lunes, 22 de abril de 2019




MAR DE MÚSICA
 IV


   HASTA SIEMPRE, COMANDANTE COHEN

SEGUNDA PARTE


Tan pronto como salió su último disco, el You want it Darker (2016), Leonardo Cohen tomó su equipaje ligero, un maletín lleno de ideas sin terminar, sus poemas favoritos, el recuerdo de sus amores, su amor por el Todo, y emprendió el viaje al más allá. Pero por dos años, yo me negué a escucharlo en youtube, o cualquier otra vía de streaming gratuito. En la casa de mis padres, la polvosa colección de discos de mi father se precia de tener todos los LP’s originales de sus ídolos roqueros, de sobra está decir que entre los solistas más apreciados, está don Cohen, quizás sólo detrás de Dylan (por cierto, muchos pensamos que, si acaso se le iba a conceder el polémico Nobel a algún roquero literato, debió ser a Leo, más que a Bob, aunque tampoco hubiera podido asistir a recibirlo, por su delicado estado de salud). Así pues, los últimos dos Old ideas (2012) y Popular Problems (2014), me encargué de comprarlos aún en una decadente Mixup, y se incorporaron a la colección de discos originales de mister Leonard. Pero con el último ya no fue tan fácil. En las tiendas de discos que visité, me miraban como a un loco al mencionar su nombre, aun cuando su muerte estaba en todos los medios masivos de desorientación. Y mi padre ya no tenía una tarjeta de crédito, ni caminaba ya hasta su estudio donde juntos, por varios años, solíamos escoger los discos que él mandaba pedir por Amazon, y llegaban como traídos por cigüeñas, hasta las puertas de esta, La Casa que Canta. Entonces me quedé sin oír el You want it darker un par de añejos, acaso ponía la primera rola, y ante sus poderosas palabras y textura tipo réquiem, me detenía, apagaba la compu, y más bien furioso, me prometía comprar algún día su último disco original, y lo escucharía con mi padre, su discípulo y mi maestro, en la sala de este soleado hogar, así fuera el último álbum que comprara para esta colección de mi laureado padre, don José Agustín. Pero mis escasos ingresos difícilmente me permitieron ir a la Gran Tenochtitlán, donde intuía que podría encontrar el disco en librerías como el Péndulo, en la Roma. El caso es que esa posibilidad se fue alejando, año tras año, mes tras mes, día tras día, pensamiento a pensamiento, como el pasillo que se vuelve un túnel casi infinito en Poltergeist, y frustrado, me prohibí escuchar esas nueve canciones, y por consecuencia, mis jefes tampoco las escucharon, por dos años, aun cuando yo me moría de ganas de oírlo gratis en yutub, y compartirlo con mis vetustos padres; Pero era una cuestión de principios, para entonces, algo personal, el pagar, como familia, por ese disco compacto, como lo habíamos hecho por todos los otros de don Leo, para colocar aunque sea unos centavos en la bóveda del tesoro de mister Cohen, que en mi opinión, merece cualquier tipo de retribución, por sus palabras mágicas, aún en este decadente esquema capitalista. Así rodaron los días del calendario, hasta que, para salvarnos de esta maldición, permítanme agregar un personaje catalizador, en esta historia real, y a continuación les presento a Karen, mi novia, la mujer más dulce que yo haya conocido, y que aparece en esta historia salida de un sueño o un misterio nocturno y humeante, una dama tan bella como las mejores musas de las bellas artes, al menos a mis ojos. Ella me permitió acercarme otra vez a su vida, después de que fuimos novios hace veintitantos años, en nuestra adolescencia, y permanecimos ligeramente enamorados de nuestro recuerdo juntos, pacientemente alejados desde entonces, en silencio mutuo, vivimos nuestras vidas y de pronto, cuando los dioses lo consideraron divertido, nos reunieron otra vez. Y esa es la razón de que yo esté escribiendo este Blog, aparte de para rendir un justo homenaje a mi padre, otrora tan vital, y hoy tan silencioso, es para impresionar a Karen, mi amor y mi amante, el carbón y el fuego que alimentan la locomotora de este Memorial de nuestra Amnesia/Naufragio en un Mar de Música… Fue ella quien, en secreto, mandó pedir el You want it darker, por internet (yo me aferraba a la idea de comprarlo en la vida real, o sea en alguna tienda o el Tianguis del Chopo), y lo guardó hasta nuestra primera navidad juntos, y me lo regaló en el corazón de la noche buena del 2018, y al fin pudimos escucharlo mis padres y yo, junto a ella, y esa es la razón de este renacimiento, la brisa tan cálida y húmeda que sopla bajo este salto de fe, con cada beso tuyo, mi Cielo. El disco comenzó, y el espíritu de Leonard Cohen habitó, una vez más, este templo musical, que siempre fue su casa, tan querida y abandonada tantos años atrás por las furias creativas que antaño lo habitaron, con mi padre dándole duro a la máquina de escribir, escuchando las Canciones de Leonard Cohen, de su primer álbum, y participando del encantamiento de las bellas artes, salidas directo del manantial, dándole fuerza para escribir como los grandes.
Recuerdo a mi padre comprando el I’m your Man, y declarando que ya era mucho más comercial y accesible que sus discos como trovador/cantautor, los que le dieron su primera fama, en los sixties, cuando sólo era superado por el invencible Bob Dylan, y acaso no tan popular como Paul Simon, perseguidos los tres, siempre de cerca, por el carnal Neil Young (y detrás de él, Donovan, Gordon Lightfoot y Cat Stevens, en esta carrera de velocidad y resistencia) y todos superados sólo quizás por Lennon, en su faceta de solista, al menos en popularidad, John es el indiscutible Rey de los Jipis, y su mensaje de Amor y Pax. Pero en tercer lugar de éxitos, Cohen, y primero en poesía, en el mundo de la Gran Rocka que Rueda, por lo menos. Además de longevo y productivo, su carrera fue siempre ascendente y cada vez más pulida, cada uno de sus últimos discos, brillantes como el diamante de un eclipse solar; Lento pero seguro, su producción es más escasa pero más selecta que la de Dylan, quien tiende más a una fertilidad sin freno, tipo Woody Allen, un tercer judío asombrosamente lenguaraz.   
Pero sin duda el Darker… es la cereza en el pastel, la corona de su creación, sólo detrás el disco debut, quizá la segunda más inspirada de sus obras. Cuando al fin lo escuchamos en casa, busqué un rincón en esa querida oscuridad, y como reza la novela de Philip K. Dick: “Fluyan mis lágrimas, dijo el policía” (del Karma), me dije a mí mismo, y al fin me permití estar una última vez con el maestro Leonard Cohen, mientras miraba de reojo a mi padre, mudo ante el poder de estas últimas letras ardientes, y levantando la vista como quien mira una aparición, casi como el joven Frankenstein tratando de atrapar la música del violín en el aire, mi padre escuchó: “You want it darker, we kill the flame”, “I’m ready my lord”, reza Leonard Cohen, y yo no pude dejar de pensar en la Pulsión de Muerte, como ya lo dijo Freud, no me acuerdo en que lado, una pulsión que yo y mi accidentado padre sentimos fuerte, como la atracción de un abismo negro en el centro de una galaxia, una atracción fatal que por poco nos devoró en las noches más oscuras de nuestras almas. Recordé que, antes del accidente, mi padre pregonaba que su muerte era ya inminente, e incluso le había lavado ya el coco a la familia con una supuesta fecha, en la que pronosticaba su deceso, un disparate salido de su mente alterada, sus creencias como vidente, y quizás algunos infartos cerebrales de otra manera imperceptibles, agregó mi hermano, el doctor Jesús. Pero no era tal su destino. El accidente en Puebla lo demostró. A la muerte no se le llama banalmente, he ahí el detalle del suicidio, ese que pregonaba la terrible “One of us cannot be wrong”, del primer álbum de Cohen, cuando el Maestro le fallaba al alumno, el mismo mensaje de la “Master’s song”: “…And just when I was sure, that his teachings were pure, He drowned himself in the pool!” (y en mis peores momentos, mientras limpio la alberca de mis padres, no puedo dejar de pensar en mi cadáver hundido en el agua azul, o peor aún, mi padre sumergido con todo y silla de ruedas, en esa alberca que hoy en día yo limpio como si fuera una manifestación de nuestras almas, that heart shaped pool donde mi papá pasó una buena parte de su vida, nadando como un Tritón gigante). Pero ni él ni yo, que tanto invocamos a la Calaca inútilmente, nos atrevemos al auto homicidio, y por lo tanto estamos condenados a vivir en la misma cápsula cósmica, pues aun no nos hemos ganado esa buena muerte, esa buena muerte que su personaje de Vida con mi viuda se ganó frente a la Flor azul, esa que el buen Leonard Cohen se ganó en su cama, tras una leve caída nocturna. Descansa en paz, viejo amigo, si es que puedes, escuchando mis necedades. Si aún tienes un momento para este bufón, no te quito mucho más tu tiempo.


