domingo, 26 de agosto de 2018

I LA CAÍDA DEL MAESTRO




 MEMORIAL
DE TU AMNESIA


José Agustín Ramírez



I

         
LA CAÍDA DEL MAESTRO


            Cuando mis hermanos me avisaron que mi padre, el laureado escritor mexicano, don  José Agustín, había sufrido una caída posiblemente mortal, en un teatro repleto de sus lectores en Puebla, mi relación con él estaba en su punto más crítico, por lo más bajo, en su peor momento.
            De hecho, mi existencia completa era un desastre absoluto, en contraste con el prestigio de mi jefe, que gozaba, aparentemente, de cabal salud y se aproximaba incontenible a conquistar las cumbres literarias de los grandes maestros de la lengua escrita, como demostraba el gran número de fanáticos y malos organizadores que atestiguaron, impávidos, pálidos, inmóviles e inútiles, la caída de mi jefe en el foso para la orquesta de un gran teatro de la ciudad, de cuyo nombre no quiero acordarme, ante el horror de mi pobre madre que, según me cuenta, alcanzó a notar que la marea humana lo arrastraba demasiado lejos de ella, hasta donde ponían en peligro su vida, arrinconándolo al borde del escenario, del estrado, hasta el filo de un pequeño abismo de tres metros, el fosa para una orquesta. Mi mamá les gritó, pero no la escucharon, como en esos sueños en que tus piernas o tu lengua no funcionan. Como una ola de marea alta lo orillaron y él, en toda su característica imprudencia, no calculó la distancia, la profundidad que lo amenazaba, y el peligro inminente en que se hallaba, y (lo imagino en cámara lenta), mientras Margarita, mi mamá, trataba de abrirse paso para ayudarlo entre una legión de admiradores, mi padre tropezó con el vacío bajo sus pies, y se desplomo muy despacio (en mi mente), hasta recuperar una velocidad frenética justo antes de azotar con un gran estruendo sobre un mar de instrumentos musicales, quizás sobre los platillos de una batería, de una vez, ¿por qué no?, salpicando con su estruendo a los demás artefactos de percusión, espantando a los músicos imaginarios, quienes alcanzan a escapar por segundos del pesado cuerpo que caía sobre ellos, aún consciente, arrebatado desde entonces de su vida como la conocía, por la implacable gravedad, hasta derrumbarse con múltiples contusiones en todo el cuerpo, pero sobre todo en la espalda y , ¡oh, cruel destino de tragedia griega!, diría yo, se golpeó la cabeza con toda la fuerza de su peso, contra el suelo duro y frío, o quizás alfombrado, derramando su sangre como quién invita a beber tragos para Toda la Casa, para todos sus amigos, para todos aquellos que lo leyeron con asombro fraternal, algunos de los cuales ahora, accidentalmente, lo habían entregado a los brazos de la nada, y lo ayudaron a medio morir, y a liberarse de la pesada carga de ser el mismo. Pues hasta entonces, en verdad, había sido un escritor genial, con una increíble capacidad para memorizar todo a su paso, pero, irónicamente, ahora se topaba de frente con la cruel irrealidad de sobrevivir apenas, gracias a la oportuna intervención de los doctores del Hospital Español de Puebla, que salvaron su vida de milagro, mediante varias neurocirugías de emergencia. Pero pronto nos enfrentarían (tras un mes hospitalizado y delirante), a él como escritor y a nosotros como su familia, con la terrible noticia de que seguramente, debido a una profunda lesión en el hipocampo, el órgano del cerebro encargado de almacenar la bendita memoria, José Agustín, el gran escritor, padecería amnesia, al menos amnesia de lo reciente, pero con eso sería suficiente para evitar que volviera recordar casi nada nuevo, y así se decretó que, por el resto de sus días, ya nunca más podría volver a escribir.

            Por eso que yo me veo forzado a redactar esto, a través de estos años tan lacrimosos, tragando saliva con dificultad, mientras intento tomar la estafeta que mi jefe dejó flotando, para tratar de narrar y aclarar en mi alma estos acontecimientos, para arrojar un poco de luz en esa oscuridad psíquica que nos envolvió a partir de aquellos trágicos eventos. Para él, para toda su familia, para mí, y para todos aquellos que lo leían con fervor casi místico, para todos nosotros va esto, pues es a ustedes, hermanos y hermanas, a quienes debo lo mejor de mi vida, al menos socialmente, en este, nuestro paso absurdo, por esta histérica y tragicómica nación en llamas.