las noticias escritas en los periódicos, mismos que diariamente exige en su mesa de desayunar, aun cuando quizás ya no logra registrar el paso de los días, y le cuesta un gran esfuerzo seguir el curso de los acontecimientos en este nuevo milenio, debido, queridos camaradas, a su amnesia de lo reciente, producto de su lesión tras el accidente en Puebla. Además de una creciente hidrocefalia que aún avanza silenciosa, a pesar de que ya fue operado por ella y carga con una válvula que drena el agua fuera de su cerebro, pero el líquido vital continúa acechando su otrora mente tan brillante, al ritmo vertiginoso de los mil y un tragos estroboscópicos del bendito etanol. Hoy en día, les aclaro, ya sólo bebe algunas cervezas a diario, y vino ocasionalmente, cuando algunas amables visitas nos presentan el pretexto para beberlo, y entonces hay que tener cuidado con él, porque apaña la botella y si no lo detienen, se la bebe casi toda él solito.
            Y fue así que nuestras penurias económicas, tras el abrupto silencio escrito de mi padre, llegaron hasta los oídos de sus viejos súper amigos, entre ellos, por ejemplo, uno de sus fieles herederos y reconocido admiradores, el querido Juan Villoro, o la mismísima Elena Poniatowska, luchadora veterana y legendaria de las buenas causas y los más altos ideales, quiénes ni lentos ni perezosos, junto con otros colegas en posiciones estratégicas, comenzaron a fraguar un plan para ungir a mi jefe con el Premio Nacional de Artes y Ciencias, el más alto reconocimiento que México otorga a sus luminarias intelectuales. Pero me estoy apresurando, porque eso ocurrió varios años después, en plena guerra calderonista contra las drogas. Pero algunos años atrás, cuando sus compañeros de letras aún no podían aceptar que el fuego de mi padre se hubiese extinguido, doña Elena, La Poni, como le decía mi padre de cariño, decidió emprender la que quizás sería su última visita a su amigo José Agustín, en su vieja y adorada casa de Cuautla. Esto fue por el año de 2012, cuando una ola de interfreaks y demás malas lenguas pregonaban el fin del mundo por algún supuesto presagio maya. Y fue por aquellos días, unos tres años después de La Caída, que doña Elena se tomó la molestia de visitarnos, en su gran bondad y solidaridad humana, e hizo un espacio en su vida para visitar a los enfermos, quizá por su crianza católica, y se vistió de hermana de la caridad, custodiada por otro colega escritor, y viejo amigo de mi jefe, a quién invitó para su travesía, otro gran compañero de vida de mi padre, el antropólogo Julio Glockner, reconocido escritor sobre los rituales y tradiciones sincréticas de las comunidades que habitan a las faldas del volcán Popocatépetl, quien a su vez recibió el encargo de hacerse acompañar por una auténtica chamana y curandera de este tipo de antiguos rituales, y ya juntos los tres, se embarcaron en la misión de llegar hasta la Casa de José Agustín en Cuautla, para realizarle una limpia o algo por el estilo, en un desesperado intento por rescatarlo del silencio escrito, y devolverle el espíritu mágico de sus poderes literarios.
            Así fue como llegaron hasta La Casa de Todos Ustedes, mis queridos lectores y únicos amigos, y bajaron de una nave, doña Poni, la princesa roja, seguida de una verdadera Bruja del volcán, y el antropólogo, sabio maestro del conocimiento enteógeno, flanqueando a la periodista legendaria, que a mis ojos apareció siempre como una bodhisattva, fuerte y segura de sí misma, más allá de mi humilde asimilación. Aunque ella es más bien laica, creo, porque he leído que acompañaba a su madre a misa, pero escondía algún buen libro dentro de la Biblia, para cultivarse mientras los demás oraban por las ánimas del purgatorio.

