miércoles, 24 de julio de 2019







CARTA A ROBERT ZIMMERMAN

(CON COPIA PARA MI JEFE)


            Con todo respeto, capitán, no pienso a esperar a que alguno de nosotros pase a mejor vida, para decirte todo lo que pienso de ti, o de usted, disculpe, pues incluso ya se le otorgó un respetable premio Nobel y a mí ni me conoce, así que me presento: me llamo José Agustín Ramírez, y vivo en algún lugar de la república mexicana, que se halla por ahí perdida, en un rincón de nuestra propia dimensión desconocida. Dicho esto, aclaro que yo, como todos sus admiradores de corazón, me imagino, casi siento que lo conozco, maese Bob, o would you prefer mr. Dylan?, anyway, como le decía, soy uno más de los miles de simpatizantes y adictos a su música, alrededor del globo, y como todo aquel que se diga conocedor su obra, he escuchado el rodar de su rocanrolera vida, plasmada en sus canciones, cual gambusino enfebrecido en busca del oro sagrado. Y, como mi padre, pongo especial atención en sus letras, sin que eso me impida de degustar sus multifacéticas melodías.
            Déjeme decirle que he escuchado su amplio repertorio musical desde que era niño, desde siempre, le aclaro, esto gracias a la devoción que le profesa mi padre, y sí, ha oído usted bien, devoción es la palabra que viene a mi mente cuando pienso en mi jefe escuchándolo, y me refiero a don José Agustín, laureado escritor de la banda gruexa, celebriedad nacional, que a lo mejor usted no conoce pues no está traducido al inglés, pero le aseguro que también es un escritor muy perrón, y quizá hubiesen sido buenos amigos de haberse conocido, supongo, pues compartían tantos puntos de vista literarios, filosóficos y musicales; pero de la forma en que rodó la rueda de la fortuna, y se repartieron las cartas del karma en este mundo matraka, a mi padre, a mí y otros tantos miles, nos tocó ser simplemente sus devotos seguidores.



Como le decía, entonces, mi jefe es uno de sus más fieles y antiguos admiradores mexicas, de hecho casi como un discípulo, un divulgador de tus palabras, traductor asiduo de sus canciones, en toda clase de periódicos y revistas. Y yo, su tercer vástago, el más enano de los tres, he tratado de seguir sus pasos, impresos en la arena de las playas acapulqueñas, pues nací con la semilla de las armonías fuertemente arraigada a mi espíritu, tan hambriento de las bellas artes. Es posible que incluso haya escuchado tu música como terapia prenatal, mi estimado capitán Bob, es decir, como concierto intrauterino, pues me parece muy probable que mis jefes escucharan sus rolas a todo volumen durante mi gestación, desde antes que yo naciera; O por lo menos es seguro que escuché la mejor música desde que estaba aún en el vientre de mi mamá: desde clásico hasta jazz, rock y música popular mexicana o de otras latitudes terrestres y marinas; Y así, puedo imaginarme aún como un cómodo feto en el útero materno, bajo su piel iluminada por el Sol radiante de Cuautla-Mugrelos, y la música de Beethoven llenando como luz ese bendito recinto genético, para mi absoluto asombro, o Duke Ellington o Billie Holiday o Janis Joplin, o Leonard Cohen o bien,  porque no, el maese Bob Dylan, con su voz irónicamente bella a pesar de ser horrenda, quizás la peor del mundo, como de un pato u oveja encabritada y con gripe, todo lo cual no impide degustarla con familiaridad, sin embargo, a cualquiera con las orejas limpias, o que pueda escuchar más allá de lo evidente, hasta descubrir el timbre inconfundible de un guía tan terrenal como espiritual: Así es, capitán, en mi opinión es usted uno de los últimos juglares que bailó y cantó su camino por el mundo, marcando la pauta y ritmo del único y verdadero sendero dorado, by tha way.        
  Y no es que casi-casi lo quiera convertir en santo, sino que en verdad uno puede usar sus incontables canciones como un mapa de ruta para infinidad de coordenadas perdidas en este mundo tan maravilloso y endemoniado, el mapa de un tesoro enterrado en una isla mental, muy profundo en el mar adentro de la sangre, esa sangre que, si usted me permite, nos hermana a todos y por lo tanto, de alguna manera, pues siento como si fuera casi mi pariente, tanto así me ha acompañado en la vida. Y sea pues esta carta un humilde agradecimiento a las mil y una rolas con las que nos ha aclimatado a mí y a la gran familia universal. Nunca nos abandonaste, mi Capi, nos trajiste a buen puerto, desde el principio de mis buenos tiempos, hasta volver a este atribulado e incierto presente, tan volátil, a las puertas de un futuro cercano que, para bien o para mal, todavía compartimos; Al ritmo de las copas y el compás de las olas, en la misma frecuencia del verso único, yo digo, hemos danzado con tu música, y con la marea de esa cosa loca que llamamos “amor”, la savia del Gran espíritu cósmico, ese elixir imaginario, pero no menos embriagante, que causa y cura todos los males, inspira todas las artes ¡y anima nuestra siempre ardiente creatividad!
            ¡0h!, y con aquello de antes de pasar a mejor vida, que puse al principio, no me refiero a que seas un auténtico dinosaurio, prófugo de la extinción, cuyo inminente fin de sus días en la Tierra parece aproximarse velozmente, casi a la vuelta de la esquina, claro que no, munchos añejos más para ud., mi jefe, no faltaba más, si así los desea el maestro; es más, de mi parte, puede ser inmortal si así le place, o si sólo así estará finalmente satisfecho.
Pero bueno bueno, pues de vuelta allá en el pasado, back in 1989, recuerdo mi primer encuentro personal con su música, maestro, tu música puex, ¿puedo hablarte de tú, o de ti, sin aburrirte con mis necedades?, I wonder!... pero no, mejor insisto en el respeto que me impone…Vale, sin más preámbulo, te comento, mi estimado jefe de jefes de la escena rocanrolera internacional, que, como te decía, crecí literaria y literalmente bajo la sombra fresca y generosa de tus rolas, escuchándolas sin falta y con gran curiosidad cada vez que a mi padre le daba la gana, que era muy seguido. ¿Ya te dije que mi jefe es un melómano consagrado (sin albur)?, pues así fue, y recurría constantemente a ti, si bien había, y hay aún, muchísimas opciones en su colección de discos, primero acetatos y luego compactos, que ahora parecen también dirigirse al basurero tecnológico de la nueva era tecno-glacial; y quizá en esta era de internet, con sus miles de canciones gratis (aunque plagadas de comerciales), tener una colección de discos físicamente parece algo absurdo, o inútil, pero en aquellos tiempos bíblicos, la erudición musical de mi padre fue como un oasis al que yo, y muchas otras creaturas fantásticas, me acercaba diariamente, y aquello me proporcionaba un sustento espiritual que dotaba a mi vida de un extraño sentido, apenas palpable, donde música y letras se convertían en luces  y sonidos que guiaban nuestro camino como familia, en la vasta oscuridad del océano de ignorancia e inconciencia imperante.
Dicho esto, el puesto principal, el líder de toda la banda, en la cima de la pirámide roquera, siempre pareció estar reservado para usted, maestro, aún si el asesinato de John Lennon, su único verdadero contrincante, convirtió al ex-Beatle en una deidad indiscutible, que se celebra cada navidad, mientras vos, maese, apenas ha logrado tocar las puertas del cielo, intentando llegar antes de que las cierren. Para muestra, basta un botón: Justo ahora, escucho una versión de Bowie donde interpreta, con harto feelin', tu ya clásica "Trying to get to Heaven", ¿la has escuchado?... ¿Te gustó?
Pero ni el rey Elvis, ni el Dios Clapton, ni el camarada Neil Young, Cat Stevens o Donovan, Mark Knopfler, o Morrison siquiera (Leonard Cohen se cocina aparte), tienen la altura que han alcanzado sus incontables melodías, mi estimadísimo, pues fácilmente, si se les apilara una sobre otra, formarían una escalera tan alta que, con ella, ¡Se podría escalar hasta la Luna, en una sola noche!
            Pero ok, compita, creo que divago, así que mejor me enfoco en mis más arcanos recuerdos, como en el afán de que, quién pudiera leer esto, en algún simple giro del destino, pueda comprender cabalmente como fue que lo conocí, y las razones de la sincera admiración mundial por su trabajo, así como de la hermanad que creció bajo un árbol genealógico gigante, en los ya casi invisibles años que me formaron. Esto como para dar una idea clara de porque se le quiere con ese gusto que sólo generan los más grandes artistas, y de los motivos por los cuales se le escucha con atención, tanto en nuestra pequeña casa musical, donde aún vivo con mis padres, así como en el resto del mundo libre. Pues bien, mi primer contacto personal con una de tus canciones, fue allá de mi paso por la escuela secundaria; Y ciertamente era secundaria para mí en cuanto a mi educación personal, que realmente ocurría en casa, donde desde la primera hora de la mañana, y, previo a que se me arrojara a las fauces de la sociedad antropófaga en que malvivimos, adquirí por algún tiempo el pequeño ritual privado de colocarme unos audífonos, en el estéreo de la sala, aunque con el volumen muy bajito, pues mi padre hibernaba después de escribir como un poseso toda la noche. Escuchaba una rolita muy específica, que debe ser de las primeras que usted escribió, mi Capitán, y que, de sobra está decirle, a mí me pega muy duro cuando la oigo, o que me agarra el sentimiento pues, dirían los mariachis, cuando la vuelvo a escuchar: se trata de “Bob Dylan’s dream”, de tu segundo disco, el Freewhelin’ Bob Dylan (1963), una de tus súper earlys piezas de rock, aun completamente folk, es decir acústica, o rupestre, con la clásica guitarra de palo y la inseparable armónica al cuello. Es una composición añeja y memorable, donde despliegas todos tus precoces dotes de escritor y juglar, con una breve narración autobiográfica, sobre tus primeros amigos desaparecidos y los apresurados viajes que emprendiste siendo muy joven, apenas un escuincle, cuando te fuiste de tu casa a rolar por los caminos y carreteras, a conocer la bella Norte América, una dama cálida que aún abría las piernas de su historia, a todos los viajeros tan intrépidos como para aventurarse a conocerla, en el más puro estilo del On the road de Kerouac, y sus secuaces del buen beat.