            Ante el nuevo material, mi padre guardó silencio, pues desconocía las letras, para corearlas, como gusta de hacer con todos los grandes éxitos de sus ídolos, Leonardo en un lugar muy especial. Pero escuchó atento y conmovido, como si se tratara de un viejo amigo, que lo visitara en la hora final. Era el espíritu de Cohen, volando por toda la habitación, mi madre también asombrada de las oraciones contenidas en esas canciones. Al verlo, creo que mi papá se lamentó de porque lo han dejado atrás, todos esos fantasmas del rocanrol que partieron recientemente, como Fats Domino, Tom Petty, Chuck Berry y Aretha Franklin (o Chris Cornell, Scott Weiland y hasta Keith Flint, agregaría yo), además de claro, Bowie y el mismísimo Leonard Cohen: Y al ver todos esos espíritus pasar (“U R All welcome...! There is peace and serenity, in the light…”), pude ver que mi padre se preguntaba cuando llegaría su hora, su honorable muerte, poniendo cara de Marcello Mastroiani cerca del final de Divorcio a la Italiana, una de sus pelis favoritas, cuando la recién autoviuda, una mujer de negro, cornuda y asesina, pasa frente a él con una pistola humeante, y le dice: “He restaurado mi honor”, y Marcello murmura: “¿Y el mío?”…
Y así, asombrosamente, fui testigo por última vez de la hermandad de estas dos almas creativas, José Agustín y Leonard Cohen, cuando de pronto, sin conocer la canción, mi padre comenzó a cantar el coro de “Treaty” (y me permito recordarles, o aclarar a quienes lo desconozcan, que mi padre realmente padece de amnesia de lo reciente), donde Cohen arranca quejándose con Jesucristo, de que su vino ya no lo embriaga… Pero mi jefe comprendió, cachándola en el aire, antes que yo, que también se trata de una canción de amor (…“I wish there was a treaty, beetwen your love & mine”…) donde se ruega por un tratado de paz, entre los amantes, entre la guerra y la paz del amor, donde todo se vale; Cohen y mi father, suspiraron sincronizados, por un pacto entre aquellos que dicen amarse, una firma que ponga fin a las distancias, discusiones y peleas inútiles. Pensé en lo mucho que lo he visto batallar con mi madre, también pensé en mis propias batallas y las de todas las parejas que he conocido, con sus guerrillas internas, caseras e intrascendentes, y en mis primeros altercados con Karen, generalmente por celos, y escuché la canción, y también anhelé ese tratado de paz entre las parejas de buen corazón.
Después vienen tres baladas tipo oldies, en tono casi Twin Peaks, que recuerdan las de The Future: “Leaving the table”, donde asegura que se levanta de la mesa, se retira del juego, no apuesta más: “No necesito un amante, así que soplen y apaguen la flama”; Bota sus cartas, vemos que traía póker de reinas, y un as bajo la manga. “If I didnt have your love” es su última canción de amor, con un órgano angelical y un piano muy sencillo, y me queda claro que yo no hubiera recibido estos mensajes tampoco, si no tuviera tu amor, Karen de mis sueños, reina de mí corazón. Más adelante viene una joya en clave blusera, maliciosa y sensual, pero ahora con el desamor como tema central, una auténtica carta de despedida, el último deseo de un moribundo muy lúcido, donde retornan finalmente los clásicos coros de sirenas enamoradas, una marca de la Casa Cohen: “Traveling light”, un juego de palabras intraducible, pues se refiere tanto a una “Luz Viajera”, como a un “Equipaje Ligero”, es decir, una luz viajante que sólo se lleva, al otro mundo, el recuerdo de su amor por una dama, por este mundo, algunos poemas entre papeles y memorias, y nada más, es hora de partirnos en dos. Aquí la ruptura amorosa se compara con la muerte y don Leo proclama su hermandad con otros espíritus vagabundos, radicales libres, corazones solitarios… Siempre que se hace una mudanza, es una buena oportunidad para deshacerse de mucha basura, tanto física como espiritual, y de seguir con esa tendencia, para cuando llega la mudanza final, la del cuerpo y el alma, ya se debería uno de haber deshecho de todo lo innecesario, todos los lastres de un karma pagado, para proceder entonces a la demudación, al despegue desencarnado, hacia las estrellas, nuestro destino. Finalmente, no puedo dejar de mencionar “It seemed the better way”, la más negra de todas estas criaturas nocturnas, que arranca con murmullos de canto gregoriano y un violín desgarrador, pues su inspiración es tan pagana como fiel, nombrando al amor y la fe como una ilusión cruel, que simplemente nos pareció la verdad, la mejor forma de existir, aun cuando nuestras esperanzas se destruyan con cada ruptura, cada caída. Pero Cohen levanta su copa de sangre, e intenta salvar la gracia de sus romances, desesperanzado. En “Steer your way”, cuyo coro debe algo a “Closing Time”, pero ardiendo en furia y tristeza, vuelve el violín hambriento, y don Leo se pone ya en plan de guía astral, dirigiéndonos a través de la miseria y la decadencia de este mundo, las ilusiones de la mente y del amor, despojándose de toda trayectoria humana, y quizás con rumbo hacia el más allá, hacia el camino dorado, el único; Es la cumbre de éstas atrevidas disertaciones teológicas, pero no la traduciré, descúbralas usted, hermano(a) si así lo desea: Dirige tu camino más allá de las dudas y la fe, como quien resuelve un acertijo, o un enigma.
Así culminó su carrera, con broche de oro, y su obra se cierra perfectamente como un círculo sin fin, a la luz de su muerte, y del asombroso epitafio de You want it darker ... Y uno no puede dejar de preguntarse ¿a quién va dirigido ese título?: ¿Quién quiere qué más oscuro, ¿nosotros le pedimos esto, un disco con sus rolas más darks, su hijo le sugirió o lo dirigió hacia ese tono tan negro para el disco?, ¿o se dirige a Dios mismo, al Gran espíritu del Cosmos y el Caos, como sugiere la letra? (traduzco: “If You are the Dealer”…Si Tú eres el repartidor de las cartas… “I’m out of the game” …Me retiro del Juego… “If you are Healer”, si Tú eres el Sanador… “I’m broken & lame” …Yo estoy Roto y cojeando… “If thine is the glory, then mine must be the shame” …Si vuestra es la Gloria, entonces mía debe ser la vergüenza… “You want it darker”… Tú lo quieres más oscuro… “We kill the flame”… Nosotros, matamos la flama… “Magnified, Sanctified: Be the Holy Name; Vilified, crucified in the human frame”… Magnificado, santificado, sea el nombre sagrado; Vilipendiado, crucificado, en el marco de lo humano” “A million candles burning for the Love that never came” …Un millón de velas ardiendo por el Amor que nunca llegó… “You want darker… We kill the flame”… Idem. Casi un hereje, puex, como lo hace en varias de estas canciones: “On the level”, balada que arranca con un piano tipo "Smoke get’s in your eyes”, dice: “I turned my back on the Devil, I turned my back on the Angel too”; o que tal esto, de la oscurísima “Seemed the better way”, donde nuevamente se dirige, retador, a Jesucristo: “It seemed the better way, when first I heard him speak, But now it’s much too late, to turn the other cheek” ( parecía el mejor camino, cuando lo escuché hablar por primera vez, pero ahora es demasiado tarde, para ofrecer la otra mejilla)… “Sounded like truth, seemed the better way, sounded like the truth, but its not the truth today”… (Sonaba como la verdad, parecía el mejor camino, sonaba como la verdad, pero ya no es cierta hoy)… “I better hold my tongue, I better take my place, lift this glass of blood, try to save the grace” (Será mejor que calle mi lengua, será mejor que me ponga en mi lugar, que levante esta copa de sangre, y la gracia intente salvar)… Como les decía, en este regalo terminal, el master Cohen es todo un maldito pagano, si no tuviera tanta fuerza su propia palabra, su inconfundible sabiduría, la soberbia belleza de estas piezas, mismas que lanzara a la venta (y desde luego gratis para las huestes de la interred), apenas tres semanas antes de despedirse definitivamente de entre los mortales, para convertirse, ahora sí, en un mito siemprevivo de la música moderna y la poesía contemporánea.
            Tan sólo ocho piezas y un reprise, pero todas de una calidad apabullante, una profundidad inaudita, una precisión insólita: Al terminar el disco, estoy hecho un mar de lágrimas, pero mi padre está seco, Out of tears; Él no llora, es un cimeriano, esperando entrar al Valhalla, así que yo lloro por él. No pude evitarlo, recuerdo, mientras escribo esto, pues las canciones de Tu lo quieres más oscuro son el Testamento de una voz tocada y disputada por los dioses y los demonios, acariciada por la creación misma como una fuente de poder y lujuria, de amor y muerte.  Y Karen, la flor de piel morena y espíritu libre que ilumina mi jardín, me miró con una sonrisa un poco triste, pero satisfecha, tras su pequeña travesura: Encender nuestro sagrado corazón familiar, nuevamente, con las últimas canciones del maestro Leonard Cohen. So long, Master, Steer your way to heaven.