Poco después de su visita, soñé con ella, otra vez en la casa, y yo pretendía adorarla casi como si de una santa se tratara, pero ella me reprendía, me impedía canonizarla, y me indicaba que la tratara como a cualquier otra persona: con amor al prójimo y nada más. Algunos años después, comencé un retrato de doña Elena, decidido a pintar mi primer buen lienzo, de hecho por encargo de su hijo, Felipe Haro, para donarla a su Fundación, pero no me he atrevido a visitarla. Y es que esta dama es una luchadora social galardonada ni más ni menos que con el premio Cervantes, además de todos los reconocimientos que México puede ofrecer y con casi más doctorados Honoris Causa que el mismísimo Dios, ganados a pulso con sus muchos grandes libros, escritos por puro amor al arte, a la vida, a la libertad. Ya la había conocido, muchos años atrás, cuando era niño, en esta misma casa donde escribo esta noche, y la recuerdo como una mujer cálida y dulce, muy amable, que me preguntó el nombre de mi gata, La Katrina.
Pero aquella vez si la vi bastante más grande, durante esa última visita, que se desarrolló como un epílogo de una gran amistad. De hecho, la foto en que me basé para su retrato, estaba pegada en la pared del estudio de mi father, una foto de la juventud de doña Poni, y él siempre me dijo que era una gran camarada de viejas batallas, que él apreciaba muy personalmente.  Y como no la iba a ver más veterana, si en efecto, la señora ya cargaba sobre los hombros sus casi ochenta años, por aquel entonces. Y sin embargo, doña Hélene Elizabeth Louise Amélie Paula Dolores Poniatowska me pareció siempre recia como un roble. Y así, con un decidido paso huichol, se abrió camino a través de nuestros viejos portones de hierro negro, flanqueada por sus mágicos acompañantes, y entró en nuestra casa, decidida a salvar a mi padre de sí mismo y de su aparente bloqueo creativo.
Ante esto, mi padre abrió un par de botellas de vino, y junto con sus viejos demonios, se preparó para recibirlos, como un retador que juega en su casa.
Pero por hoy, me temo que es hora de decir: Buenas Noches Planeta Tierra, para todos los estimados lectores y únicos amigos, y para todos los hombres de buena voluntad. Gracias a los visitantes, nacionales y extranjeros, a este Blog from outer space. ¡Salud!


                                                                                                                                 