            Este texto de hecho, nace de la necesidad de platicarte todo cuanto he sentido oyendo tus rolas, mi capi, y ésta particularmente, tiene mucho jugo mañanero que exprimirle: Como un lagarto que se muerde la cola, volví a escucharla recientemente, esta vez gracias al monstruo inconmensurable de la interred y sus infinitos tentáculos, cuando de pronto apareció una versión del “Sueño de Bob Dylan” en la voz de otro grande intérprete del rocanrol, y me refiero a Brian Ferry, el  ex-cantante de un gran grupo ochentero, llamado Roxy Music, y cuyas versiones de grandes clásicos roqueros lo han hecho, en su carrera como solista, no sólo más célebre, sino más hermano. En su voz tan tersa, la canción cobró vida otra vez dentro de mí, como una fogata hace tiempo apagada, que se enciende sola en un bosque nevado, y me despertó después de muchos años de sonambulismo. Me recordé a mí mismo de niño, oyéndola, y deseando salir a conocer el mundo y vivir aventuras como aquel juglar trashumante, cosa que nunca ocurrió, pero a pesar de todo, no pienso dejar que la llama se apague otra vez.

Además, siendo ya un ruco como usted comprenderá de sobra, finalmente puedo relacionarme con lo dicho en esas arcaicas letras, sobre cómo pasó sus mejores días y noches con jóvenes amigos que después, el tiempo y la distancia hicieron imposible ver de nuevo.
Hay varias versiones en internet, desde luego, cantadas con más dulzura por sus célebres intérpretes de aquella época, como Joan Baez, su novia por aquellos días, o también el trío angelical de Peter, Paul y Mary, quienes junto con los célebres Byrds, o el Greateful Dead, fueron sus discípulos incondicionales. Y yo me pregunto: ¿Aún te acuerdas, maese, de aquel sueño?, seguro que sí, pues te la vives en la buena vida, o, como dicen ustedes los gringos: “livin’ the dream”, right?, y bien merecido te lo tienes.
            El caso es que, escuchando esa rolilla, el joven yo se daba ánimos para salir aquellas frías mañanas, a la maldita escuela secundaria “Cuitlahuac”, nuestra querida fábrica de cuautlenses conformistas, obligatoria y estupidizante, siempre soñando que quizás algún día, yo también escaparía de mi casa, como lo hiciste tú en tu juventud. Tal como narraste en esa pieza, que yo escuchaba, siendo solo un morrillo, en la vieja mansión de mis padres, donde, bajo un magnífico cuadro sobre la muerte del Che Guevara, pintado por mi difunto tío Guti, otro héroe de mi infancia, vuelvo a colocar el disco del Freewilin’ Bob Dylan, y, escuchando tu querida canción, me atrevo a volver a soñar que quizá, algún día, logre escapar de aquí y de mí mismo.           Pero en fin, parece que ahora si voy a cantar, en el lenguaje del bajo mundo, o a confesar todos mis pecados, voy a vomitar mis tripas y a masticarte la oreja, como si fueras un santo de mi devoción pagana, aprovechando que realmente no me escuchas, para platicar, aunque sea de forma escrita, mis recuerdos, sueños y pensamientos, diría el maestro Jung. Usando de pretexto este Mar de Música en el que voluntariamente he naufragado. Así pues, camarada-capitán, descorcha tu ron o prende tu toke, cualquiera que sea tu gusto o tu vicio hoy en día, porque en buena parte, tú nos has guiado a través de este laberinto, a mi padre y a mí, y a incontables otros que comprenden el verdadero valor de tu música en sus vidas, nos has acompañado y marcado el paso por este único sendero dorado, hasta el infierno y de vuelta, hasta las mismas puertas del cielo, nos arrastraste contigo, de las greñas, gritando y pataleando, y al final te lo agradezco… Así es como se refleja tu música, tu voz y tus letras, en las neuronas espejo de todos tus admiradores y simpatizantes, ¡Salud master!   


Pues bien, por aquel entonces, descubrí tus primeras canciones como si recién las hubieras escrito, pues en ese disco también se encuentran clásicas como “Blowin’ in the wind”, o “Don’t think twice, it’s all right”, cuya respectivas versiones de Stevie Wonder (en clave de un góspel muy elevado), Ziggy Marley (revitalizándola con una mezcla de reggae/folk) y Eric Clapton (convirtiendo aquella ruptura amorosa acústica tuya, en un blues de epifanía) supongo que te habrán gustado, (aunque me pregunto si te emocionaron tanto como a mí, es más, siempre me he preguntado si te molesta o te gusta tu voz gangosa, o los que creen cantar mejor que tú tus propias rolas), y yo digo que ningún buen escuchador de tu música debería perderse todas las versiones de tus infinitas melodías, interpretadas por igual número de grupos, solistas y combos improvisados que te rindieron sentidos e inspirados homenajes, en los numerosos discos tributo que se te han dedicado, como el homenaje por tus cincuenta abriles, o el Chimes of freedom organizado por Amnistía internacional, o el  blusero This aint no tribute, pasando por el excelente soundtrack de la no tan lograda película I’m not there… la lista de artistas famosos y desconocidos que retoman tu obra en estas grabaciones, es asombrosa, así como la incontable la cantidad de otros músicos que, a lo largo y ancho de la historia del rockanrol, le han hecho los honores a alguna de tus obras. Y sin embargo, voy a hacer un breve recuento aquí de esas alquímicas colaboraciones, abarcando tan solo una muestra de los cuatro discos de Chimes of freedom: The songs of Bob Dylan, donde destacan, para mí gusto: “One too many Mornings”, con Johnny Cash, “The Drifters escape”, con Patti Smith, Tom Morrello con el homenaje a “Blind Willie McTell”, después “Love Sick” con el Mariachi el Bronx, Sting con “Girl from the north country”, los Queens of the Stone age con “Outlaw blues”, o hasta la Miley Cyrus con “You’re gonna make me lonesome when you go”, y la fresota de Adele, con “To make you feel my love”, y una insólita Ximena Sariñana con “I want you”, y también el ya veterano Elvis Costello con su “Licence to kill”, “Buckets of rain” a cargo de los Fistful of Mercy, la banda donde se combinaron Ben Harper y Dani Harrison, el hijo clonado del Beatle George. Sinnead O’Connor con “Property of Jesus”, e incluso el Cuarteto Kronos hace su aparición con “Don’t think twice, it’s all right”, los duetos chidos como Taj Mahal y el Phantom blues band, interpretando “Bob Dylan’s 115th dream”, o Jeff Beck y Seal, con “Like a Rolling stone”, “All along the watch tower”, a cargo de la Dave Matews Band (un clásico que, entre otros, se han rifado Jimi Hendrix, Neil Young, U2, y Pearl Jam); Siguen “Trying to get to heaven”, con Lucinda Williams, y hasta los veteranos Eric Burdon y Mariane Faithfull, con “You got to serve somebody” y “Baby let me follow you down”, entre muchos otros menos conocidos, pero todos con excelentes versiones de algunas de sus mejores canciones, capitán Bob.