martes, 16 de abril de 2019






MAR DE MÚSICA
 IV

   HASTA SIEMPRE, COMANDANTE COHEN

PRIMERA PARTE

            En noviembre 7, del año 2016, el inigualable maestro de las letras, Leonard Norman Cohen, falleció en la ciudad de Los Ángeles, a los 82 años de edad. Si su espíritu ascendió al paraíso, a la Ciudad de la Luz celestial, o reencarnó en algún niño tibetano (pues tal era su creencia en el budismo), no lo sabemos. Está en algún lugar mejor, queremos creer, si es que aún existe como una forma de vida, si es que prevalecen la justicia y el amor divino en este universo, más allá de la muerte.
La Interred me informa que murió durante su sueño, poco después de una caída nocturna. Desencarnó de forma sorpresiva, pero pacíficamente, dejando atrás todo lo que nos regaló durante su muy fértil vida como escritor, compositor y cantante; Pero su partida es una lección más del maestro, la última y la más impresionante: Leonard Cohen se despidió en la cumbre de su creatividad y producción artística, con el magistral disco You want it darker (2016), una obra maestra de versos e instrumentación, sobre el tema de su muerte inminente, y un ajuste de cuentas con la fe judía y cristiana. Y de hecho cuando lo engendró, ya casi tenía un pie en el más allá. Pero se levantó con una demostración de fuerza y entereza en todos los niveles, antes de dar el paso final. Así, sus legiones de admiradores comprobamos el tamaño de su genio, con la edición de este álbum incomparable, acaso podríamos mencionar a Freddie Mercury y el Innuendo (1991) de Queen, los discos finales de Johnny Cash, su serie American, donde destacaba el IV, The Man comes around (2002) o el Black Star (2016) de David Bowie, pero todos ellos palidecen ante la maestría del poeta canadiense y el suave golpe de su grave voz, que en esta obra final ya sonaba tan cansada, y hoy está finalmente extinta como un dinosaurio, pero en este álbum casi póstumo, su último aliento todavía estaba enfundado en un guante de terciopelo negro como la noche, y fue un golpe preciso, desgarrador y profundamente hermoso, grabando su nombre, con este disco, en las rocas rodantes de la historia del rock & roll, y también en el mundo de las letras, e incluso perpetuando así su calidad de auténtico guía espiritual; Cohen es una luz al final del túnel del drama humano, su inconfundible timbre cavernoso y sus palabras en llamas, como la fogata al principio de los tiempos, son un faro marino, una vela sagrada que no puede apagarse, ni con la tormenta más feroz. Al menos, así es para mí y sus miles de simpatizantes varones, además de las muchas finas damas enamoradas de su vasta obra.
Para quienes no tengan la fortuna de conocer su música y comprender su arte, les aclaro que don Cohen está considerado, por la crítica especializada mundial, como uno de los más grandes letristas y compositores de poesía cantada de nuestros tiempos. Arrancó su carrera musical en el 67’, con el descerebrado título de Songs of Leonard Cohen (1966), para su primer disco, sin duda excelente, donde aún era tan joven que su voz sonaba suave y melodiosa, más propia de una lectura de poemas o de un artista folk (género que acá se traduce como trova o rupestre) pero aún sin la gravedad ronca que lo caracterizaría en la segunda etapa de su carrera, y le daría fama, como uno de los timbres más cautivadores en la historia de la música popular moderna. Es una voz de oro, que trascendió sus fronteras canadienses para llegar hasta los oídos de todos los buenos melómanos y adoradores de la poesía universal; Ya sea pacífica como un manantial, u oscura como de una bestia en el fondo de una gruta, siempre me habla directamente, cada vez que vuelvo a escuchar alguna de sus clásicas, con su largo rugido, retumbando como el eco de un encantamiento, irrumpiendo en la vena cava hasta alojarse como residente, así habita mi corazón de vez en cuando, como un aislado refugio de la tormenta y la sociedad, hasta que a fuerza de eternos retornos, se ha convertido en una guarida.
Este primer disco era uno de los clásicos favoritos de mi jefe, don José Agustín, y recuerdo que lo escuchaba ocasionalmente, en momentos especiales, intuyo, pero lo suficiente como para que yo notara que consideraba a este cantante como uno de sus mentores, no solo artísticos, sino un maestro en la vida, un auténtico hombre sabio, aunque también algo salvaje y apasionado por la creación, en toda su gran locura. Desde ese primer álbum (aunque aún tenía el timbre joven de un maldito jipi trovero) patentó su estilo entre melancólico y romántico, entre sacro y pagano, tan luminoso como puede ser oscuro, cual buen poeta, es como un piano para los dioses, una guitarra para Orfeo, un saxofón de Pink Floyd o Morfina, que pueden conceder los tonos más alegres, pero también las notas más infelices. Escuchar a este master es como ascender un poco en la escalera de la música, sostenerle la mirada a un eclipse, avanzar hacia la posible evolución del hombre, neta valedores, por este cabrón yo si meto las manoplas al fire, porque seguí sus huellas en la ceniza del futuro, y su espíritu (al parecer tan antiguo) siempre estuvo un paso adelante, y me dejó en la cima de un mundo en llamas, donde estoy ahora, hermanos (as), cada vez que escucho sus melodías, pirograbadas en mi piel como delicadas cicatrices.
            Simón Banda: Fue en 1975, nueve años después de la creación del muy celebrado disco debut de Leonard Cohen, que yo lo escuché por primera vez, cuando aún estaba en el vientre de mi madre, seguramente, pues desde entonces era una música predilecta de mis padres, que en aquellos tiempos se encontraban renovando su romance con un doble nudo que ya no se volvería a romper jamás. Si me esfuerzo un poco, casi puedo verme allá adentro, In útero: la luz del Sol trasluciéndose a través de la piel de mi jefa, y yo allí, ya un engendro listo para nacer, escuchando con asombro y misterio una melodía que, suponía, bien podría ser la voz de algún ángel caído, cuyas rimas poéticas y arpegios de guitarra flamenco parecían recordar, y augurarme, según yo, un pedazo del paraíso, algún rincón donde aún sobreviven los verdaderos amantes, libres de la maldad que reina en el mundo.
Desde siempre y hasta siempre, entonces, en la casa de mis padres, o donde quiera que yo vaya, se ha escuchado la música de Leonard Cohen, que para mí es como un bálsamo de luz y oscuridad sagradas, y sin duda mi vida no sería la misma, de haber carecido de este guía terrenal, que ha sabido iluminar un camino entre los restos ardientes y corrosivos de nuestra divina tragedia.
Y como les decía, para mi fortuna o desgracia, las bases que tengo de la alta o la baja cultura, al menos al principio de mi vida, se las debo casi todas a José Agustín, y desde luego conocí la música de Leonard Cohen por mi padre, quién me inculcó la magia del jazz, el blues y el rocanrol, casi imprimiéndola en mi ADN desde antes de nacer, usando mi embrión como un muñeco de vudú, con aguijones de acupuntura acústica, y me contagió el virus del amor por la música. Y desde entonces, desde que tengo memoria, no ha habido un solo día en que esta casa no cante a los cuatro vientos, aún si hoy en día soy yo el dj oficial, junto con la jefa, los encargados de mantener este vuelo sonoro de nuestra devoción por las armonías, nuestra adicción a la rítmica sagrada y profana. ¿Y quién mejor que don Leonardo, para acompañarnos en un viaje desde el infierno hasta el cielo?, Un viaje iniciático y terminal, a través de los secretos del amor, de la vida y la muerte; De hecho, pocos autores (as) podrían pararse de frente a esta misión, y salir avante, con nosotros a cuestas, como viejos Quijotillos y Sanchos, zarandeados por la marea y el viento cósmico, enfrentando a los molinos de viento/gigantes caníbales, tal como lo ha hecho el comandante Cohen, con nosotros como testigos mudos, o a veces coreando sus canciones.
Toda esta jerga militar me parece estúpida, pero aquí la justifica otro de los discos de Leonard, en la casi completa colección de mi padre, letra C, se llama Field Commander Cohen, Tour of ’79, un disco en vivo, difícil de hallar, no es de los grandes pero trae buenas rolas. Pero sus grandes discos son, desde luego, el primero, seguido del ya mucho más moderno e instrumentado I’m your Man (1988), para después coronarse, incluso en la cultura popular de los noventas, con The Future (1992), apocalíptico álbum que sirvió para abrir el soundtrack de Natural born killers y las puertas del infierno para una generación entera de psicópatas de clóset, que escuchamos hasta rayar nuestros discos compactos, y memorizar cada frase de Mickey y Mallory… Good Times, bad times… Después, tuvo un gran retorno con Ten New Songs (2001), pero desde luego hay joyas en todos sus discos, como el Songs of love & hate (1971), el Old Ideas (2012), Popular Problems (2014), etc., etc…
            Y esto nos lleva a su disco final: You want it darker (2016), su Opus Magnum, si es que alguna vez se puede usar ese término con certeza; Fue su despedida, una racha de oraciones casi blasfemas, en la cumbre de su sinceridad, compartiéndonos su latido final, muy adentro en el corazón de los Dioses Salvajes, justo antes de estallar, como una supernova, en este testamento de altura y profundidad, difícil de alcanzar, aún para los profetas más elevados en su levitaciones, o los poetas más abismales del azul marino.