viernes, 4 de enero de 2019

XIII RECUERDOS DESDE MICTLÁN







XIII

RECUERDOS DESDE MICTLÁN


                        Hace varios años, cuando mi padre aún era una luminaria muy viva de la literatura mexicana, le piché un par de ideas sobre algunas cosas de las que me gustarían escribir, entre ellas, estaba un recuento de la mejor música que se haya escuchado, a través del universo, y particularmente en esta casa nuestra que es de todos ustedes, amables lectores. Me refería a los discos de ese hit parade casero y también un tanto internacional, pero escrito en relación con la historia familiar, o con cualquier tipo de anécdotas influidas por esos viejos tonos y timbres, de nuestra vida privada o pública, pero una historia compartida colectivamente, de alguna manera, por el amor que muchos audio-adictos profesamos a diversos artistas, músicos y cantantes… También le conté sobre un personaje, alguien que hablara todo el tiempo con citas cinematográficas populares o muy crípticas, para que los lectores jugaran un juego que yo y mi hermano Jesús solíamos jugar: Adivinar fragmentos de diálogos de películas, las favoritas o las más extrañas, pero siempre filmes entrañables, cercanos a nuestro corazón, por razones de educación sentimental, para nuestra fortuna o desgracia. Ya sabes, como el: “I´ll Be back”, del Terminator, o el: “¡Pepe el Toro, es inocente!”, para que te des una idea, con dos ejemplos para principiantes. Una más, para cinéfilos de sci fi: “All those moments, will be lost/in Time, like Tears/in rain,,,”; Es una maña que se me quedó, pues no me cabe duda que, desde niño, memorizaba frases de muchas movies chidas que wachábamos en la casa vuestra. Esta idea le gustó a mi jefazo, pues él mismo nos había educado a base de libros, música, cine y televisión; Y ni lento ni perezoso, cuando vio que no escribía nada y desperdiciaba estas ideas, que él mismo me dijo eran buenas propuestas para trabajarse narrativamente, aplicó una de ellas sin más miramientos, robándomela en mi jeta, y usándola para darle más de su estilo, color y profundidad al protagonista de su novela policiaca/esotérica, Vida con mi viuda; Además, había otro personaje, el tío Lucas, que parecía vagamente basado en mí y en mi tío Guti, aunque algo más extremo, por lo que, en la novela, ese tío Lucas acaba muerto a balazos. Pero por cierto, en mi retorcida opinión, ese personaje reflejaba algunos rasgos deplorables de mi persona, ciertos tics y rollos mareadores. Cuando noté el dudoso honor de estos extraños homenajes privados, así como ciertas filias medio repulsivas de la novela, la boté en un rincón, y no he podido terminar de leerla. Algún día, seguro, ya pronto. He decidido guardar algunos libros de mi papá pera el futuro no muy lejano, cuando el tiempo y la fatalidad me hagan imposible conversar con él, entonces podré seguir conociéndolo a través de sus libros, como siempre,  entonces lo podré escuchar como  cuando era joven, antes de que se accidentara, y lesionara irremediablemente el cerebro. Pero en aquella novela, mi padre se dio vuelo, con esa vieja dualidad de la que antes les hablé, en algún capítulo anterior, con todo el rollo del doble, o doppelgänger, de su protagonista/antagonista, el cineasta Onelio de la Sierra/León Kaprinski, un alter ego oscuro de mi padre, personificado en un perverso agente de una policía secreta.
Y es que, han ustedes de saber, que estos delirios vienen a colación, en estas mis confesiones computarizadas, por una extraña conexión: Por aquellos días, yo me hallaba en mi peor momento como drogadicto, llenando mi cuerpo y alma del veneno que usted guste, consumiendo mota a todas horas, chochos, coca, crack, éxtasis y LSD, u hongos, peyote, cristal, y hasta solventes o ketapina, en mis peores momentos, además de tabaco, cerveza y alcohol del fuerte, desde luego, y un largo etc., etc.… En otras palabras: todo lo que se apareciera en mi camino, camaradas (os), todo lo que se moviera o cayera en mis manos, sin discriminar ningún elemento de la tabla periódica y sus infinitas combinaciones.
Esto ocurrió, desde luego, por mi mala levadura, así como mis malas decisiones, mi falta de carácter, mi flagrante depresión, y mi neurosis prematura, pero además me hallaba con el corazón roto en mil pedazos, por la ruptura de mi primer amor, aunado a mi fracaso como estudiante en varias carreras artísticas truncas, y agregue usted, por favor, a este coctel molotov, que mi salud comenzó a colapsar seriamente. Pero aún faltaban varios años para mi primer intento serio de suicidio.
Regresando a Vida con mi viuda, la muerte trágica de otro personaje secundario me impresionó siempre más que el resto, la de Héctor Wise (el suegro del personaje central), quién muere en un bosque de Oaxaca, cuando, en una de sus exploraciones botánicas, cae en una barranquilla, y se hiere gravemente, pero además un pie se le atora entre unas raíces, y allí perece, desangrado irremediablemente, pero feliz, observando una flor azul, una flor mágica, La Flor de la Buena Muerte.
            Esa es la flor que espero ver cuando me despida de este mundo, y así mismo, espero que se le aparezca a mi padre y a toda mi familia y seres queridos, la gran familia universal, todos los hombres y mujeres de buena voluntad, y salud: Nos deseo a todos una buena muerte.
He vuelto al viejo disquero de mi padre, en la sala de nuestra casa, donde descansan ordenados alfabéticamente todos los discos que él alguna vez amo y escuchó tanto, enmarcados en unos muebles de madera diseñados especialmente para discos compactos o acetatos, aquí está toda la música de mi padre, el conocedor, reconocido divulgador y audiomaniaco que me crio a mí y a mi familia con grandes dosis de rock, jazz, clásico, tropical, música tradicional y del mundo, o hasta electrónica, al final de sus tiempos como degustador y promotor incansable del arte sonoro; Y mucho más, se escuchó por aquí, a todo volumen en el jardín o esta sala… Aquí me encuentro con el magnífico cuadro del Che Guevara, que realizara mi tío el Guti, perdón: Augusto Ramírez, en los años sesenta y tantos, así como el retrato de mi propio tío, que a su vez le pintó, ni más ni menos, que el maestro Arturo Rivera, quién plasmo toda su jeta tal cual era, igualito, aunque con un paño en la cabeza estilo Morelos y Pavón; y yo no puedo evitar hundirme en otro de mis flashbacks psicodélicos, usando la rockola como máquina del tiempo, y me quedo atrapado en las raíces de otro viejo recuerdo, que datará por el año de 1994, el año en que irrumpieron los neo Zapatistas  Chiapanecos, y se voló la tapa de los sesos el muy extrañado Kurt Cobain.