Pero definir cuales son esas “mejores canciones”, sería una tarea titánica, como se puede ver en el monumental tomo de sus canciones completas, maese Dylan, que fueron obligatoriamente reunidas en un solo libro, y traducidas a cientos de idiomas, en un alarde olímpico-enciclopédico; Todo esto poco después de ser usted condecorado con el máximo galardón del universo literario, el premio Nobel de letras, ni más ni menos, ante el asombro incrédulo, el pasmo paralizante de la comunidad internacional, que se rendía ante esta biblia de melodías reunidas, en un solo mamotreto que bien puede servir para matar a alguien si se le deja caer en la cabeza con fuerza, pero también puede enriquecer una mente si se le aprecia debidamente, escuchando sus mil y un rolas, my dear míster Zimmerman, mientras se descubren sus letras como una cascada de poesía y literatura ocultas entre las rimas y la voz de, si usted me disculpa, un cordero con gripa que va directo al matadero. Las traducciones a veces dejan mucho que desear, lamento informarte, y me refiero a la edición en castellano, que según me entero, fue publicada en un ardid temerario de la polémica editorial Malpaso, en una subasta subida de tono vs. Penguin Random House y editorial Planeta, las dos mayores empresas del ramo en México, y que implicó el desembolso de una cantidad estrafalaria de dinero, para comprar los derechos de reproducción, en nuestra nación de antiguos aztecas. Esta edición, sin embargo, hecha a todo lujo, es la única que existe en español, y fue esa misma, en su pasta dura, la que le regalé a mi padre en la navidad pasada, la del 2018. Aunque él no necesita que se las traduzcan, siempre se quejó de que ningún álbum tuyo, incluía las letras de tus rucanrolas, Y se lo regalé independientemente de si lo leerá religiosamente, mientras escuchamos esas queridas melodías tuyas, pero a veces sí, busco una canción en específico, el disco correspondiente en nuestra colección casi completa de tu obra, entre los eclécticos discos de José Agustín, y te escuchamos como quién persigue las huellas de un maestro, entre la nieve y las cenizas de un mundo ya casi olvidado.
Hoy en día, sé que tienes 78 años, recién cumplidos el 24 de mayo pasado, mientras que mi padre cumplirá 75 en agosto 19, de este año en curso. Pero lamentablemente, la carrera de José Agustín se detuvo abruptamente en el 2009, tras un fatídico accidente en un teatro de Puebla. Por tu parte, sé que continúas imparable mientras tanto, dando giras por los E.U. y etc., entre cuyas presentaciones me tocó el honor de asistir a tu última visita a México, un concierto excelente, a pesar de haber sido en el aberrante foro del Pepsi Center. Recuerdo haberme tomado dos caguamas (además de unos tokes), para poder pararme, como improvisados zancos, sobre los duros vasos de plástico en los que las vendían, a precios de oro líquido, y recargado junto a un pilar, pude apreciar el concierto, en ese ridículo recinto, sin el más mínimo desnivel de un digno anfiteatro, cosa que arruina la experiencia para un pitufo como yo. Pero te fui a ver, y el playlist fue ideal para mí, y aunque iba solo como casi siempre voy a todas partes, fue un momento glorioso, con un set de rolas nuevas y viejas en versiones justas e inspiradas, memorable, digno de ti, como el maestro de tantos miles de iconoclastas y demás compositores alrededor del mundo. Mi papá no fue músico, te platico, pero su estilo y obra siempre estuvieron influenciados, principalmente, por el rocanrol, siendo usted, míster Dylan su carta fuerte, su mero gallo, su mentor y guía en la vida, un auténtico héroe del rock & roll, si nos atenemos a tus cientos de piezas escritas e interpretadas como solista, más discos de los que se puedan contar, cambios de estilo y transformaciones drásticas, como su conversión a la guitarra eléctrica o al cristianismo, decisiones ambas que le costaron un alud de críticas en su momento. Por cierto, mi propio padre también trató de convertirse a la palabra de Cristo, al salir de la cárcel, de la mano de mi madre, tanto que nombró a su segundo hijo Jesús y se propuso, o al menos le prometió a mi mamá, que dejaría la mota y el alcohol, tal como lo hicieron Dylan, Lou Reed, Harrison y Clapton, por ejemplo, quienes trataron de “cortarle por lo sano”, es decir dejar las drogas (con sus respectivas recaídas y liberaciones), versus Lennon, Clapton y los Rolling, más atados al lado oscuro de los sixties, que llevaron sus exploraciones más lejos en las profundidades abismales, y tardarían un poco más en reconocer la posibilidad de alejarse de sus adicciones; El caso más reciente, míster Keith Richards, que el año pasado comenzó a ponderar si debía dejar el tabaco, cosa que no le resultó nada fácil. Pero en el lado luminoso de la calle, por donde mi papá te siguió a regañadientes, máster, dejaste muchas muestras de tu transformación cristiana, especialmente el disco Slow train comming, territorios inexplorados para usted, como judío folklórico, más aún para mi padre como el rebelde e irreverente que era, o es. En su prolífica carrera, usted retornó continuamente a los temas religiosos, no lo podrá negar, pero con el tiempo se sacudió cualquier influencia y llevó sus propuestas musicales más allá que ningún otro compositor en el medio del rock, country, blues y su muy particular mezcla de todo ello, que semeja un whisky seco y ponedor, añejado por siglos en guitarras de roble… Por cierto, ¿no me invita un trago de su propio bootleg moonshine?
Pero neta, jefazo, usté es, sin discusión, quién siempre se mantuvo a la cabeza, por encima del nivel del Mar de Música, y mi jefe fue uno de sus principales promotores, como si de un fiel discípulo se tratara, difundiendo tus armonías y palabras al parecer interminables. Dudo que muchas personas hayan sentido un placer y regocijo tan contundentes como mi padre, cuando escuchó que le otorgaban el premio Nobel de literatura, en octubre 13 del 2016: Casi brillaba de gusto, mi papá, pero usted no tanto, creo, pues ni siquiera fue a recibirlo, ¿qué onda con eso?, ¡salud maestro!, ¡ja ja, mandó a la pobre Patti Smith, que hizo el ridículo más grande de su historia!, Fue como si dos mundos completamente ajenos colisionaran: la pompa y circunstancia de la realeza europea, contra los representantes de la una vetusta contracultura, la perversión de una pesadilla hecha realidad, una absoluta contradicción, el matrimonio fugaz e impuro de algo que alguna vez llamaron rock “punk”, y “hippie”, con los benévolos y decadentes príncipes y reyes de antaño. Y de postre, el premio Nobel de literatura mismo llegó a un alto un año después, tras sólo una premiación más, y aún se encuentra en una funesta crisis, a raíz de las acusaciones de abusos sexuales entre los miembros de la academia sueca… que momento tan bochornoso, para el Nobel de literatura y para usted, el gran juglar del rocanrol, que, eso sí, buen judío, no dudó en aceptar una buena suma de billetes que acompañan el prestigioso premio. Bien merecido se lo tiene y eso y más poder te deseamos. Es como dijo Leonard Cohen, el otro más grande cantautor del rocanrol, cuando se le cuestionó en entrevista, sobre la decisión final de darte el Nobel: “Es como pretender colgarle una medalla al Everest por ser tan alto”. Salud, maestro.
Aunque recientemente tus discos con la temática de Frank Sinatra me dejaron perplejo, por favor no te enojes, y reconocí que, en mi canija opinión, finalmente estabas chocheando, así como esa colección de canciones navideñas con tu voz, que realmente me pareció bastante jocosa, como los villancicos de un chivo malherido-garganta de lata, ¡juar juar!, no te pases de lanza, mi Ol’Skiper.  Esos fueron algunos de los últimos discos que mi padre y yo escuchamos juntos, adquiridos algunos ya a través de internet o en las moribundas secciones de discos de las tiendas departamentales. Poco después vino la caída de mi papá, y ya no lograría fabricar buenos recuerdos, debido a la amnesia de lo reciente y una creciente hidrocefalia, y llegaría increíblemente su silencio literario, y decaería su interés por la música nueva, pues le es muy difícil de retener en la memoria. Pero alcanzó a percibir su renacimiento desde el Time out of mind (1997), y esa racha de buenos discos que le duró dos o tres más y le valió su coronación como un artista maduro, con un tercer aire que se comparó con sus mejores tiempos. Desde los primeros con la onda folk/rupestre, armado solo con su guitarra de palo y la armónica, pasando por los catárticos años eléctricos del Blood on the tracks, que marcó la ruptura de su gran fracaso amoroso, y el inicio de su conversión mental definitiva, allá por 1975, el año en que, para que lo sepa, también nací yo, y vine a dar guerra a este mundo maravilloso y cruel.


