lunes, 1 de octubre de 2018

VI EL UMBRAL






VI

EL UMBRAL


                        La segunda noche que mi padre pasó en terapia intensiva, mi mamá, mis hermanos y yo mal dormimos en los pasillos, sillas y sillones del Hospital Español en Puebla: era el dos/tres de abril, del año 2009, 48 horas después de su accidente. EL acceso para verlo se limitaba a mi mamá, a quién ocasionalmente dejaban pasar para que se calmara un poco, viendo un rostro familiar, el de la mujer que amó toda su vida. Sólo a eso de las cinco de la tarde, por escasos veinte minutos, dejaban pasar a un visitante, que invariablemente se traumaba un poco, al ver a José Agustín consciente, pero aparentemente sedado, y muy confundido por las paredes blancas, los múltiples doctores y enfermeras entrando y saliendo de la habitación, conectándole sondas e inyectándole medicamentos desconocidos. Y todo este tiempo, su espíritu aún se hallaba fuera de sí, viajando por todo el mundo, haciendo breves escalas técnicas en su cuerpo, atrapado en un hospital, para platicar caóticamente con sus hijos, mi prima o su hermana, y desde luego mi jefa, quién lentamente se iba abriendo, con mucho pesar, a la idea de convertirse en matriarca de la familia, ante la posible y probable ausencia de quién siempre fue su líder, mentor y compañero, y capitán de nuestra nave de locos privada y  ancestral.
            Al día siguiente, sus amigos, algunos admiradores y demás simpatizantes, comenzaron a desfilar para acompañarnos en nuestro momento más difícil. Algunos funcionarios del gobierno y los avergonzados organizadores del evento, se hicieron presentes, para asegurar que todos los gastos de su hospitalización, estaban absolutamente cubiertos por el gobierno de la ciudad de Puebla, a través de su secretaría de cultura supongo.            Era lo mínimo que podían hacer, pues nosotros jamás habríamos podido costear el internamiento y tratamientos que le dieron a mi jefe, cuando estaba en el umbral entre la vida y la muerte, entre la locura y su posible retorno a la realidad. Y de hecho, a cierto hora, algún pariente suyo, que llegó a visitarlo, no recuerdo quién, pero venía desde Guerrero, nos sugirió que entabláramos una demanda contra el teatro, los organizadores, o el gobierno de Puebla, quienes lo habían invitado tan amablemente, pero no habían observado las mínimas condiciones de seguridad. Pero también recordamos que en el expediente médico, de su ingreso a esa respetada institución poblana, se había anotado que don José Agustín estaba efectivamente consciente, pero con algunos grados de aliento alcohólico. Así lo habían registrado, vaya uno a saber si para cubrirle la espalda a algún posible responsable o destinatario de la hipotética demanda, pero, también es innegable, que antes del evento, lo llevaron a un restaurante, donde, como era su costumbre, se había tomado al menos un par de tequilas y cervezas con la comida. Y eso había quedado en el registro de los doctores, como un posible factor de su desequilibrio, y la funesta caída que lo arrancaría definitivamente de su larga y fructífera carrera, como el magnífico escritor que siempre fue, hasta ese día, tan odioso en mi memoria.