Por aquellos días, algunos años antes de regresarme a Cuautla, fracasado tras mi primer intento de adaptarme a la Gran Babilonia/Tenochtitlán, cuando aún estudiaba en una preparatoria del INBA, con materias artísticas, fresco en mis exploraciones de la Ciudad de México, yo también anduve cotorreando un tiempo con el célebre pintor Arturo Rivera. Él, por cierto, había sobrevivido ya una vez, literalmente, a la visita de la Parca, cuando sufrió una oportuna intervención quirúrgica de varios cirujanos cardiólogos, donde, sin embargo, murió brevemente en el quirófano, frente a frente con la calavera, tras una operación finalmente exitosa, a corazón abierto. Se descubrió a sí mismo vivo, asombrado por su capacidad de supervivencia, y revitalizado como un Bukowski cualquiera, tras su roce con La Niña Blanca. Por cierto, que el viejo Hank era uno de nuestros autores favoritos, al menos por aquellas temporadas, tanto de mi papá y mi tío Guti, como del maese Rivera, quién me prestó algunos de sus libros, a cambio, en parte, de la buena hierba que yo le proporcionaba, pero, por otro lado, el tipo era simplemente buena onda. Nos dábamos un toque y bebíamos unas chelas, mientras platicábamos de arte, o yo lo oía, más bien, y él ampliaba mis horizontes sin darme cuenta. Me dejaba entrar a su casa de tres pisos en la colonia Condesa, llena de  cuadros sin terminar por doquier, e incluso me mostró varias veces su estudio, amplio como una bodega o un hangar,  así parecía ante mis asombrados ojos, donde, nomás para entrar, había un altar lleno de reliquias, artefactos, antigüedades, calaveras de humanos y bestias, fetos y fenómenos embotellados, instrumentos  científicos, huesos, cuernos, y algunos animales disecados, raíces invertidas, plantas extrañas y flores exóticas… Todos estos objetos, eran elementos que tarde o temprano aparecían en sus obras. Era una antesala fantástica, de un misterio abrumador, que conducía a un estudio gigante, maravilloso, poblado por lienzos de todos tamaños en las amplias paredes blancas. Sabiendo que me encontraba en el taller de un maestro de la talla de cualquiera de los monstruos de las bellas artes, deambulaba entre sus pinturas inconclusas, como sumergido en un mundo de magia oscura. En una de esas visitas, en las que él o su mujer en turno acababan casi corriéndome, pues yo no me quería ir y a ellos les urgía ponerse en una frecuencia más intensa, recuerdo que me prestó el de Música de Cañerías, una colección de cuentos de Bukowski, de  los tiempos en que la editorial Anagrama aún lo publicaba en una colección blanca, más grande que sus actuales de bolsillo y colores neones; Un ejemplar que desde luego nunca le regresé, pero tampoco se lo robé, sólo se lo presté a otro amigo de la prepa, un viejo compañero de borracheras de mi juventud, que estaba convaleciendo en un hospital, ¡y ese cabrón nunca me lo regresó!; No solo eso, sino que, en su vida adulta, tuvo el descaro de convertirse en policía judicial, y de los peligrosos, además, but that, is another story.