De esas fechas también, en los lejanos años setenta, es también otro de los últimos discos que mi father mandó pedir por ese monstruo del Amazon, fue uno en vivo, que recopila  la gira Rolling Thunder Revue, con la que, por aquellos días, emprendiste un recorrido por los E.U. nuevamente, pero esta vez ya no como un joven vagabundo, sino como un trovador trashumante y líder de una banda de artistas inadaptados, un asombroso circo de fenómenos; Y ya me enteré que es sobre esa serie de eventos insólitos, que el gran Martin Scorsese ha desarrollado para Netflix su más reciente documental sobre usted, maestro, capitán Bob, míster Dylan, mis respetos jefe (de los cuales recordamos otros excelentes, como el primero sobre usted, No direction home (2005), y pues supongo que ya vio el Living in the material world (2011) sobre el Harrison, y los de recopilación de cine italiano, I’ll mio viaggio in Italia (1999).) Salud por todo eso, maextro.

Y ya hablando de viajes sin retorno, si me permites, me gustaría platicarte mi propio “Bob Dylan‘s Dream”, a ver si tú lo recuerdas como yo; Déjame llevarte a pasear nuevamente por el fantástico y aterrador mundo de mis sueños, por si no te acuerdas de nuestro encuentro por allí, donde todo es posible… Incluso que, una buena noche, mientras me hundía en los brazos de Morfeo, desprevenido por completo de lo que me esperaba al cerrar los ojos y quedarme profundamente dormido (e imagínese usted mi sorpresa, por favor, si es tan amable, estimado Maestro) cuando me encontré a la mitad de un camino boscoso, vagando sobre una modesta carretera, entre la neblina que ocultaba cualquier rastro del sol y con cierto frío. Caminaba sin rumbo en medio de este escenario creado por el teatro de mis sueños, cuando de pronto, un gran auto antiguo, de lujo, negro y brillante, pasó por el camino junto a mí y al verme se detuvo. Los vidrios estaban polarizados y nadie dijo nada, pero se abrió la puerta trasera de esta limusina, o sería por lo menos un larguísimo Cadillac negro. No teniendo mejor opción, abordé la nave y me encontré en un elegante interior de piel roja, cálido y suave como el terciopelo. Una vez allí, una voz distorsionada por algún interfón, me indicó que me pusiera cómodo, y si así lo deseaba, hiciera uso, libremente, de una cava repleta de alcohol de lo más fino, que contenía también cajas de puros cubanos y cigarros de todas formas, substancias y sabores. La voz del interfón era irreconocible, pero algo en su timbre se me hizo muy familiar… ¿No te suena, aún no me recuerdas? Permíteme que continúe entonces con mi relato, si no tienes nada mejor que hacer que leerme, mientras bebemos de tu nueva marca de Whisky.
Al principio, relaciono este sueño, inconscientemente, con un antiguo recuerdo, de unos viejos amigos criminales, que, siendo yo solo un joven adolescente, pasaron por mí a las puertas de esta casa, y me llevaron de paseo a fumar mota con ellos, antes de que se dirigieran a cometer un asesinato, o al menos a intentarlo, no sé, pero uno de ellos sigue en la cárcel, pues allí se siente más en su hogar, el otro se cataloga como “paradero desconocido”. En la parte trasera del auto, había una pistola Magnum y un revolver Smith  & Wesson de acero puro y gris, y se sentía como auténtico metal pesado en mis manos; y recuerdo que me pidieron que les forjara algunos churros de yerba, sentado a mis anchas  en el asiento de atrás, mientras ellos planeaban su crimen.
Pero perdóneme, jefe, porque divago: De vuelta en mi sueño, el auto avanza por la carretera a gran velocidad y de pronto, cuando se hace de noche, entra en una típica ciudad gringa, con sus rascacielos, sus autopistas y boulevards; Y yo con mi trago y cigarro en la mano, como un Cantinflas en casa de Pardavé, me refocilo en los asientos de piel, mientras disfruto del paisaje citadino nocturno gabacho-americano, hasta que comienzo a preguntarme quienes son mis benefactores. Escucho que ríen, platican, gritan y beben, brindan ruidosamente con copas de cristal y el humo de sus puros se cuela por rendijas de las ventanas polarizadas, las mismas que me impiden ver quienes son el conductor y su copiloto, de este vehículo negro y brillante, que pese a su gran tamaño, se mueve entre el tráfico de la noche con fluidez y pericia, da vueltas como un auto de carreras y cada vez acelera más, ignorando semáforos rojos y policías de tránsito pidiéndonos que bajemos la velocidad, que no nos persiguen, pero emiten sonidos con sus sirenas de advertencia. El Cadillac fabuloso, sin embargo, sigue su camino a través de puentes estilo Nueva York, y cruza por barrios bajos rodando frenéticamente, levantando el polvo o estallando en los charcos de lluvia, hasta que comienzo a preocuparme y ninguna cantidad de alcohol es suficiente para calmarme, ni la mota ni las pastas ayudan, y aumenta delirantemente mi curiosidad por conocer la identidad de quienes ahora, parecen ser más bien mis secuestradores, que quienes me habían rescatado del frío bosque.  Así que me acerco a la ventana cerrada, y les toco el vidrio negro pidiendo que bajen la ventanilla y se muestren, se revelen, y descubran sus personajes misteriosos… Pero siguieron ocultos detrás de las carcajadas que les produjo mi petición, que poco a poco se tornaba en súplica, cuando el auto giró como un reptil en la noche, e ingresó en sentido contrario por una avenida repleta de automóviles fluyendo en dirección inversa. Dándome cuenta del peligro enorme en que nos hallábamos, les grité que quienes eran, que pretendían, que quieren de mí, que me dejaran bajar, pero todo eso solo parecía divertir más a mis pilotos anónimos, en su carrera contra el destino. Los carros en sentido contrario pitaban con sus cláxones y nos gritaban furiosos, toda clase de insultos y maldiciones, nos lanzaban objetos contundentes contra la carrocería y ventanillas, pero el Cadillac negro no se amedrenta, y continuó en contraflujo a todo lo que da el acelerador, olvidándose completamente del freno y esquivando la embestida de los autos enemigos escasamente, por milímetros, o de plano rozándolos y colisionando fugazmente, pero nada lo detenía, corría lanzando chispas al frotarse ligeramente contra la lámina de los otros pobres diablos, muertos de pánico, que desafortunadamente se cruzaban en nuestro camino. Y cuando estaba a punto de rezar, tras checar que las puertas estaban bien cerradas y no tenía escapatoria, más que a través del triunfo descabellado del conductor sobre sus improvisados e inadvertidos adversarios, la ventana que me separaba de la cabina se abrió, y ambos, los dos bromistas del camino, los retadores del peligro, se descubrieron, de entre las sombras y el humo, como quienes realmente eran. Con un silencio sincronizado se giraron para mirarme y estallaron en risas, al notar mi rostro pálido de pánico, tragando saliva ácida, y me sonrieron con camaradería, aún en contrasentido, ignorando ahora sí por completo el volante, pues el auto parecía manejarse solo. Y entonces, me palmearon las rodillas con fuerza, mirándome con gusto, como si me conocieran de siempre, y me hubieran jugado tan sólo una broma pesada. Una broma que aún no termina, por cierto, pues cuando me doy cuenta, con absoluta sorpresa, de quiénes son, el hábil piloto y su irreverente acompañante, el par de locos que me eligieron para cruzar la ciudad esa noche a contra corriente, una alegría narcótica me desarma por completo y me prepara para morir feliz y casi extático, pues al fin acepto la realidad absurda de mi sueño, y reconozco finalmente a quién viene manejando, el capitán de esa nave tan suicida e incontenible, es ni más ni menos, ¡que usted, el querido maestro de mi padre: Don Bob Dylan!, ¿Ahora si ya me recuerdas?, ¡estabas muerto de risa y con los ojos vidriosos de alguna droga intergaláctica!, ¿Te acuerdas, Capitán, aún estás soñando lo mismo que yo?; Y venías acompañado, por increíble que esto me pareciera, ¡por un intoxicado e hilarante Neil Young!; Y entonces ambos me animaron, a que no me tome las cosas tan en serio, que me ría de la vida y la muerte, que acepte mi destino y fluya a contracorriente. Así que me doy un buen trago, sonrío y me relajo entre los rechinidos de llantas y gritos de pánico, me hundo en los asientos de piel roja, y me desplomo en mi sueño, que se convierte en un telón de oscuridad, y ahora sí, entre el caos y los derrapones de mi confiable cochero, me duermo profundamente, hundido en mis sueños de rocanrol.
Pero bueno, let’s go back home, master, if you will, acá con don José Agustín, quién recientemente sufrió una caída leve, pero que le impidió caminar por varios días, y ahora, con dificultad, ha recuperado la capacidad de andar por el interior de su casa, e inevitablemente yo pienso en ese anciano astronauta, al final de 2001, la Odisea espacial del master Kubrick, a punto de convertirse en el embrión cósmico, tras deambular por una especie de estación espacial fuera del tiempo y el espacio: Pero en esta versión, mi padre no está solo, a su lado está mi madre y su esposa, doña Margarita, que valientemente enfrenta al dragón de su destino creado juntos, con una pequeña ayuda de sus amigos y las poderosas fuerzas de la naturaleza. Esto para que conozca de mi familia, antes de que el barco se hunda, mi capi.
A mi lado, Karen ha vuelto a visitarme, y descansa leyendo Armablanca de José Agustín (su sentido homenaje a Casablanca, otra película clásica, y favorita de mi jefe), acostada como toda una musa en silencio, en mí cama, sobre mi sarape de neón, y de pronto, en tardes como esta, escuchando las Trinity sessions revisited de los Cowboy Junkies, trato de ser uno con el Gran Espíritu, y de olvidarme de la pesadilla al otro lado de la gran piedra y el pasto, cruzando el jardín y la alberca, en la Casa que Canta, y de mi padre inmóvil en su cama, un tanto enojado y confundido, mirando a la nada. Y sueño que todo tendrá que cambiar, para bien o para mal, que la rueda de la fortuna seguirá girando, hasta que quizás nos permita escapar de nuestra prisión de piel. E intento imaginar que todo es como debe ser, y todo está bien en el Universo.
Pero aquí me despido, jefe, lo dejo seguir su camino por el atardecer dorado, y me quedo en esta nave de nuestra propia locura divina, donde nuestro muy particular drama humano se desarrolla lentamente, como las nubes que surcan el cielo abrasador de nuestras vidas; Y te comento, ya finalmente, antes de dejarte volar en paz, como un cuervo en la noche, que por acá aún te escuchamos, mi querido y viejo capitán Bob Dylan, alias don Robert Zimmerman, como si de la luz de un faro marino se tratara, te comparto que tú has sido, para mi gran familia universal, un destello inconfundible que nos salvó tantas veces de estrellarnos contra las rocas y los arrecifes, en algún naufragio inminente. Y para mí al menos, ya por última y nos vamos, capitán, te confieso que eres un resplandor en la noche, que aún nos guía, mientras tú mismo avanzas sin miedo, explorando este camino de estrellas sin nombre.
¡Salud Bob!, desde la hermana república de Cuautla Morelos:                    J.A.R. (15/06/2019)