             Entre las amistades que lo visitaron, llegó su viejo amigo de la preparatoria, Javier Duhart y su amable esposa Yolanda, ambos buenos camaradas y ciudadanos valiosos de la comunidad poblana, y viejos amigos de la familia. Consternados, afligidos, llegaron a consolar a mi mamá. No sé si se encontraban entre el público cuando ocurrió ese tan recontra jodido asunto de su paso en falso, pero al día siguiente ahí estaba esta entrañable pareja, visitando a los enfermos, en este caso a su viejo amigo, el gran escritor. Mi papá es una especie de héroe para su amigo, pues él también es un escritor y pintor amateur, que siempre admiró los talentos y obras Agustinianas. En algún momento,  me quedé a solas con Javier, platicando entre los pasillos del hospital, y él me recordaba cuando se conocieron, en la prepa, y de cómo se habían bebido buenos litros de tequila siendo muy jóvenes, e incluso, me contó que, en alguna ocasión, se habían tomado una botella entera, y luego lo vio salir a leer como si nada, arengando con carisma y mucho éxito a una multitud reunida en el auditorio de la escuela, el colegio Simón Bolívar, en los eventos estudiantiles que organizaban las sociedades de alumnos, jugando prematuramente a la política. También me contó que, ya borrachos, mi papá le llegó a apagar un cigarro en el brazo, a su buen  amigo, Javier. Quizás como en uno de esos juegos de poder y lealtad, o de soportar el dolor, esos rituales de la adolescencia, en busca de hermandad, ritos de paso domésticos, escolares, o de plano callejeros.
Pero los Duarte tuvieron también una gran atención con nosotros, como familia, en esos días de Puebla, que siempre les agradeceremos desde el fondo del esternón, pues, tal como el destino quiso que se desarrollaran los sucesos, resultó que esta leal pareja renta algunos departamentos en una unidad habitacional, amueblados, y de los cuales tenían varios deshabitados, disponibles en ese aciago momento para su amigo herido y su familia trasnochada. Así que, mi mamá, mi tía Hilda y mi prima la Yuyi, al menos, y no sé si mis hermanos también, pasamos varias noches en esos extraños departamentos amueblados y listos para habitarse, pero vacíos de toda presencia o calor humano, de nada que pudiera hacerles parecer un hogar, sólo cuadros como de hotel, una mesa con sillas, sillones y camas duras y frías. Todo muy pulcro pero con una fina capa de polvo, casi imperceptible. Pero allí nos refugiamos algunas noches, cuando no nos tocaba cuidarlo, una vez que, al fin, bajó a una cama de piso, fuera de peligro mortal, y nos turnábamos para acompañarlo en las noches, una para cada quién, durante los próximos 21 días y noches, mientras los cuales los doctores siguieron evaluando su salud y las posibles rutas de su recuperación. Y allí, en esos departamentos tan desiertos, pasé algunas horas dormido y otras tantas despierto, pues llevaba un reproductor de dvd portátil (que daba mucha guerra para cargar la pila, por un falso contacto), y también un porta cd lleno de música, para tratar de sobrevivir a tan amarga pesadilla, y algunas películas chidas y una temporada completa de los Simpsons en un solo disco pirata. Además, cada vez que me daban chance de regresar a Cuautla fugazmente, me traía un poco de hierba santa, es decir mota, pero como no tenía mucha, ni dinero para comprar más, la administraba como si me hallara en un campo de concentración, de modo que dos o tres cigarrillos delgados tenían que alcanzarme para todo un día y su noche. Allí, trataba de digerir los eventos recientes, mientras fumaba en la cama, en la ventana, y en la azotea del depa, desde donde le lanzaba salchichas a un par de perrazos Husky siberianos, o Alaska Malamut, no sé. Pero eran unos tremendos lobos que algún imbécil tenía encerrados en terreno amplio y baldío, muriéndose de calor y hastío, con solo una cabaña de asbesto para que se refugiaran del Sol o la lluvia.