Las noticias de su muerte se empalmaron con las del lanzamiento de su nuevo disco, como había ocurrido unos meses antes con el deceso de David Bowie, y la publicación de su BlackStar. Así supe que, por increíble que parezca, míster Leonardo había muerto, a pesar de lo vivo que estará siempre en su música, el cabrón se ha ido, desencarnó, aunque quizás vuelva como un niño del Tíbet, como se puede ver que deseaba, en el documental sobre el Libro Tibetano de los Muertos, que expone, en dos magníficos capítulos narrados por la vox de don Leo, toda la maravillosa cultura de la reencarnación, vía el Bardo Todol, en este show de la BBC.  También su colaboración con Philip Glass, en la adaptación del Book of Longing (2007), tuvo piezas memorables, sobre todo la primera, “I can’t make the hills”, tiene una relación directa con este, su disco final, y más oscuro, se podría decir también que el Darker es su Opus Nigrum, una oscuridad que nació desde “One of us cannot be wrong”, y que luego volvió hasta “First we take Manhattan”, y “Everybody knows”, saltando luego a “The Future” (de la cual mi padre hizo una traducción en su libro 50 grandes discos de Rock) y su ominosa “Waiting for the Miracle”; después retornó a esa negrura en 2001 con sus Diez nuevas rolas que incluía las tremendas “A thousand kisses deep”, “Here it is”, “Boogie Street”, y “By the rivers dark”; después la excelente y literal “Darkness” en el Old Ideas, y “Almost like the Blues”, en el Popular problems; Y finalmente, en este su trabajo más sublime, esta oscuridad se siente intensa, como boca de lobo, sobre todo en la pieza que da nombre al “You want it darker”, donde viajan también “Traveling light”, y “Steer your way”… Pero ya llegaremos a ellas. Esta es mi selección de sus rolas más oscurantistas, y se puede decir con certeza que, todo el resto de su obra, es pura luz concentrada.
Y entre los viejos casetes de mi jefe aún se encuentra una reliquia de los noventas, el Homenaje I´m Your fan (1991), donde varias bandas chidas como R.E.M, The Bad Seeds o los Pixies hacían versiones de sus rolas. Lo mismo aquel donde reaparece Nick Cave, Jarvis Cocker, Antony y U2, y otros varios invitados de altura, titulado simplemente como I’m your Man. Y ya que estamos en esto, no puede dejar de verse también el Concierto Memorial Tower of Song, celebrado en 2017, un año después de su partida; Mi padre y yo lo escuchamos bajando directo de la interred, y coreamos juntos, al ritmo de Elvis Costello, “Bird on a wire”: “…I have tried, in my way, to be free”.
En el cine, se le escuchó principalmente por el soundtrack de Asesinos por naturaleza, una película que se filmó como un ritual de aquelarre, y cooperó para encender la hoguera de los noventas, pero mientras su estreno era un éxito, él se enclaustraba en un monasterio budista. Pero antes de eso también anduvo presente en muchos filmes, recuerdo “Everybody knows” en un cuasi striptease en la película Exótica (1994) de Atom Egoyan; y que tal las Songs of Leonard… en la excelente McCabe y Mrs. Miller (1971), de Robert Altman, y recientemente en la adaptación al cine de El Congreso futurista de Stanislav Lem, donde entre caricaturas surrelistas/psicodélicas, se escucha “If It be your will”. Y pues creo que hasta en Shrek se  atrevieron a poner su “Aleluya”, una de sus piezas más exitosas, pero que a mí, como pobre diablo que soy, se me hace 2 fucking much, demasiada gracia divina, y me ahuyenta como la luz del sol a un vampiro.
Pues bien, he aquí mi historia personal con respecto a este disco, el último de don Leonardo, que lleva por nombre Tú lo quieres más oscuro, y nació de noche, un veintiuno de septiembre del 2016. Desde que se anunció el disco, como la novedad del maestro, ya se hablaba de su delicado estado de salud, vivía casi recluido en su departamento de los Ángeles, atendido por su hija Lorca. Y aunque apenas podía salir a caminar debido a un cáncer terminal, su hijo Adam se encargó de acondicionar ese depa como un estudio de grabación, mismo que llenó con computadoras, violines, teclados, guitarras acústicas y demás instrumentos requeridos, y colocó un micrófono frente a una silla ortopédica, pues el maestro sufría graves dolores de espalda. En el cuadernillo del disco compacto, donde se incluyen las letras de  las canciones, en tinta blanca sobre hojas negras, Leonard Agradece personalmente a su hijo Adán, el productor de este álbum inigualable, de esta manera:
“Quisiera reconocer, con profunda gratitud, el papel que mi hijo Adam Cohen jugó en la creación de Tú lo quieres más oscuro. Sin su contribución no habría ningún disco. En cierto punto, después de un año de intensa labor, ambos Pat Leonard y yo, coincidentemente, caímos en la desgracia de severos dolores de espalda y otras visitaciones desagradables. En mi caso, la situación era desoladora, la incomodidad muy aguda, y el proyecto fue abandonado. Adam comprendió que mi recuperación, sino es que mi supervivencia, dependían de que me levantara a trabajar nuevamente. Él asumió la dirección del proyecto, me instaló en una silla ortopédica para que pudiera cantar, y llevó estas canciones inconclusas hasta su culminación, preservando, desde luego, muchos de los temas musicales, fantasmagóricos e inquietantes, de Pat. Es por estos ánimos amorosos y la hábil administración de mi hijo, que estas canciones existen en su forma presente, y yo no puedo agradecerle lo suficiente.”. Nosotros, sus admiradores y amigos, tampoco.
Fue así como pudo ser preservada la voz dorada de Cohen en este, que sería su epitafio, su último regalo para una legión de admiradores, casi discípulos, desesperados por unas últimas palabras del célebre poeta, y vaya que si las obtuvimos, asistimos a la extinción de un auténtico profeta, un espíritu antiguo como las montañas, que nunca creí ver derrumbarse, pero mientras su cuerpo se desmoronaba, su espíritu se volvía cada vez más fuerte (¡como Obi Wan Kenobi!), y este álbum lo demuestra como un esperado milagro, pues no a diario se ve alguien pararse de frente a la muerte y aun así cantar sus verdades, como el Caballero del Séptimo Sello, de Bergman, of course.
Leí todas estas noticias con tristeza, como cuando declaró que estaba listo para morir, en una rueda de prensa, tal como empieza la rola que da nombre al disco, donde invoca la palabra hebrea “Hineni” (“Heme aquí”, o “Aquí me tienes”), y luego declara: “Estoy listo, Señor”. Estas palabras, salidas directamente de las sagradas escrituras judeocristianas, fueron las pronunciadas por Abraham a Dios, en Vayera, la porción de la Biblia que habla del Akeidah, el sacrificio de Issac. El Narrador se dirige  a Dios humildemente, y dispuesto a servir, a sacrificarse. La letra de You want it darker es en partes una traducción palabra por palabra del Kadish, el canto de alabanza a Dios que aparece en toda la liturgia judía. Ya antes Cohen había musicalizado la Torah, como la oración de Yom Kipur, que se encuentra en su canción “Who by fire”, o desde luego, las referencias bíblicas en su “Haleluya”, rola que tuvo un éxito en sus tiempos similar al de “My sweet Lord” de Harrison, otro gran guía espiritual de la Roca que Rueda. E inclusive, Cohen contrató un coro de renombre mundial, la congregación Shaar Hashamayim,  de la sinagoga de Montreal (donde su abuelo y bisabuelo fueron presidentes), en la que se crió y celebró su Bar Mitzvá, el rito de paso de la adolescencia a la vida adulta. Este coro también participa en “Parecía la mejor manera”, donde incluso interviene el cantor del templo, Gedeón Zelermyer.
Aquella tarde, Leo le confesó a los periodistas que se encontraba listo para dar el paso al otro mundo, causando sollozos entre los asistentes, para luego tratar de consolarlos durante la presentación del disco, diciendo:  “Pretendo vivir para siempre” (se refería a su espíritu, desde luego), esta vez haciendo reír a la concurrencia, tan solo tres semanas antes de su muerte, y escasamente un mes después del fallecimiento de su querida musa Marianne, también de cáncer, a quién le mandó una carta hasta su viejo refugio romántico, en la isla griega de Hidra. En ella le dice que la siente tan cerca, en esa hora final, que si se estiran podrían tomarse de las manos, a través del océano atlántico, para tocarse una última vez:

“Bueno, Marianne, ha llegado el momento en el que somos tan viejos y nuestros cuerpos se están desmoronando, que creo que te seguiré muy pronto.
Estoy tan cerca de ti que, si extiendes tu mano, podrás alcanzar la mía. Sabes que siempre te he querido por tu belleza y por tu sabiduría, pero ahora solo quiero desearte un buen viaje. Adiós, vieja amiga. Mi amor infinito, nos vemos al final del camino.”
Leonard.

jueves, 21 de marzo de 2019




  
XV

ÉL PEQUEÑO LIBRO DE LOS SUEÑOS

(PRIMERA PARTE)

            Muchos sueños después, mientras intentaba recordar una visión nocturna gigantesca, particularmente marina y luminosa, me encontré con un breve manuscrito de ensoñaciones, un pequeño libro de sueños perdidos y ahora encontrados, en el fondo de una botella, a la deriva en un mar de letras. Es un diario donde redacté todo lo soñado en las noches del 2009, el año en que mi padre se accidentó y dejó de escribir. Estaba dentro de otro supuesto libro, en el viejo librerinto del estudio paterno, pero que, en realidad, era la caja donde alguna vez reposó un coñac muy fino, que mi jefe se bebió en los meses previos a la Caída, su Gran Golpe.  Allí dentro dejé mis diarios de la adolescencia, hace muchos siglos, a los cuales agregué este librito azul de pasta dura, donde en la primera página se advierte: Diario de Sueños, 2009.  Mi sorpresa fue mayúscula, cuando descubrí que en él, sembré la semilla de lo que se ha convertido en este Memorial de nuestra amnesia, este libro autobiográfico en honor a los años de silencio literario de José Agustín, quién alguna vez fuera el joven escritor mexicano más moderno y rebelde, y que ahora descansa con una merecida jubilación de sí mismo, en la Casa que Canta. Este es el último rincón donde se me permite habitar, en un refugio del edén, mi propio microcosmos, un pedazo de tierra fértil donde aún deambula el amor, absorto entre las flores y los frutos, que habitan en armonía con algunos animales mágicos. Todos nosotros, al parecer ausentes del tiempo y el espacio, allá afuera, ajenos a los colapsos de las grandes Babilonias, donde el mundo parece derrumbarse muy lentamente, sin pausas ni prisas, sin esperanzas o sorpresas, más allá del asombro que provocan los festines demoniacos, la masacre nuestra de cada día.
            Así que ahora voy a contarles estos sueños míos y de mi padre, al menos los más importantes que han desfilado por mi mente dormida, desde esa fecha tan fatal, y que se relacionan con el silencio creciente de mi padre, con quien habito un limbo tan cercano a la felicidad completa, como a la absoluta miseria. A la mitad entre el paraíso y el averno, en este el purgatorio voluntario, aquí es donde pagamos el karma por nuestros pecados, rebajados en plazos y con un súper descuento, una buena rebaja en los años de condena, pero con cero posibilidades de escapar. Así está la cosa, compañebrios (as): Sean Bienvenidos a estas Bodas paganas entre el Cielo y el Infierno, esta apasionada aventura entre Dios y el Diablo… Pasen por esta puerta, crucen la cortina roja, y entren a mis sueños y pesadillas, caminen conmigo, a través de este espejo humeante.
            Pues bien, como les estaba diciendo (-Continuó el Wub-), en este librito, mi diario de sueños azules, redescubrí muchos debates internos entre escribir o ser un vil drogadicto, muchas ilusiones y fantasías ocurridas tras el telón, en mi teatrito de los sentidos sonámbulos: Pero hacia el final de esas páginas, me encontré con un sueño muy particular. Si bien yo no soy muy creyente de oráculos y profecías, en aquel entonces me pareció una especie de premonición, por lo que se puede leer en estas páginas, una imagen muy viva, que me alertó sobre la caída de mi laureado padre. Pudo ser así, o tal vez sólo era basura psíquica, no lo sé. Pero fue una aparición onírica importante, que me impresionó aquella madrugada, aunque no parecía tener ningún sentido cuando la soñé, y me dejó desconcertado, como la mayoría de mis elucubraciones dormidas. Era la imagen de un gran Oso, pero convaleciendo, con varias flechas clavadas en su masivo y peludo cuerpo, tendido en un quirófano muy iluminado y metálico, mientras varios pares de manos negras, al parecer de doctores invisibles, enfundadas en guantes de plástico,  brotaban de una intensa oscuridad, e intentaban salvarle la vida.
            Aunque el sueño era perturbador, por el dolor del Oso, como decía, al despertar no le encontré mucho sentido o importancia, y lo descarté como un sueño “crudo” (que no se acabó de cocinar) y sin razón, sin un mensaje claro, tan sólo el ruido de una mente intranquila. Aunque me resultó particularmente extraño, porque yo no aparecía en el sueño, sólo era un espectador invisible, a cierta altura, un testigo silencioso de una imagen aún inconexa, flotando en la oscuridad imperante. Pero he aquí lo que escribí textualmente, a mano, en aquella minúscula libreta azul:



23 de abril del 2009
EL OSO EN EL QUIRÓFANO

LA IMAGEN

            “En el Sueño del Oso en el quirófano, yo era una especie de vidente invisible, deambulando, como un espíritu de humo, cerca del techo, observando la escena. Era el ojo que todo lo mira, volando, y que primero recorrió varias habitaciones muy rápidamente, pero avanzó a tal velocidad, que no pude apreciar lo que había en ellas, pues no las recuerdo bien, como si las recorriéramos en cámara rápida, hasta que me detengo de golpe frente al quirófano, en medio de la oscuridad, donde yo me oculto.”
“Okey, compitas: Pues me detengo en la habitación del hospital, hasta ese anfiteatro soñado, en medio del cuarto oscuro, pero que no parece tener paredes ni fronteras en su vasta negrura. Allí es donde yace un tremendo Oso, herido con tres flechas, sobre una plancha de metal cromado y brillante, bajo los poderosos rayos de luz de quienes lo examinan, doctores ocultos, de quienes sólo alcanzo a ver las manos, varios pares de largos guantes negros, que intentan salvarlo. La gran bestia se debate entre la vida y la muerte, pero pronto lo tranquilizan con un sedante. Todavía con las flechas clavadas en su voluminoso cuerpo, respira con dificultad, ya dormido, pero aun sangrando. De pronto se retuerce y gime, intenta levantarse, pero está malherido; Mientras tanto yo, el humo astral que flota sobre él, quiere ayudarlo, pero sólo lo puedo acompañar, pues comprendo que no estoy realmente allí, solo es una visión en mi mente, supuestamente dormida también.”
 “Lo curioso es que, unos días después, el sueño llegó a ser casi profético, o así lo sospeché poco menos de una semana más tarde, cuando mi padre sufrió un accidente casi mortal, al terminar de dictar una conferencia (llamada El soundtrack de mi vida, por cierto) en un teatro de la ciudad de Puebla, donde cayó, o lo orillaron a caer, entre las amables hordas de sus admiradores, simpatizantes y demás curiosos, desde el proscenio hasta el fondo del foso para la orquesta, que estaba vacío en ese momento, cayendo de cabeza cuan pesado era, y fracturándose, además de varias costillas y un omóplato, el mismísimo cráneo, provocando este último traumatismo, un lesión cerebral en la zona del hipocampo, la región del cerebro destinada a preservar la memoria.”