domingo, 26 de mayo de 2019






EL PEQUEÑO LIBRO DE LOS SUEÑOS

CAPÍTULO II

DIOS ES MI VECINO


Mi padre solía decirme que Eric Clapton era Dios. Tú sabes, el gran guitarrista, primero de la Crema, luego de Blind Faith, después Derek & the Dominoes y finalmente un asombroso solista, la Lira más veloz y precisa en la historia del rock&roll. Quizás sólo detrás (o rivalizando) con Jimi Hendrix, ese otro dios negro, de la eterna Fender Stratocaster blanca. Pero mi Pater aún repite eso de vez en cuando, cuando escuchamos al Eric Claxon felizmente en esta, su Casa que Canta, y yo recuerdo que desde entonces, aquella declaración en tono bromista solía contrariarme, pues me costaba trabajo tragármela, y de hecho aún me cuesta trabajo imaginar a Dios como un cabrón rocanrolebrio inhalando sendas rayas de coca, bebiendo whisky sin parar, tragando ácidos y fumando mota, para finalmente caer en la adicción al arpón, los deliciosos elixires del opio intravenoso… Pero supongo que se refería a los buenos tiempos, cuando este músico súper dotado aun embrujaba a las masas roqueras con sus acordes, solos y efectos especiales, increíbles para su época, pues en aquel entonces, ningún músico le había logrado sacar tanto jugo a las guitarras eléctricas, como lo hicieron Hendrix y Clapton en los sixtis.
Sin embargo, esto de que el Clapton era God, no era una invención de mí papá, o algún disparate metafísico personal, sino una auténtica cita callejera de la contracultura, en la década de los sesentas, cuando, según él (así me contaba siendo yo un niño), los jipis y demás rebeldes de Inglaterra solían escribir esa pinta (“Eric Clapton is God”) con aerosol en las calles de Londres, o con lo que sea que pintaran sus consignas en esa era tan remota del rucanrol, cercana al precámbrico, o de perdida, al Jurásico.  Así crecí, entre mi madre que nos acercaba, a mis hermanos y a mí, al catecismo (y por suerte al padre José Luis, un sacerdote de la teología de la liberación), y mi Gran Jefe/Vato Loco, que nos inculcaba una historia pagana de heráldica rocanrolera, donde un tal “EriClapton” era más dios que el Papa, y así lo demostraba con las notas casi celestiales que emergían de su portentosa guitarra mágica, por la forma maravillosa de tocar las cuerdas, bendecido a todas luces, poseedor de un arpegio tan virtuoso como inspirado, prendido con la savia ardiente de las creaciones musicales más insólitas, alcanzando altitudes difíciles de superar por sus colegas guitarristas. Hasta que llegó Hendrix, claro, y se murió en la cumbre de su éxito y capacidad, grabando su nombre primero, en la historia de los mártires de la Gran Rocka Rodante. Pero si hablamos de una carrera de resistencia y la cantidad de trabajo, Clapton gana limpiamente.
Pero no todo es santidad, en esta historia, una de sus últimas gracias bluseras fueron los dos discos en homenaje a su ídolo, Me & míster Robert Johnson y Sessions for Robert J. (ambos del 2004), un viejo cantautor rupestre, célebre por sus inspirados, crudos y oscuros temas en clave de blues, y por supuestamente haberle vendido su alma al Diablo, en un solitario cruce de caminos, al sur de los viejos Estados Unidos, a cambio de la habilidad para tocar la guitarra acústica con un talento prodigioso y su ingenio para escribir canciones, varias de ellas, de temática diabólica, fueron las que dieron pie a la leyenda, como “Hell hound on my trail” y “Me & the Devil”, mismas que Clapton interpreta con maestría y devoción, y que el mismo Eric confiesa, no puede emular sin ayuda de otro guitarrista de acompañamiento.
Pero su más grande prueba como ser humano, quizás el evento más duro de su vida, fue la muerte de su pequeño hijo, un bebé, en un fatal accidente. Un punto de quiebre para su carrera, que se reflejó en uno de sus mayores éxitos, la balada “Tears in  heaven”, donde hablaba con su hijo recién fallecido, a quién imagina en el cielo, en el Paradise lost, y lejos de reconocerse en quienes lo idolatraban como a un Dios, él se declara a sí mismo Persona Non Grata en el cielo: “Cos I know I don´t belong, here in Heaven”. Esta pieza se incluía, por cierto, en su excelente y muy tripeado soundtrack para la película Rush (1991), un clásico del Drug Cinema.
Pero a favor de su alma tan brillante, otrora comparada con el Gran Espíritu, tuvo varios accesos de iluminación, como en “Presence of the Lord”, de Blind Faith (Fe Ciega), su banda de culto, con un solo disco; Y desde luego, no podemos dejar de mencionar su asombrosa rehabilitación, cuando dejó la cocaína, la heroína, el alcohol y demás drogas, para dedicarse exclusivamente a su verdadero llamado: La música, la Lira de lo Orfeo. Incluso abrió varios centros de rehabilitación para adictos en distintas partes del mundo, así de comprometido se sintió a hacer el bien, y resarcir un poco sus travesuras, como haber acercado esa droga tan dura a otros músicos, la poderosa heroína, incluido John Lennon, con resultados nefastos, por todos bien conocidos. Así, se quitó de traumas y se atrevió a cantar, le robó la novia a George Harrison, la que inspirara su himno de amor apasionado, “Layla”, y desarrolló una de las carreras más fértiles de la historia del Rucanrol, como solista, roquero y guitarrista virtuoso, similar a la de Buddy Guy o B.B. King. Estos fueron sus maestros en la era de las armonías eléctricas. Con el B.B. King incluso tuvo una colaboración memorable: Ridding with the King (2000), donde aparecía como el chofer del Rey del Blues. 
Recuerdo a mi jefe comprándolo, poniéndolo y escucharlo a todo volumen, con deleite, fascinado, como quién prueba un vino de dos mil años. Otra de las facetas más plausibles, de este auténtico guitar hero, son sus múltiples colaboraciones con muchos otros grandes músicos, desde Dylan, hasta George Harrison o Dire Straits, en vivo o estudio, siempre fue buen hermano; Pero en últimas fechas, no se pueden perder sus dos discos, uno con y otro en homenaje al fallecido J.J. Cale, The Road to Escondido (2006), y The Brezze (2014). El primero de estos últimos dos discos, aún fue comprado por mi papá y el segundo, ya por un servidor, en una agonizante Mixup de avenida Universidad, pero ambos compartidos con entusiasmo, a todo volumen, y luego debidamente ordenados alfabéticamente, en la discoteca de mi padre, letra “C”, junto a otros grandes como los Cars, The Clash, The Cramps, Leo Cohen o The Cure.

