jueves, 21 de marzo de 2019




  
XV

ÉL PEQUEÑO LIBRO DE LOS SUEÑOS

(PRIMERA PARTE)

            Muchos sueños después, mientras intentaba recordar una visión nocturna gigantesca, particularmente marina y luminosa, me encontré con un breve manuscrito de ensoñaciones, un pequeño libro de sueños perdidos y ahora encontrados, en el fondo de una botella, a la deriva en un mar de letras. Es un diario donde redacté todo lo soñado en las noches del 2009, el año en que mi padre se accidentó y dejó de escribir. Estaba dentro de otro supuesto libro, en el viejo librerinto del estudio paterno, pero que, en realidad, era la caja donde alguna vez reposó un coñac muy fino, que mi jefe se bebió en los meses previos a la Caída, su Gran Golpe.  Allí dentro dejé mis diarios de la adolescencia, hace muchos siglos, a los cuales agregué este librito azul de pasta dura, donde en la primera página se advierte: Diario de Sueños, 2009.  Mi sorpresa fue mayúscula, cuando descubrí que en él, sembré la semilla de lo que se ha convertido en este Memorial de nuestra amnesia, este libro autobiográfico en honor a los años de silencio literario de José Agustín, quién alguna vez fuera el joven escritor mexicano más moderno y rebelde, y que ahora descansa con una merecida jubilación de sí mismo, en la Casa que Canta. Este es el último rincón donde se me permite habitar, en un refugio del edén, mi propio microcosmos, un pedazo de tierra fértil donde aún deambula el amor, absorto entre las flores y los frutos, que habitan en armonía con algunos animales mágicos. Todos nosotros, al parecer ausentes del tiempo y el espacio, allá afuera, ajenos a los colapsos de las grandes Babilonias, donde el mundo parece derrumbarse muy lentamente, sin pausas ni prisas, sin esperanzas o sorpresas, más allá del asombro que provocan los festines demoniacos, la masacre nuestra de cada día.
            Así que ahora voy a contarles estos sueños míos y de mi padre, al menos los más importantes que han desfilado por mi mente dormida, desde esa fecha tan fatal, y que se relacionan con el silencio creciente de mi padre, con quien habito un limbo tan cercano a la felicidad completa, como a la absoluta miseria. A la mitad entre el paraíso y el averno, en este el purgatorio voluntario, aquí es donde pagamos el karma por nuestros pecados, rebajados en plazos y con un súper descuento, una buena rebaja en los años de condena, pero con cero posibilidades de escapar. Así está la cosa, compañebrios (as): Sean Bienvenidos a estas Bodas paganas entre el Cielo y el Infierno, esta apasionada aventura entre Dios y el Diablo… Pasen por esta puerta, crucen la cortina roja, y entren a mis sueños y pesadillas, caminen conmigo, a través de este espejo humeante.
            Pues bien, como les estaba diciendo (-Continuó el Wub-), en este librito, mi diario de sueños azules, redescubrí muchos debates internos entre escribir o ser un vil drogadicto, muchas ilusiones y fantasías ocurridas tras el telón, en mi teatrito de los sentidos sonámbulos: Pero hacia el final de esas páginas, me encontré con un sueño muy particular. Si bien yo no soy muy creyente de oráculos y profecías, en aquel entonces me pareció una especie de premonición, por lo que se puede leer en estas páginas, una imagen muy viva, que me alertó sobre la caída de mi laureado padre. Pudo ser así, o tal vez sólo era basura psíquica, no lo sé. Pero fue una aparición onírica importante, que me impresionó aquella madrugada, aunque no parecía tener ningún sentido cuando la soñé, y me dejó desconcertado, como la mayoría de mis elucubraciones dormidas. Era la imagen de un gran Oso, pero convaleciendo, con varias flechas clavadas en su masivo y peludo cuerpo, tendido en un quirófano muy iluminado y metálico, mientras varios pares de manos negras, al parecer de doctores invisibles, enfundadas en guantes de plástico,  brotaban de una intensa oscuridad, e intentaban salvarle la vida.
            Aunque el sueño era perturbador, por el dolor del Oso, como decía, al despertar no le encontré mucho sentido o importancia, y lo descarté como un sueño “crudo” (que no se acabó de cocinar) y sin razón, sin un mensaje claro, tan sólo el ruido de una mente intranquila. Aunque me resultó particularmente extraño, porque yo no aparecía en el sueño, sólo era un espectador invisible, a cierta altura, un testigo silencioso de una imagen aún inconexa, flotando en la oscuridad imperante. Pero he aquí lo que escribí textualmente, a mano, en aquella minúscula libreta azul:



23 de abril del 2009
EL OSO EN EL QUIRÓFANO

LA IMAGEN

            “En el Sueño del Oso en el quirófano, yo era una especie de vidente invisible, deambulando, como un espíritu de humo, cerca del techo, observando la escena. Era el ojo que todo lo mira, volando, y que primero recorrió varias habitaciones muy rápidamente, pero avanzó a tal velocidad, que no pude apreciar lo que había en ellas, pues no las recuerdo bien, como si las recorriéramos en cámara rápida, hasta que me detengo de golpe frente al quirófano, en medio de la oscuridad, donde yo me oculto.”
“Okey, compitas: Pues me detengo en la habitación del hospital, hasta ese anfiteatro soñado, en medio del cuarto oscuro, pero que no parece tener paredes ni fronteras en su vasta negrura. Allí es donde yace un tremendo Oso, herido con tres flechas, sobre una plancha de metal cromado y brillante, bajo los poderosos rayos de luz de quienes lo examinan, doctores ocultos, de quienes sólo alcanzo a ver las manos, varios pares de largos guantes negros, que intentan salvarlo. La gran bestia se debate entre la vida y la muerte, pero pronto lo tranquilizan con un sedante. Todavía con las flechas clavadas en su voluminoso cuerpo, respira con dificultad, ya dormido, pero aun sangrando. De pronto se retuerce y gime, intenta levantarse, pero está malherido; Mientras tanto yo, el humo astral que flota sobre él, quiere ayudarlo, pero sólo lo puedo acompañar, pues comprendo que no estoy realmente allí, solo es una visión en mi mente, supuestamente dormida también.”
 “Lo curioso es que, unos días después, el sueño llegó a ser casi profético, o así lo sospeché poco menos de una semana más tarde, cuando mi padre sufrió un accidente casi mortal, al terminar de dictar una conferencia (llamada El soundtrack de mi vida, por cierto) en un teatro de la ciudad de Puebla, donde cayó, o lo orillaron a caer, entre las amables hordas de sus admiradores, simpatizantes y demás curiosos, desde el proscenio hasta el fondo del foso para la orquesta, que estaba vacío en ese momento, cayendo de cabeza cuan pesado era, y fracturándose, además de varias costillas y un omóplato, el mismísimo cráneo, provocando este último traumatismo, un lesión cerebral en la zona del hipocampo, la región del cerebro destinada a preservar la memoria.”

EL JUICIO

            “Ante tales acontecimientos, debo hacer ciertas valoraciones y aventurar algunas conjeturas arriesgadas pero posibles”-continúo en mi diario de sueños, y cabe aclarar que esto fue escrito escasamente veinte días después del accidente, cuando mi padre aún no regresaba del hospital- “Primero: existe la posibilidad de que mi espíritu viajó en el tiempo y el espacio para advertirme, o recordarme, que cinco días después, mi padre sufriría un accidente y estaría muy grave en un hospital. Los cinco días estarían representados por las cinco habitaciones que no alcanzo a recordar, que miré en cámara rápida como sueños minúsculos, esos que la mirada omnisciente recorrió a la velocidad de la luz, hasta llegar al día seis, cuando mi jefe cae al vacío; Y es ahí donde me muestra la imagen del Oso, herido en la plancha metálica, que en ese momento me parece absurda, pero una semana después exactamente, cobra un extraño sentido, convenciéndome de que fue una videncia, una premonición, y un mensaje cifrado muy importante para mí.”
            “¿Por qué relaciono al Oso con mi padre?, primero que nada, recuerdo que él solía repetir constantemente frases como: “El alma simple de la Bestia es pura”, o: “El Hombre y el Oso, entre más feo, más hermoso”. Y de inmediato viene a mi mente la película francesa L’Ours de Jean Jaques Annaud, donde la paternidad forzada de un Grizzli y un osezno huérfano se me quedó tatuada en el cerebro: 

E inevitablemente, me acuerdo también de una vieja caricatura donde un papá oso le dice a su cría: “Mira hijo, fíjate como tu padre no cae dos veces en la misma trampa” antes de recibir un segundo golpazo fácil de pronosticar; Y creo que aquello del Papá Oso, es además un símbolo del cuestionable patriarcado en el que malvivimos, en mi drogada opinión. Esa bonita gerontocracia machista/paternalista/capitalista que nos mal gobierna desde hace siglos. Es decir, que se trató de darme un mensaje más amplio, de interés general y no sólo familiar, un arquetipo que funciona como una moraleja, pues mi padre cayó en la misma trampa que la mayoría de los padres y los osos caen. Y desde entonces, todos cojean de la misma pata. Es una pata de palo que si se desenrosca de la pierna, y se voltea, también es sirve como una botella de ron secreta, para emergencias y desahucios.”
            “El sueño se refiere lo mismo al accidente de mi padre, tanto como a la enfermedad que él, yo y la mayoría de los humanos, en especial los machos, padecemos: La Ira, una ira irracional, egoísta, el anhelo de poder insaciable, incontrolable, incontenible, imposible de satisfacer, el afán de dominación; Es el estado salvaje, la existencia sin límites éticos o morales, auténtica en su barbarie. El Oso como algo bello y poderoso, en toda su brutalidad, pero recibe su castigo, cuando es orillado al abismo, por una horda de sus fieles seguidores, cegados e hipnotizados por su resplandor: Y al fin, la Gran Bestia cae cuán grande y larga es, por su propio peso… Sin embargo, nuestro Oso Bendito es llevado al quirófano, herido de muerte, con la esperanza de ser salvado por las manos de doctores invisibles. Estos personajes salen de la oscuridad y tratan de curarlo, intentan extraer las flechas hundidas en su cuerpo. Entre mis delirios, pienso que las tres flechas pueden simbolizar los males sociales que distorsionan a un ser humano, gestando este mal social/colectivo, las raíces de nuestra mala educación: La primera es la creación de nuestra máscara, nuestro personaje, nuestra opinión, el famoso ego, una reacción visceral ante nuestras experiencias negativas y el anhelo de vivir sin restricciones, de vencer los obstáculos a cualquier costo para obtener lo deseado. Esto genera nuestro mal juicio y muchas decisiones erradas, nuestros pecados y crímenes.”