EL JUICIO

            “Ante tales acontecimientos, debo hacer ciertas valoraciones y aventurar algunas conjeturas arriesgadas pero posibles”-continúo en mi diario de sueños, y cabe aclarar que esto fue escrito escasamente veinte días después del accidente, cuando mi padre aún no regresaba del hospital- “Primero: existe la posibilidad de que mi espíritu viajó en el tiempo y el espacio para advertirme, o recordarme, que cinco días después, mi padre sufriría un accidente y estaría muy grave en un hospital. Los cinco días estarían representados por las cinco habitaciones que no alcanzo a recordar, que miré en cámara rápida como sueños minúsculos, esos que la mirada omnisciente recorrió a la velocidad de la luz, hasta llegar al día seis, cuando mi jefe cae al vacío; Y es ahí donde me muestra la imagen del Oso, herido en la plancha metálica, que en ese momento me parece absurda, pero una semana después exactamente, cobra un extraño sentido, convenciéndome de que fue una videncia, una premonición, y un mensaje cifrado muy importante para mí.”
            “¿Por qué relaciono al Oso con mi padre?, primero que nada, recuerdo que él solía repetir constantemente frases como: “El alma simple de la Bestia es pura”, o: “El Hombre y el Oso, entre más feo, más hermoso”. Y de inmediato viene a mi mente la película francesa L’Ours de Jean Jaques Annaud, donde la paternidad forzada de un Grizzli y un osezno huérfano se me quedó tatuada en el cerebro: 

E inevitablemente, me acuerdo también de una vieja caricatura donde un papá oso le dice a su cría: “Mira hijo, fíjate como tu padre no cae dos veces en la misma trampa” antes de recibir un segundo golpazo fácil de pronosticar; Y creo que aquello del Papá Oso, es además un símbolo del cuestionable patriarcado en el que malvivimos, en mi drogada opinión. Esa bonita gerontocracia machista/paternalista/capitalista que nos mal gobierna desde hace siglos. Es decir, que se trató de darme un mensaje más amplio, de interés general y no sólo familiar, un arquetipo que funciona como una moraleja, pues mi padre cayó en la misma trampa que la mayoría de los padres y los osos caen. Y desde entonces, todos cojean de la misma pata. Es una pata de palo que si se desenrosca de la pierna, y se voltea, también es sirve como una botella de ron secreta, para emergencias y desahucios.”
            “El sueño se refiere lo mismo al accidente de mi padre, tanto como a la enfermedad que él, yo y la mayoría de los humanos, en especial los machos, padecemos: La Ira, una ira irracional, egoísta, el anhelo de poder insaciable, incontrolable, incontenible, imposible de satisfacer, el afán de dominación; Es el estado salvaje, la existencia sin límites éticos o morales, auténtica en su barbarie. El Oso como algo bello y poderoso, en toda su brutalidad, pero recibe su castigo, cuando es orillado al abismo, por una horda de sus fieles seguidores, cegados e hipnotizados por su resplandor: Y al fin, la Gran Bestia cae cuán grande y larga es, por su propio peso… Sin embargo, nuestro Oso Bendito es llevado al quirófano, herido de muerte, con la esperanza de ser salvado por las manos de doctores invisibles. Estos personajes salen de la oscuridad y tratan de curarlo, intentan extraer las flechas hundidas en su cuerpo. Entre mis delirios, pienso que las tres flechas pueden simbolizar los males sociales que distorsionan a un ser humano, gestando este mal social/colectivo, las raíces de nuestra mala educación: La primera es la creación de nuestra máscara, nuestro personaje, nuestra opinión, el famoso ego, una reacción visceral ante nuestras experiencias negativas y el anhelo de vivir sin restricciones, de vencer los obstáculos a cualquier costo para obtener lo deseado. Esto genera nuestro mal juicio y muchas decisiones erradas, nuestros pecados y crímenes.”


            “Otra flecha simbolizaría la familia, la sagrada familia que tanto gusta de caer de su propia gracia, y en el peor de los casos, convertirse en cada vez más disfuncional, hasta deformarse irreversiblemente. Son, para bien o para mal, nuestras raíces biológicas, nuestra coincidencia en el tiempo y espacio, y generalmente, la bronca parte de una falta de comunicación sana con el Gran Espíritu, ya sea como individuos, o como un equipo familiar. “Comunication Breakdown”, con la espiritualidad inherente a la humanidad, ese es el mal moderno más común de nuestros tiempos oscuros y retrofuturistas.”
“Y la tercera flecha representa los lazos sociales, la sociedad que todo lo pervierte y distorsiona, el maldito sistema corrupto: Así es como la máquina devora a niños y niñas, con sus pequeños espíritus puros condenados en una locura colectiva, a la fábrica de seres humanos desechables. De estos males, todos tenemos un poco, y ni yo ni mi padre somos la excepción.”
“Finalmente, un par de anotaciones sobre el sueño del Oso: Primero, sobre los guantes, ¿por qué sólo veo manos cubiertas, y no a los doctores?, como personajes silueta, al amparo en una noche infinita… ¿Serán un símbolo de los Dioses, interviniendo para curar nuestra bestialidad?; Y segundo: Al contarle el sueño a mí jefa, coincidimos en que el accidente en Puebla, aunque efectivamente fue un percance difícil de evitar, y es inútil buscar culpables, no podemos dejar de notar que todo ese evento fue un fiasco, un “oso” tremendo, empezando por la mala organización y fallida seguridad para mi padre, en el escenario, un desastre de proporciones épicas que ni siquiera cumplió con los tristes ideales de una sociedad idólatra y ego-orientada (Ches pipopes tan weyes, caraja). Pero al menos pagaron todos los gastos de su hospitalización, y el universo se equilibró un poco más con la beca que recibió unos años después, el Premio nacional de artes y ciencias, gracias al cual mi padres y yo de polizón, pudimos mantener ese buen nivel de mala vida, que tanto nos gusta. Pero también, como familia, no pudimos dejar de notar que esa tarde, mi padre se tomó un par de tequilas y no comió casi nada. Y por insignificante que esto parezca, fue la razón por la que no nos atrevimos a demandar a nadie por tan rotunda negligencia. Todo esto complotó para el fatídico resultado final: El silencio escrito de José Agustín, auténtica luminaria de la literatura joven de México, un faro de luz, en la costa de la posible evolución mexicana, una bengala de letras ardientes, que, en este país al menos, ayudó a guiar los afanes de una generación que fue un parteaguas, llena de transformadores intrépidos, que buscaban escapar de las tinieblas mentales, y entre ellos mi padre fue un capitán irreverente, que invitó a muchos a navegar sin miedo en este mismo mar de sombras, el mismo que hoy contrataca con tanta furia.”
Y bueno, pos ya pa clausurar este choro mareador, me pregunto: ¿Aun creo todas estas locuras escritas a unos días del accidente de mi padre?, no lo sé, podrían ser sólo patrañas, pero por si acaso no lo fueran, me ha parecido algo curioso de encontrar casualmente entre mis libros de sueños, y pensé en compartirlo, aquí, en este Memorial de nuestra Amnesia.
Si de algún consuelo nos sirve, los libros de José Agustín siguen y seguirán aquí, para todos los jóvenes y no tanto, en su eterna juventud, listos para hablar de un niño mágico a otro, para trabar esa amistad hecha de verbos y oraciones, para acompañarse en días soleados y noches tormentosas: Hay lecturas que nos fuerzan a crecer juntos, como las raíces de árboles hermanos, brillando en la noche y el viento, ofreciendo sus palabras escritas en las lenguas del fuego, pero siempre frescas, como peces voladores, hechos de pura luz solar, recién salidos del agua salada.