Todo esto acá, en nuestro pequeño rincón del mundo, donde aún se conserva un pedacito del jardín del Edén, y allí se encuentra la Casa que Canta, en una cajita musical, dentro de una burbuja embrujada, flotando en el espacio negro del cosmos.
Recientemente, al igual que lamento el silencio escrito de mi padre, el otrora Joven Escritor Mexicano, suspiré al escuchar que Clapton anunció su retiro oficial de los grandes escenarios, debido a problemas de salud, por una neuropatía periférica, sea lo que eso sea, que le causa constantes dolores musculares en brazos y manos, además de inoportunas bio-descargas eléctricas. Es tan triste comprender que el Dios de la guitarra se apaga al fin, al menos en cuanto a sus apariciones públicas o la posibilidad de algún nuevo material, con la altura de sus trabajos de juventud y madurez. Pero poco antes de dar esta noticia tan cruel, realizó una última gran gira llamada “Manos Lentas” a los Setenta, donde casi le dio la vuelta al mundo, y todavía hizo gala de sus dotes como intérprete superdotado del blues y el rocanrol. 

Y aunque últimamente, Eric amenazó con volver, y dar una gira más, la triste verdad es que, aún si se concreta, huele a despedida, al igual que la de los eternos Rolling Stones, programada para este año, pero temporalmente pospuesta, por una cirugía de corazón del sir Mick Jagger.
Pero por aquellas fechas, en que vimos (en un dvd pirata) esta última serie de conciertos internacional, tuve un sueño, en donde Eric Clapton era mi vecino, nuestro vecino de enfrente pues, acá en la casa de mis padres, en Cuautla Morelos. Esto ya en la era en que mi jefe convalece casi recluido, combatiendo la hidrocefalia y la amnesia reciente, tras su fatídico accidente en Puebla, en 2009. Pero no es la primera vez que sueño con grandes roqueros, o con Dios para ese caso, aunque esa es otra historia, y ya se las iré contando, todo a su debido tiempo, en este pequeño libro de mis sueños. Pues sí, el Eric era nuestro vecino y al salir yo, en la mañana, para abrir nuestro portón negro, me encontraba con que él, que también salía a la calle, abría de par en par sus puertas, en la casa de enfrente (que realmente existe, pero desde luego no la habita ninguna celebriedad), y con una gran sonrisa, me saludaba amablemente, muy natural y con cierta cordialidad amistosa, como quién se topa a diario con su vecino. Debo anotar que, la noche anterior, al parecer había caído una buena tormenta, en este mundo de mis sueños, pues toda la calle estaba húmeda, llena de hojarasca, y olía como el aroma de tierra mojada, que vuela con los primeros vientos del verano, anunciando las lluvias. Devolví el saludo a Eric Clapton con extrema felicidad, un tanto confundido por lo que la realidad del sueño me programaba para aceptar, que Clapton era mi vecino de muchos años, pues mi admiración real por él intentaba recordarme que eso era imposible, mi conciencia trataba de abrirse paso en aquella realidad alterna, poblada por esta estrella fugaz, que había aterrizado frente a las puertas de la casa, y al parecer allí vivía desde siempre, no iría a ninguna parte. De pronto, noté que traía una guitarra eléctrica entre manos, al parecer inalámbrica, una Fender roja, Stratocaster. La sacaba de detrás de su espalda sorpresivamente, como un mago que la materializara desde una ilusión óptica, como si fuera cualquier cosa, y comenzó a tocar su música celeste, pero apuntando la guitarra hacia las hojas muertas que se apilaban en las entradas de nuestros hogares: y entonces noté que la fuerza de su música se convertía en una corriente de aire a presión, que brotaba del brazo de la Ferder roja, como una sopladora de hojas eléctrica, pero con la potencia de un pequeño tornado personal. Y cantando entre el ruido de esa música estridente, el rugido del viento y la escarcha de las hojas secas levantándose en el aire, Eric Clapton limpió ambas aceras de toda suciedad, todo residuo de la tormenta, toda el agua de la lluvia, todo el lodo, y todas esas muddy waters se fueron volando con un vendaval perfectamente controlado, directo al heaven. Mientras tanto, el Eric tocaba su lira con gran naturalidad y cantaba sencillamente, como un obrero que murmura una melodía, sin importarle quién alcanza a escucharlo o no, dirigiendo su guitarra hechizada, que tenía el poder de convocar y conducir a los vientos huracanados del cielo azul, como una orquesta, una danza y una fiesta de hojas secas y flores muertas.  Ante todo lo cual, al terminar su pequeña hazaña, yo aplaudí sinceramente, a rabiar, con fuerza, como queriendo ser un público más grande, y el maestro me correspondió con una sonrisa, y una reverencia de juglar, y luego dio la vuelta, y con paso cansado, como el fantasma de un gigante que se desvanece entre las Brisas, volvió tranquilamente a su casa, detrás de una puerta enrejada, y desapareció entre los árboles y el pasto, de un jardín soleado…
            Y sobre si el EriClaxon es o no Dios, y el Papa su Representante en la Tierra, o sólo Alá es grande y Mahoma su profeta, ¿Qué les puedo decir, valedores?, No es la primera vez que alguien es identificado con el Creador del Universo, que es muy distinto a creerse Dios, como Calígula y Nerón, o tener arranques mesiánicos en Jerusalem, como le suele pasar a muchos turistas de la Tierra Santa, y a muchos pachecos con aspiraciones a Jesucristo superestrella. Pero es diferente cuando otros creen que un ser humano es Dios, como of course, Jesus Christ, o una especie de dios pagano, como, por ejemplo, ahí tienen a Maradona, o ser ascendido al Palacio de Jade en el mismísimo Cielo, junto al Buda Supremo, como Lao Tsé, por escribir un sólo libro (el Tao Te King). Pero ya en serio, lo que sí se puede afirmar sin temor a dudas, es que la chispa divina existe en todos nosotros, y cada uno nace con talentos heredados o no, que no son más que un regalo de la vida, y todo lo que el artista, o cualquier persona puede hacer, es elegir o no si seguir su llamado, si decide o no trabajar el resto de su vida en esta gracia que le ha sido concedida por algún Espíritu Santo, que cae como el Rayo en el Pentecostés sobre sus elegidos, diría el master Philip K. Dick, encendiendo lenguas de fuego sobre sus cabezas y dándoles el poder de guiar a sus discípulos, hasta enloquecerlos con su omnipotencia, y regalarnos a todos obras de arte magníficas, que iluminan un camino para esta humanidad tan errante. Así, recuerdo a mi padre afirmando en público, ante cientos de lectores, seguidores, simpatizantes y auténticos fanáticos de su obra, de todas las edades, que cuando escribía en las noches, entraba en una especie de trance, y se convertía en un vehículo de La Fuerza Creadora, un conducto mediante el cual los dioses salvajes se expresaban, usándolo como un instrumento de su verdad y su camino, y no me cabe duda que los grandes músicos, desde, primero que nada, Beethoven y compañía, hasta Eric Clapton, pasando por todos los héroes de las artes y del rocanrol, y para ese  caso, cualquiera que se empeñe en hacer el bien, o intente embellecer un poco nuestra existencia, todos ellos se encontraban, o aún se encuentran, al menos un poco prendidos por la magia del cosmos, si no es que plenamente sintonizados con la gran energía de la creación misma… Deténganme si me estoy poniendo muy Mascarita Sagrada, sé que algunos de ustedes odian esta mierda mística.
Así que ahora, volviendo al tema que nos truje, aun cuando finalmente Don Eric Patrick Clapton se extingue como intérprete en vivo, como una estrella primero blanca, luego azul, después amarilla y finalmente roja, su música sin duda vivirá por siempre, o al menos mientras viva el Rocanrol; Y como todos saben, esa madre no morirá jamás, al menos no hasta que nos vayamos todos sus fieles, directo al infierno en una autopista: Al Diablo o con Jesús, al infierno o a la cruz, todos aquellos que amamos esta música de radicales libres, hasta con los huesos y la calavera, carne y sangre, body & soul, pero nunca antes, moderfokers. Así que yo les digo: ¡Hasta la próxima vida!, maestros (as) del espíritu danzante, o hasta nuestro próximo encuentro, hermanitos(as) de la polifónica Interred. Amén, abrazos, y Salud.