Pero como les decía, tras su experiencia extrema en el hospital, al borde del abismo mortífero, Don Arturo presentó la gran evolución de su obra, y realizó una de sus magnas exposiciones retrospectivas, en el palacio de Bellas Artes, bajo el título: EJERCICIOS PARA LA BUENA MUERTE. Cuando le platiqué a mi jefe de mi polémica relación con el gran pintor, quien era más o menos amigo suyo, pero en realidad era cumpa de mi tío Augusto, el desconocido y asombroso pintor realista, mi padre se encabronó, al enterarse que yo le conseguía su mota, y, aun traumatizado por su estancia en Lecumberri, conflictivo como siempre fue, incluso le habló para pedirle que no me la solicitara más, y así, terminó mi relación con el gran pintor, Arturo Rivera, quién, aunque me regaló varios libros de pintura, estos si hasta autografiados, de los cuales todavía tengo uno de apuntes de Rembrandt, tampoco quiso aceptarme como pupilo, igual que mi padre me rechazaba, por mi escaso talento y disciplina. Acaso mi tío Guti me tomó como alumno un rato, porque mi papá le pagó por algunas clases, aún con todo su evidente desinterés como maestro marihuano, me compartió algunos de sus vastos conocimientos como artista plástico, adquiridos primero en la escuela de San Carlos, la cual no concluyó, y después desarrollando su técnica como autodidacta, estudiando a Da Vinci, Caravaggio, y otros renacentistas, principalmente. Pero el caso es que mi tío Guti y Arturo Rivera eran buenos amigos, y fumaban harta mota juntos, aunque no bebían, pues Rivera se vio forzado a dejar el alcohol, y mi tío nunca fue alcohólico. Pero se profesaban admiración mutua, y aunque Arturo pronto despegó con sus temáticas oscuras y se colocó como lo que es hoy en día: Uno de los pintores más geniales y respetados de las artes plásticas contemporáneas de México y el mundo, siempre tuve la impresión de que admiraba sinceramente la magnífica técnica realista y el estilo de vida casi anarquista del tío Guti. Yo siempre los vi como a mis guías, eruditos, como a un hermano mayor detrás del otro, y así hasta sumarse como un tótem gigante, desde cuyos hombros yo he visto el mundo y las estrellas… Bueno, al menos, así es como los veo yo.
Para terminar por hoy con lo de Vida con mi viuda, es  para mí una ironía muy grande, que efectivamente mi padre a vivido para ver como su personaje se desvanece lentamente, como de hecho casi pudo asistir a su propio velorio, simplemente dejando de escribir, por la severa lesión que padeció, su aferrado alcoholismo y su devastación como artífice de su propio arte, sus cumbres y sus ruinas. Y aquí, en este pequeño palacio de la Luna donde habitamos los tres, doña Margarita y don José, mis jefes y yo, el Tinieblas junior, ambos tenemos que convivir, de algina manera, con la viuda del gran escritor, que aún vive pero ya no escribe… Aquel que alguna vez fue el “joven y célebre autor mexicano”, y a quién, en adelante, en estos tiempos modernos, en que ya salió de su huevo y gobierna una Morena  de pseudo izquierda (sea lo que eso sea), y reina el viejo Pejelagarto, los papeles de la beca mensual del Fonca han decidido nombrarlo, para términos legales, como: “El creador emérito”, para referirse a  no otro que mein father, Don José Agustín Ramírez Gómez.