            “Otra flecha simbolizaría la familia, la sagrada familia que tanto gusta de caer de su propia gracia, y en el peor de los casos, convertirse en cada vez más disfuncional, hasta deformarse irreversiblemente. Son, para bien o para mal, nuestras raíces biológicas, nuestra coincidencia en el tiempo y espacio, y generalmente, la bronca parte de una falta de comunicación sana con el Gran Espíritu, ya sea como individuos, o como un equipo familiar. “Comunication Breakdown”, con la espiritualidad inherente a la humanidad, ese es el mal moderno más común de nuestros tiempos oscuros y retrofuturistas.”
“Y la tercera flecha representa los lazos sociales, la sociedad que todo lo pervierte y distorsiona, el maldito sistema corrupto: Así es como la máquina devora a niños y niñas, con sus pequeños espíritus puros condenados en una locura colectiva, a la fábrica de seres humanos desechables. De estos males, todos tenemos un poco, y ni yo ni mi padre somos la excepción.”
“Finalmente, un par de anotaciones sobre el sueño del Oso: Primero, sobre los guantes, ¿por qué sólo veo manos cubiertas, y no a los doctores?, como personajes silueta, al amparo en una noche infinita… ¿Serán un símbolo de los Dioses, interviniendo para curar nuestra bestialidad?; Y segundo: Al contarle el sueño a mí jefa, coincidimos en que el accidente en Puebla, aunque efectivamente fue un percance difícil de evitar, y es inútil buscar culpables, no podemos dejar de notar que todo ese evento fue un fiasco, un “oso” tremendo, empezando por la mala organización y fallida seguridad para mi padre, en el escenario, un desastre de proporciones épicas que ni siquiera cumplió con los tristes ideales de una sociedad idólatra y ego-orientada (Ches pipopes tan weyes, caraja). Pero al menos pagaron todos los gastos de su hospitalización, y el universo se equilibró un poco más con la beca que recibió unos años después, el Premio nacional de artes y ciencias, gracias al cual mi padres y yo de polizón, pudimos mantener ese buen nivel de mala vida, que tanto nos gusta. Pero también, como familia, no pudimos dejar de notar que esa tarde, mi padre se tomó un par de tequilas y no comió casi nada. Y por insignificante que esto parezca, fue la razón por la que no nos atrevimos a demandar a nadie por tan rotunda negligencia. Todo esto complotó para el fatídico resultado final: El silencio escrito de José Agustín, auténtica luminaria de la literatura joven de México, un faro de luz, en la costa de la posible evolución mexicana, una bengala de letras ardientes, que, en este país al menos, ayudó a guiar los afanes de una generación que fue un parteaguas, llena de transformadores intrépidos, que buscaban escapar de las tinieblas mentales, y entre ellos mi padre fue un capitán irreverente, que invitó a muchos a navegar sin miedo en este mismo mar de sombras, el mismo que hoy contrataca con tanta furia.”
Y bueno, pos ya pa clausurar este choro mareador, me pregunto: ¿Aun creo todas estas locuras escritas a unos días del accidente de mi padre?, no lo sé, podrían ser sólo patrañas, pero por si acaso no lo fueran, me ha parecido algo curioso de encontrar casualmente entre mis libros de sueños, y pensé en compartirlo, aquí, en este Memorial de nuestra Amnesia.
Si de algún consuelo nos sirve, los libros de José Agustín siguen y seguirán aquí, para todos los jóvenes y no tanto, en su eterna juventud, listos para hablar de un niño mágico a otro, para trabar esa amistad hecha de verbos y oraciones, para acompañarse en días soleados y noches tormentosas: Hay lecturas que nos fuerzan a crecer juntos, como las raíces de árboles hermanos, brillando en la noche y el viento, ofreciendo sus palabras escritas en las lenguas del fuego, pero siempre frescas, como peces voladores, hechos de pura luz solar, recién salidos del agua salada.