lunes, 22 de abril de 2019




MAR DE MÚSICA
 IV


   HASTA SIEMPRE, COMANDANTE COHEN

SEGUNDA PARTE


Tan pronto como salió su último disco, el You want it Darker (2016), Leonardo Cohen tomó su equipaje ligero, un maletín lleno de ideas sin terminar, sus poemas favoritos, el recuerdo de sus amores, su amor por el Todo, y emprendió el viaje al más allá. Pero por dos años, yo me negué a escucharlo en youtube, o cualquier otra vía de streaming gratuito. En la casa de mis padres, la polvosa colección de discos de mi father se precia de tener todos los LP’s originales de sus ídolos roqueros, de sobra está decir que entre los solistas más apreciados, está don Cohen, quizás sólo detrás de Dylan (por cierto, muchos pensamos que, si acaso se le iba a conceder el polémico Nobel a algún roquero literato, debió ser a Leo, más que a Bob, aunque tampoco hubiera podido asistir a recibirlo, por su delicado estado de salud). Así pues, los últimos dos Old ideas (2012) y Popular Problems (2014), me encargué de comprarlos aún en una decadente Mixup, y se incorporaron a la colección de discos originales de mister Leonard. Pero con el último ya no fue tan fácil. En las tiendas de discos que visité, me miraban como a un loco al mencionar su nombre, aun cuando su muerte estaba en todos los medios masivos de desorientación. Y mi padre ya no tenía una tarjeta de crédito, ni caminaba ya hasta su estudio donde juntos, por varios años, solíamos escoger los discos que él mandaba pedir por Amazon, y llegaban como traídos por cigüeñas, hasta las puertas de esta, La Casa que Canta. Entonces me quedé sin oír el You want it darker un par de añejos, acaso ponía la primera rola, y ante sus poderosas palabras y textura tipo réquiem, me detenía, apagaba la compu, y más bien furioso, me prometía comprar algún día su último disco original, y lo escucharía con mi padre, su discípulo y mi maestro, en la sala de este soleado hogar, así fuera el último álbum que comprara para esta colección de mi laureado padre, don José Agustín. Pero mis escasos ingresos difícilmente me permitieron ir a la Gran Tenochtitlán, donde intuía que podría encontrar el disco en librerías como el Péndulo, en la Roma. El caso es que esa posibilidad se fue alejando, año tras año, mes tras mes, día tras día, pensamiento a pensamiento, como el pasillo que se vuelve un túnel casi infinito en Poltergeist, y frustrado, me prohibí escuchar esas nueve canciones, y por consecuencia, mis jefes tampoco las escucharon, por dos años, aun cuando yo me moría de ganas de oírlo gratis en yutub, y compartirlo con mis vetustos padres; Pero era una cuestión de principios, para entonces, algo personal, el pagar, como familia, por ese disco compacto, como lo habíamos hecho por todos los otros de don Leo, para colocar aunque sea unos centavos en la bóveda del tesoro de mister Cohen, que en mi opinión, merece cualquier tipo de retribución, por sus palabras mágicas, aún en este decadente esquema capitalista. Así rodaron los días del calendario, hasta que, para salvarnos de esta maldición, permítanme agregar un personaje catalizador, en esta historia real, y a continuación les presento a Karen, mi novia, la mujer más dulce que yo haya conocido, y que aparece en esta historia salida de un sueño o un misterio nocturno y humeante, una dama tan bella como las mejores musas de las bellas artes, al menos a mis ojos. Ella me permitió acercarme otra vez a su vida, después de que fuimos novios hace veintitantos años, en nuestra adolescencia, y permanecimos ligeramente enamorados de nuestro recuerdo juntos, pacientemente alejados desde entonces, en silencio mutuo, vivimos nuestras vidas y de pronto, cuando los dioses lo consideraron divertido, nos reunieron otra vez. Y esa es la razón de que yo esté escribiendo este Blog, aparte de para rendir un justo homenaje a mi padre, otrora tan vital, y hoy tan silencioso, es para impresionar a Karen, mi amor y mi amante, el carbón y el fuego que alimentan la locomotora de este Memorial de nuestra Amnesia/Naufragio en un Mar de Música… Fue ella quien, en secreto, mandó pedir el You want it darker, por internet (yo me aferraba a la idea de comprarlo en la vida real, o sea en alguna tienda o el Tianguis del Chopo), y lo guardó hasta nuestra primera navidad juntos, y me lo regaló en el corazón de la noche buena del 2018, y al fin pudimos escucharlo mis padres y yo, junto a ella, y esa es la razón de este renacimiento, la brisa tan cálida y húmeda que sopla bajo este salto de fe, con cada beso tuyo, mi Cielo. El disco comenzó, y el espíritu de Leonard Cohen habitó, una vez más, este templo musical, que siempre fue su casa, tan querida y abandonada tantos años atrás por las furias creativas que antaño lo habitaron, con mi padre dándole duro a la máquina de escribir, escuchando las Canciones de Leonard Cohen, de su primer álbum, y participando del encantamiento de las bellas artes, salidas directo del manantial, dándole fuerza para escribir como los grandes.
Recuerdo a mi padre comprando el I’m your Man, y declarando que ya era mucho más comercial y accesible que sus discos como trovador/cantautor, los que le dieron su primera fama, en los sixties, cuando sólo era superado por el invencible Bob Dylan, y acaso no tan popular como Paul Simon, perseguidos los tres, siempre de cerca, por el carnal Neil Young (y detrás de él, Donovan, Gordon Lightfoot y Cat Stevens, en esta carrera de velocidad y resistencia) y todos superados sólo quizás por Lennon, en su faceta de solista, al menos en popularidad, John es el indiscutible Rey de los Jipis, y su mensaje de Amor y Pax. Pero en tercer lugar de éxitos, Cohen, y primero en poesía, en el mundo de la Gran Rocka que Rueda, por lo menos. Además de longevo y productivo, su carrera fue siempre ascendente y cada vez más pulida, cada uno de sus últimos discos, brillantes como el diamante de un eclipse solar; Lento pero seguro, su producción es más escasa pero más selecta que la de Dylan, quien tiende más a una fertilidad sin freno, tipo Woody Allen, un tercer judío asombrosamente lenguaraz.   
Pero sin duda el Darker… es la cereza en el pastel, la corona de su creación, sólo detrás el disco debut, quizá la segunda más inspirada de sus obras. Cuando al fin lo escuchamos en casa, busqué un rincón en esa querida oscuridad, y como reza la novela de Philip K. Dick: “Fluyan mis lágrimas, dijo el policía” (del Karma), me dije a mí mismo, y al fin me permití estar una última vez con el maestro Leonard Cohen, mientras miraba de reojo a mi padre, mudo ante el poder de estas últimas letras ardientes, y levantando la vista como quien mira una aparición, casi como el joven Frankenstein tratando de atrapar la música del violín en el aire, mi padre escuchó: “You want it darker, we kill the flame”, “I’m ready my lord”, reza Leonard Cohen, y yo no pude dejar de pensar en la Pulsión de Muerte, como ya lo dijo Freud, no me acuerdo en que lado, una pulsión que yo y mi accidentado padre sentimos fuerte, como la atracción de un abismo negro en el centro de una galaxia, una atracción fatal que por poco nos devoró en las noches más oscuras de nuestras almas. Recordé que, antes del accidente, mi padre pregonaba que su muerte era ya inminente, e incluso le había lavado ya el coco a la familia con una supuesta fecha, en la que pronosticaba su deceso, un disparate salido de su mente alterada, sus creencias como vidente, y quizás algunos infartos cerebrales de otra manera imperceptibles, agregó mi hermano, el doctor Jesús. Pero no era tal su destino. El accidente en Puebla lo demostró. A la muerte no se le llama banalmente, he ahí el detalle del suicidio, ese que pregonaba la terrible “One of us cannot be wrong”, del primer álbum de Cohen, cuando el Maestro le fallaba al alumno, el mismo mensaje de la “Master’s song”: “…And just when I was sure, that his teachings were pure, He drowned himself in the pool!” (y en mis peores momentos, mientras limpio la alberca de mis padres, no puedo dejar de pensar en mi cadáver hundido en el agua azul, o peor aún, mi padre sumergido con todo y silla de ruedas, en esa alberca que hoy en día yo limpio como si fuera una manifestación de nuestras almas, that heart shaped pool donde mi papá pasó una buena parte de su vida, nadando como un Tritón gigante). Pero ni él ni yo, que tanto invocamos a la Calaca inútilmente, nos atrevemos al auto homicidio, y por lo tanto estamos condenados a vivir en la misma cápsula cósmica, pues aun no nos hemos ganado esa buena muerte, esa buena muerte que su personaje de Vida con mi viuda se ganó frente a la Flor azul, esa que el buen Leonard Cohen se ganó en su cama, tras una leve caída nocturna. Descansa en paz, viejo amigo, si es que puedes, escuchando mis necedades. Si aún tienes un momento para este bufón, no te quito mucho más tu tiempo.