jueves, 7 de marzo de 2019






XIV
BITÁCORA NÁUTICA
(DE UNA DISCOGRAFÍA INTERMINABLE)
o
 LA CINTA BLANCA

            Como les estaba diciendo, del mismo modo que mi jefe era un cinéfilo sin escrúpulos, pasión que plasmó en el protagonista de Vida con mi Viuda, también es bastante conocida su faceta como amante de la música, de todas clases, pero con especial énfasis en el rocanrol;
De modo que, a través de mi infancia y la de mis carnales, nos fue criando y forjando al ritmo de sus piezas favoritas, sus exploraciones y experimentaciones, sus múltiples descubrimientos musicales de toda clase, todos con un brillo especial y singular. Sirva esto de prólogo, como para romper el hielo de nuestros cráneos y sumergirme nuevamente en las heladas aguas árticas de este choro mareador, autobiográfico y confesional, con el asunto que por el momento realmente me ocupa: Los Discos Mágicos, de hechizos musicales, nocturnos o solares, en la colección de álbumes clásicos y perdidos, en esta, la Casa que Canta, el hogar de mi padre, el gran escritor, don José Agustín. Es un viejo proyecto, aprobado por el mismo, el cual ahora me propongo enfrentar, así sea lo último que escuchen de mí, así me tome toda una vida navegando, explorando y naufragando en el Mar de Música.
            Empieza aquí, o desde los capítulos anteriores, del Memorial de nuestra Amnesia, escrito por entregas periódicas en este Blog en honor de José Agustín, y se desenrolla ahora hacia el infinito en estos otros textos que he decidido nombrar, simplemente, así: Mar de música, un lugar muy líquido y sin límites, el cual, sin embargo, me propongo redactar y diseñar, como un mapa cartográfico de las armonías, letras y ritmos que me han forjado, de la mano de mi jefe; Como bajo las alas de un dragón, o de pie sobre los hombros de un gigante; Aquí su seguro servidor, el más pequeño de los tres, un cochinito muy lindo y cortés, tan minúsculo como un pulgar, y sin embargo, me embarco en un viaje sin retorno en el cual pretendo abarcar este amor por todas las canciones y sus autores, tal como lo hacían las antiguas exploraciones, que buscaban descubrir los contornos de la Tierra y los océanos, pero en este territorio imaginario, interior: Es la geografía de las ondas sonoras, así como se han abierto paso en los laberintos de las arterias, hasta el cerebro, transformándonos para siempre, este viejo pergamino computarizado busca ser un mapa de ruta para onironautas y melomaniacos, un Atlas de las melodías que guían el espíritu de mi padre y nuestra hermandad, hoy tan menguante, como mi capitán en esta nave de locos, tan familiar.
            Aquí lo iré confesando todo, en este blog de José Agustín, el lugar donde lentamente, me doy chance de convertirme en un escritor, como mi padre lo fue alguna vez, como lo será siempre en sus grandes obras.
            Pues bien, de vuelta en el puerto, zarpamos hacia un viaje en el tiempo y el espacio, de manera alfabética, pues mi papá siempre fue muy obsesivo con el lenguaje, y tenía todos sus libros, acetatos, cassettes, videos, dvd’s y discos compactos en el riguroso orden del abecedario, o a veces temático, o por países, pero nada escapaba a su ordenamiento de las ideas escritas, filmadas, cantadas u orquestadas, en su vasta colección de artes. Casi se podría decir que tenía una faceta de bibliotecario obsesivo compulsivo. Era un ordenador multifacético, siempre abierto al tiempo y el mundo. Pero como prometí en algún capítulo anterior, hoy partimos en la búsqueda de las creaturas más absurdas, los monstruos más misteriosos, en este océano de música antigua y casi desconocida, para los oídos del hombre o la mujer moderna. Son sus rolas favoritas, de entre el rock más bizarro de la era jipiosa, los viejos sixties, pero en sus regiones más remotas. Voy por los fenómenos del rock & roll psicodélico, o simplemente muy drogado; Son los personajes secundarios, los retadores, viejos jipis y grandes perdedores, opacados por las grandes bandas, por todos bien conocidas.
Algunas de estas agrupaciones, sin embargo, eran bastante buenas, y se convirtieron en las favoritas de mi jefe, especialmente en su juventud más lisérgica, pero también durante los primeros años después de su accidente en Puebla, cuando revisitó todas estas bandas como si de viejos amigos se tratara, camaradas que no pueden dejar de visitarse al menos una vez, antes de realizar el viejo acto del desvanecimiento, la desaparición de esta Tierra tan maravillosa pero tan cruel. Quizás este gusto tan extravagante se manifestó en José Agustín simplemente porque era un amante de lo subterráneo, y estás bandas fueron las más underground de sus tiempos, pero también las de su juventud, las que lo marcaron como hombre y artista. De modo que las escuchaba constantemente, desde que yo era niño, y continuó oyéndolas a través de los años, conforme los medios electrónicos para escuchar la música cambiaban, al ritmo caprichoso de la tecnología sonora; Hasta que los oyó por última vez por su propio gusto, después de La Gran Caída, todavía le alcanzó la voluntad para ir hasta su estéreo, sacar los discos compactos favoritos de sus respectivos lugares alfabetizados, y de sus risibles cajas de plástico, para después oírlos en un festín pagano sin mayores expectativas místicas. Después, más tarde, los volvío a guardar en sus respectivos lugares, pero esta vez yo estaba pendiente de qué habíamos escuchado, y de cuales le gustaban más y porqué, pues comprendí que era mi última lección en la Escuela del Rocanrol. Puse atención a sus gustos musicales más privados y excéntricos, asumiendo que pronto sería yo quién tendría en poner esos discos en el estéreo de la Casa que Canta, para no dejar morir este jardín de canciones olvidadas; Esto es, si queremos que aún se escuchen, y que sus antiguos espíritus jipis se alegren, pues algunos aún los recordamos en el mundo de los vivos; Para lograr así, como sólo logramos con la poesía y la música, que mi padre se alegre otra vez, en su reclusión voluntaria en esta Casa del Eterno Atardecer, pues hace ya mucho que él no se levanta para poner un disco, pero celebra que lo lleve a rocanrolear alrededor del reloj, y del mundo, todo sin salir de la casa de todos ustedes. Pero en sus buenos tiempos, jamás lo olvidaré, él se lanzaba como un cazador intrépido, y regresando de sus viajes, se retiraba la escafandra o el casco de astronauta, y exhibía sus discos nuevos/viejos, como trofeos de su pesca en aguas oscuras, cósmicas, abismales.
Ya entrados en este tema, pasemos a la letra A, hacia Los Animals, donde hallé la primera pista relacionada con este asunto, allí donde hace su aparición triunfal Eric Burdon & the Animals, de quienes mi jefe tiene todos sus discos, también, desde luego. Sus primeros éxitos son muy populares y bien conocidos, como La Casa del Sol Naciente, y por cierto (flashback pacheco), yo siempre relacioné nuestra propia casa, con esa clásica versión de Los Animales, sobre ese viejo blues. En parte por lo solar de Cuautla, donde creo que Van Gogh hubiera pintado feliz, pero también porque la letra de esa rola claramente advertía de no perderse, como quizás ya lo había hecho mi padre antes de mí, en cierta casa embrujada dentro de los laberintos de la mente, un prostíbulo astral, un templo maldito de la decadencia y la perdición, aderezada con violencia, drogas y sexo… Un lugar donde rostizar tu alma y perderla para siempre, La Casa del Sol Naciente.        
 Poco después, Eric, con todos sus Animales, lanzó sus álbumes más arriesgados, posteriores al consumo de alucinógenos, que fueron menos escuchados y comprendidos, pues eran sumamente extraños, ya que estaban empeñados en recrear las atmósferas inducidas por los enteógenos, como muchas otras bandas pachukas de sus tiempos. Esto me lleva a uno de sus trabajos más misteriosos y chingones, lleno de canciones muy bellas, ácidas reflexiones y atmósferas plenas de alucinaciones y demás mariguanadas, diría yo… Se trata del álbum: The twain shall meet (1968), del cual mi padre extrajo un par de rolas particularmente surrealistas: “Just the thought” y la épica/fantasmagórica “We love you Lil”, mismas que incluyó en una de sus antologías más audaces y tripeadas, donde mi papá trató de reunir sus piezas de mayor elevación y altitud lisérgica… Como para sentir el efecto del ácido, pensé yo, pero sin sus posibles reacciones secundarias, efectos colaterales y riesgos de traumas psicológicos… Pero no: eran para escucharse durante el consumo de hongos, ácidos, o peyote, vaya usted a saber con qué substancias mi padre se iba de viaje a otros mundos, otros tiempos, habitando otros cuerpos, dimensiones y Universos alternativos, cerrando los ojos y desapareciendo en la noche. Pero siempre volvía, sin importar cuan lejanos sus fueran sus objetivos y ambiciones artísticas.