Incluso en el Hospital, cuando podía desafanarme tantito de mis jefes, me escabullía por ciertos corredores prohibidos y llegaba a una zona donde la edificación estaba en obras, pues estaban ampliando, o mejorando o reconstruyendo parte de ese viejo edificio; y por allí, yo me encontraba como un poco más en mi ambiente, entre el caos de la obra negra. Sacaba mi porro a escondidas y, procurando que los albañiles no me vieran, me fumaba medio cigarro o lo que alcanzara, antes de verme en peligro de ser atrapado. Imaginaba que los de Seguridad me harían un pancho tremendo, si me apañaban, pero eso nunca paso, e incluso pensé que tal vez habían tenido piedad, misericordia o lástima, y me habían dejado fumar en los jardines, las escaleras fuera del edificio, y la zona en construcción, como para evitar un incidente con mi familia. Pero tal vez, simplemente no me cacharon.
Días más tarde, noté con horror que le dejaban a mi padre un gotero de Rivotril, ahí disponible en un cajón, tan a la mano, junto a su cama del hospital, y desde luego, aún tuve la tentación de sacarlo y darle un buen trago, pero me contuve, confirmándome que ese vicio de los chocolates estaba superado. Además, de nada serviría yo en un estado tan alterado para cuidar a mi padre, con quien tarde o temprano tendría que pasar mi primera noche de guardia, y donde podría constatar a primera vista, de primera mano, su estado completamente distorsionado, su desesperación por levantarse de esa cama, por huir de ese lugar, su anhelo de libertad y de regresar a su vida como la conocía; Pero hasta para levantarse a ir al baño, privado, que tenía a unos cuantos pasos, detrás de una puerta junto a su habitación, teníamos que acompañarlo. Y en el camino, podía caerse, me advirtieron, y así fue, y fue la primera vez que lo levanté del suelo usando todas mis fuerzas: no sabía que sería la primera de muchas, pues en los años que siguieron, yo tendría que ayudarlo a ponerse de pie, intermitentemente, hasta volverme un experto en la materia; Hasta convertirme, literalmente, en el bastón en su vejez, tan apresurada por su maldita lesión craneal, el alcoholismo rampante que sustituyó cualquier posible rehabilitación, y la posterior hidrocefalia, finalmente una enfermedad muy seria, provocada por la combinación de dos males incurables.
Así pasamos tres semanas, hasta que la desesperación de mi jefe se volvió bastante evidente, insistía en que le trajera unas frías de la tienda más cercana, y que se le diera de alta de inmediato, que no quería ni asomarse a la sala de rehabilitación ni conocer a los terapeutas, e incluso, en cierto punto, llegó a preguntar de qué se le acusaba, o qué delito había cometido (“Ya que me tratáis así, ¿qué delito cometí contra vosotros naciendo?”), o porque se le retenía contra su voluntad, pues en los primeros días, en su punto más crítico, incluso tuvieron que sujetarlo con unas vendas especiales, para que no pudiera levantarse de la cama sin supervisión. Pero finalmente, ante su total intransigencia, se hizo escuchar y su exigencia de abandonar el hospital se volvió la orden del día, y los doctores se rindieron, cesaron en sus buenos consejos; Aunque todavía pasaron algunos días hasta que fue legal y éticamente permisible darlo de alta, y las piezas, el papeleo y las fuerzas de la naturaleza comenzaron a moverse en el sentido de su fuga, su escape de esa venerable institución.
-Un par de días más- comenzamos a decirle, cuando volvía a preguntar, insistentemente:
-Oye, Tino, ¿Y qué pasó, a qué hora nos vamos ya de aquí?- Y me miraba muy seriamente, esperando mi apoyo incondicional, mi fidelidad al clan Agustino, mi complicidad contra el maldito sistema corrupto (“¿Adonde nos irás a llevar?”), como si estuviera nuevamente en algún tipo de prisión, tras las paredes de ese hospital, y de su mente accidentada, su alma varada en un camino entre la nada y el último retorno hacia el aquí y ahora.
Finalmente, todos nos convencimos de que debíamos largarnos de allí, teníamos ayudarlo a escapar, antes de cumplir su condena, y regresarlo a su territorio, a la Casa de Cuautla, donde yo lo conocí, donde nacieron sus obras como escritor adulto y maduro, donde fue un buen padre pero también uno ausente, y plagado de un insomnio creativo y neurótico; Aquí, donde, renunciando a todo lo que alguna vez construyó para si mismo, al fin podría pasar en paz, o al menos en una post guerra fría con mi madre y conmigo, sus últimos años, jubilado sin mucho júbilo, con lo que le queda de vida, atrapados en un hechizo del tiempo.