            Ante el nuevo material, mi padre guardó silencio, pues desconocía las letras, para corearlas, como gusta de hacer con todos los grandes éxitos de sus ídolos, Leonardo en un lugar muy especial. Pero escuchó atento y conmovido, como si se tratara de un viejo amigo, que lo visitara en la hora final. Era el espíritu de Cohen, volando por toda la habitación, mi madre también asombrada de las oraciones contenidas en esas canciones. Al verlo, creo que mi papá se lamentó de porque lo han dejado atrás, todos esos fantasmas del rocanrol que partieron recientemente, como Fats Domino, Tom Petty, Chuck Berry y Aretha Franklin (o Chris Cornell, Scott Weiland y hasta Keith Flint, agregaría yo), además de claro, Bowie y el mismísimo Leonard Cohen: Y al ver todos esos espíritus pasar (“U R All welcome...! There is peace and serenity, in the light…”), pude ver que mi padre se preguntaba cuando llegaría su hora, su honorable muerte, poniendo cara de Marcello Mastroiani cerca del final de Divorcio a la Italiana, una de sus pelis favoritas, cuando la recién autoviuda, una mujer de negro, cornuda y asesina, pasa frente a él con una pistola humeante, y le dice: “He restaurado mi honor”, y Marcello murmura: “¿Y el mío?”…
Y así, asombrosamente, fui testigo por última vez de la hermandad de estas dos almas creativas, José Agustín y Leonard Cohen, cuando de pronto, sin conocer la canción, mi padre comenzó a cantar el coro de “Treaty” (y me permito recordarles, o aclarar a quienes lo desconozcan, que mi padre realmente padece de amnesia de lo reciente), donde Cohen arranca quejándose con Jesucristo, de que su vino ya no lo embriaga… Pero mi jefe comprendió, cachándola en el aire, antes que yo, que también se trata de una canción de amor (…“I wish there was a treaty, beetwen your love & mine”…) donde se ruega por un tratado de paz, entre los amantes, entre la guerra y la paz del amor, donde todo se vale; Cohen y mi father, suspiraron sincronizados, por un pacto entre aquellos que dicen amarse, una firma que ponga fin a las distancias, discusiones y peleas inútiles. Pensé en lo mucho que lo he visto batallar con mi madre, también pensé en mis propias batallas y las de todas las parejas que he conocido, con sus guerrillas internas, caseras e intrascendentes, y en mis primeros altercados con Karen, generalmente por celos, y escuché la canción, y también anhelé ese tratado de paz entre las parejas de buen corazón.
Después vienen tres baladas tipo oldies, en tono casi Twin Peaks, que recuerdan las de The Future: “Leaving the table”, donde asegura que se levanta de la mesa, se retira del juego, no apuesta más: “No necesito un amante, así que soplen y apaguen la flama”; Bota sus cartas, vemos que traía póker de reinas, y un as bajo la manga. “If I didnt have your love” es su última canción de amor, con un órgano angelical y un piano muy sencillo, y me queda claro que yo no hubiera recibido estos mensajes tampoco, si no tuviera tu amor, Karen de mis sueños, reina de mí corazón. Más adelante viene una joya en clave blusera, maliciosa y sensual, pero ahora con el desamor como tema central, una auténtica carta de despedida, el último deseo de un moribundo muy lúcido, donde retornan finalmente los clásicos coros de sirenas enamoradas, una marca de la Casa Cohen: “Traveling light”, un juego de palabras intraducible, pues se refiere tanto a una “Luz Viajera”, como a un “Equipaje Ligero”, es decir, una luz viajante que sólo se lleva, al otro mundo, el recuerdo de su amor por una dama, por este mundo, algunos poemas entre papeles y memorias, y nada más, es hora de partirnos en dos. Aquí la ruptura amorosa se compara con la muerte y don Leo proclama su hermandad con otros espíritus vagabundos, radicales libres, corazones solitarios… Siempre que se hace una mudanza, es una buena oportunidad para deshacerse de mucha basura, tanto física como espiritual, y de seguir con esa tendencia, para cuando llega la mudanza final, la del cuerpo y el alma, ya se debería uno de haber deshecho de todo lo innecesario, todos los lastres de un karma pagado, para proceder entonces a la demudación, al despegue desencarnado, hacia las estrellas, nuestro destino. Finalmente, no puedo dejar de mencionar “It seemed the better way”, la más negra de todas estas criaturas nocturnas, que arranca con murmullos de canto gregoriano y un violín desgarrador, pues su inspiración es tan pagana como fiel, nombrando al amor y la fe como una ilusión cruel, que simplemente nos pareció la verdad, la mejor forma de existir, aun cuando nuestras esperanzas se destruyan con cada ruptura, cada caída. Pero Cohen levanta su copa de sangre, e intenta salvar la gracia de sus romances, desesperanzado. En “Steer your way”, cuyo coro debe algo a “Closing Time”, pero ardiendo en furia y tristeza, vuelve el violín hambriento, y don Leo se pone ya en plan de guía astral, dirigiéndonos a través de la miseria y la decadencia de este mundo, las ilusiones de la mente y del amor, despojándose de toda trayectoria humana, y quizás con rumbo hacia el más allá, hacia el camino dorado, el único; Es la cumbre de éstas atrevidas disertaciones teológicas, pero no la traduciré, descúbralas usted, hermano(a) si así lo desea: Dirige tu camino más allá de las dudas y la fe, como quien resuelve un acertijo, o un enigma.
Así culminó su carrera, con broche de oro, y su obra se cierra perfectamente como un círculo sin fin, a la luz de su muerte, y del asombroso epitafio de You want it darker ... Y uno no puede dejar de preguntarse ¿a quién va dirigido ese título?: ¿Quién quiere qué más oscuro, ¿nosotros le pedimos esto, un disco con sus rolas más darks, su hijo le sugirió o lo dirigió hacia ese tono tan negro para el disco?, ¿o se dirige a Dios mismo, al Gran espíritu del Cosmos y el Caos, como sugiere la letra? (traduzco: “If You are the Dealer”…Si Tú eres el repartidor de las cartas… “I’m out of the game” …Me retiro del Juego… “If you are Healer”, si Tú eres el Sanador… “I’m broken & lame” …Yo estoy Roto y cojeando… “If thine is the glory, then mine must be the shame” …Si vuestra es la Gloria, entonces mía debe ser la vergüenza… “You want it darker”… Tú lo quieres más oscuro… “We kill the flame”… Nosotros, matamos la flama… “Magnified, Sanctified: Be the Holy Name; Vilified, crucified in the human frame”… Magnificado, santificado, sea el nombre sagrado; Vilipendiado, crucificado, en el marco de lo humano” “A million candles burning for the Love that never came” …Un millón de velas ardiendo por el Amor que nunca llegó… “You want darker… We kill the flame”… Idem. Casi un hereje, puex, como lo hace en varias de estas canciones: “On the level”, balada que arranca con un piano tipo "Smoke get’s in your eyes”, dice: “I turned my back on the Devil, I turned my back on the Angel too”; o que tal esto, de la oscurísima “Seemed the better way”, donde nuevamente se dirige, retador, a Jesucristo: “It seemed the better way, when first I heard him speak, But now it’s much too late, to turn the other cheek” ( parecía el mejor camino, cuando lo escuché hablar por primera vez, pero ahora es demasiado tarde, para ofrecer la otra mejilla)… “Sounded like truth, seemed the better way, sounded like the truth, but its not the truth today”… (Sonaba como la verdad, parecía el mejor camino, sonaba como la verdad, pero ya no es cierta hoy)… “I better hold my tongue, I better take my place, lift this glass of blood, try to save the grace” (Será mejor que calle mi lengua, será mejor que me ponga en mi lugar, que levante esta copa de sangre, y la gracia intente salvar)… Como les decía, en este regalo terminal, el master Cohen es todo un maldito pagano, si no tuviera tanta fuerza su propia palabra, su inconfundible sabiduría, la soberbia belleza de estas piezas, mismas que lanzara a la venta (y desde luego gratis para las huestes de la interred), apenas tres semanas antes de despedirse definitivamente de entre los mortales, para convertirse, ahora sí, en un mito siemprevivo de la música moderna y la poesía contemporánea.
            Tan sólo ocho piezas y un reprise, pero todas de una calidad apabullante, una profundidad inaudita, una precisión insólita: Al terminar el disco, estoy hecho un mar de lágrimas, pero mi padre está seco, Out of tears; Él no llora, es un cimeriano, esperando entrar al Valhalla, así que yo lloro por él. No pude evitarlo, recuerdo, mientras escribo esto, pues las canciones de Tu lo quieres más oscuro son el Testamento de una voz tocada y disputada por los dioses y los demonios, acariciada por la creación misma como una fuente de poder y lujuria, de amor y muerte.  Y Karen, la flor de piel morena y espíritu libre que ilumina mi jardín, me miró con una sonrisa un poco triste, pero satisfecha, tras su pequeña travesura: Encender nuestro sagrado corazón familiar, nuevamente, con las últimas canciones del maestro Leonard Cohen. So long, Master, Steer your way to heaven.