Así puex, algunas de esas bandas, sus más predilectas y prendidas, las recolectó en esa antología, en un audio cassette, al que no le escribió nada, ni un título ni el listado de canciones, cuando siempre lo hacía, con su letra tan pequeña y manuscrita, pero tratando de que fuera legible, cosa rara en él. Siempre redactaba el riguroso orden de las rolas, donde la antología dejaba registro de su estructura, pero no esta vez, esta cinta estaba forrada simplemente de papel bond: Era La cinta Blanca, según él, muy maestro Zen, como en honor a uno de los mejores y más maduros discos de los Beatles: The White álbum. Recientemente la encontré entre sus viejos tesoros, y escucharla fue una inmersión en el pasado remoto de mi infancia, que a la par fue el fin de la juventud y el inicio de la madurez de mi Pater.
En esa Cinta Blanca había muchas rolas de Pink Floyd, también, pero de las más recónditas, salidas del Ummagumma (1969), o el Atom heart mother (1970), o el Meddle (1971), y el Obscured by clouds (1972), intercaladas aquí y allá en la trama, como sueños recurrentes. Después, había una delirante de Alvin Lee y sus Ten Years After, llamada “Standing at the Station”, que realmente era una especie de inmersión directo a las profundidades de la psique. Después venía la Steve Miller Band, con su “In my first mind”, otro trip súper viajado, que parecía sobrevolar planetas fantásticos. Seguían bandas perdidas cual antiguas culturas de la Atlántida, como los Fugs, con sus violines enloquecidos, o Country Joe & the fish, creo (la verdad esa cinta es un acertijo tras otro, y a veces mi padre recuerda que grupos suenan, pero a veces, ya no).
Entre tantas apariciones, aparentemente sin lógica o sentido, de deliberada sinrazón, también había varias visitas a una banda casi desconocida, de corte muy futurista, como de ciencia ficción sonora, llamada los Hawklords, con piezas como “Free Fall”, “25 Years” o la sombría: “Only the dead dreams of the cold war kid”.
Recientemente, les comentaba, hice sonar La Cinta Blanca en el tocacintas, para ver si él aun recordaba a las bandas que por allí desfilan, como en bazar de asombros y curiosidades fantasmagóricas, y me iluminó sobre esos misterios en su mayor parte, mientras su rostro se enciende y comienza a corear las canciones como si su memoria estuviera aún en plenas funciones, respondiendo correctamente un 80 % digamos, creo, pero hay que tomar en cuenta que diseñó esa cinta, en primer lugar, para acompañar sus últimos viajes de LSD en Cuautla, cuando yo y mis hermanos éramos solo unos escuincles… La Cinta Blanca se escucha ya a punto de tronar, como si estuviera apretada, dando sus últimos estertores musicales, pronto será imposible reproducirla de nuevo, y si mis hermanos no me ayudan, varias de la canciones allí grabadas permanecerán sin nombre, desconocidas para el mundo, y su canto dejará de oírse, sus advertencias contra el capitalismo menguando, mientras el mundo se despeña en el caos creado por esas políticas inhumanas.
Vanilla fudge, Love, The new Riders of the Purple sage, Earth Opera, The Family, Mott the hopple, o Fever Tree, fueron otros de estos vetustos jipis favoritos de mi padre, que primero tuvo en acetatos y después en compactos, consiguiéndolos con mucho trabajo de explorador, en sus viajes a E.U. y las Europas, revisando los rincones de las mejores tiendas de discos, pues ya para entonces eran prácticamente desconocidos. Pero sin embargo, en su juventud, cuando produjeron esos álbumes tan inspirados, se hallaban tan prendidos con ese anhelo de vivir y cambiar el mundo, como sus compañeros más exitosos: The Who, The Byrds, los Beatles, Led Zeppelin o los Doors, Janis, y Hendrix, así también, todos estos hombres y mujeres, rockeros intensos y talentosos, pero poco apreciados, fueron la sangre, el corazón y la mente de aquellas bandas, respetables pero fugaces, del rock psicodélico, en la década de los años sesenta, con toda su voluntad de cambiar el rumbo de una humanidad decadente, y rescatar al sueño americano de su pesadilla, desde entonces inminente, para las almas despiertas.
Ya en la letra B, me encuentro rápidamente con el concierto The Lats Waltz, de The Band, una agrupación que, efectivamente, tuvo el decoro de esfumarse tras ese único concierto de despedida, plagado de celebriedades y presentaciones asombrosas, como el legendario Muddy Waters, patriarca del blues, en su última gran presentación en vivo grabada fielmente; Aparecen también Neil Young, Van Morrison, Dylan y un largo etcétera… Este gran evento, como antes Woodstock, el Monterrey Pop Festival, y más tarde Live Aid, se convirtieron en visitas recurrentes, en nuestras sesiones de conciertos a todos volumen, en la sala de nuestra casa, cuando escucharlos en video casetes se volvió posible, y más tarde en dvd’s, pasando por los fracasados discos láser, cuyo parentesco visual con ambos acetatos y compactos los hacía un objeto de belleza incomparable, con el brillo de un espejo dorado, combinado con el tamaño y arte de un LP: un lujo perdido en el tiempo, como la calidad audiovisual de los blu rays…  Al tecno basurero de la historia.
Por aquí en el lado B, el plan Beta, de beat, me encuentro también con los Buitres, quiero decir los Beatles, siempre revoloteando, como espíritus benévolos, sobre este proyecto de novela autobiográfica, que parte de El Memorial de nuestra Amnesia, y ahora se ha convertido en un Mar de Música, donde se me siguen apareciendo los cuatro fantásticos de Liverpool, pues obviamente, tenemos todos sus discos, sin llegar a grados fanáticos. Pero entre ellos encuentro una rareza de tiempos inmemoriales, que si se escucha ni parecen los famosos Beatles, al principio, y me refiero a un disco que se presenta como The Early Tapes of The Beatles, o Tony Sheridan and The Beat Brothers, que no es otra cosa que sus grabaciones como grupo de acompañamiento para ese tal Sheridan. Aunque en algunas de las piezas incluidas canta John Lennon, alguna otra la escribieron juntos John y George (“Cry for a shadow”), así como en “My Bonnie”, los gritos de Paul se escuchan claramente en los coros del fondo; Estas grabaciones añejas y casi clandestinas, fueron las que llamaron la atención de Brian Epstein, quién pronto los convocaría a grabar su propia música. Esto es lo más fan que mi jefe puede llegar a ser de los Beatles, aunque recuerdo que su gesto era más bien de decepción, al escuchar los resultados de su hallazgo.
Pero para mí, esta Cinta Blanca, en su viejo casete, que se está borrando lentamente, me recuerda un pequeño ritual que yo solía hacer siendo todavía un niño, o chance ya un adolescente precoz, en las noches sonámbulas, cuando todos dormían o estaban ausentes, me escuchaba el White Álbum de los Beatles completito, con unos audífonos más grandes que mí cabeza. Esto fue ya con un par de discos compactos que yo mero encontré en un supermercado, hurgando, junto a mi padre, en una pila de aparente basura musical. Colocaba los discos solares en el estéreo, con la cara reflejante boca abajo, y los dejaba irradiar su magia, cruzando así, a través de los espejos prismáticos, hasta fundirme en el rayo láser que leía y descifraba esas arcanas melodías. Los escuchaba de principio a fin, escapando de mi mente y del planeta, contaminado y gris, buceando hacia paisajes sonoros de un mundo mejor.
Para estas alturas, en esta coordenada perdida entre el tiempo y el espacio, en las aguas oscuras y luminosas del Mar de Música, el viaje auditivo ya me había sumergido en mi propio suministro de substancias neuronales enervantes, propias de quienes amamos la música hasta los tuétanos: Dopaminas y demás químicos naturales que recorren el cerebro, dejando los surcos luminosos/eléctricos de las melodías nuevas, entrañables, pequeños fuegos inolvidables. Lo mismo pasaba, en toda la familia creo, cuando escuchábamos las sinfonías, adagios o sonatas de Beethoven, Mahler, Jaschaturian, o el maestro Schubert: Su magia abría senderos en mi mente, hasta entonces desconocidos, y expandía mis horizontes, derribando fronteras o limitaciones, y me permitía atisbar a través de la cerradura de Las Puertas del Infinito, hacia los confines más exóticos y fantásticos del espíritu humano. Y eso que aún faltaban muchos años para que yo probara cualquier tipo de alucinógeno, pero me desprendía de mi cuerpo, escuchando esas canciones tan enigmáticas, con la simple música y la presencia de mi padre disfrutándola en silencio, fumando cigarros sin filtro, o quizás contándonos un cuento maravilloso, tal vez en su recámara, meditando en flor de loto, con un mandala coloreado por el mismo (con “prismacolors”), o haciendo Yoga mientras nosotros jugábamos, entrando y saliendo de la casa y hacia la noche, como luciérnagas intoxicadas con la luz y la oscuridad.
Pero si desean saber que más escuchaba mi padre, para recordar sus viajes sicodélicos, como las rolas que grabó en esa cinta sin nombre, y más artefactos y criaturas musicales/fantásticas, tendrán que esperar a que zarpe nuevamente esta nave de locos, con rumbo desconocido hacia un Mar de Música sin fin, en el próximo capítulo. Pero por ahora, me temo que es: “¡Tierra a la vista!, hermanos marinebrios, y hermanas navegantes, ¡Hasta la próxima!