domingo, 9 de septiembre de 2018

IV LA LOCURA DE DIOS





IV

LA LOCURA DE DIOS



                                            Hola, buenas tardes, bienvenidos al fin del verano. Esta es la quinta entrega de este proyecto autobiográfico sobre los años posteriores al accidente de mi padre, don José Agustín. Ahora  a continuación, me gustaría incluir este párrafo que mi hermano Andrés compartió, a raíz de estás remembranzas tan potencialmente traumáticas:
 "Yo recuerdo entrar con Jesús a la sala de terapia intensiva (ese olor), avanzar silenciosos hacia donde nos dijeron que estaba mi papá. El pasillo se hace largo o corto según el latido del corazón. Al llegar, él estaba despierto, muy despierto, y nos vio y se alegró, nos abrazamos intensa y tristemente, y recuerdo que lo primero que dijo fue, exaltado, vehemente, febril, delirante: “¡¡ya encontré el título de la novela!!”. En ese entonces tenía un par de meses, pocos más o menos, enfrascado en la escritura de una nueva obra. Llevaba ya suficiente tiempo y muchas páginas; las semanas anteriores se le oía contento con lo que escribía, se le oía entusiasmado, encerrado en sí mismo, hablándose solo de esa obra y esa historia trágica. “¿Cuál es?”, preguntamos un tanto extrañados de que ese fuera el recibimiento en una noche tan dolorosa e inesperada. “¡¡La locura de Dios, La locura de Dios!!, contestó exaltadísimo, gritando, ciego de alegría, y enseguida recitó un par de estrofas que luego nos diría que eran del Libro de Job, y éstas acababan con esa lapidaria sentencia “La locura de Dios”.
                                            Buscando esa referencia en la interred, sólo encontré este párrafo: JOB, 1:21:
1Hubo un varón en tierra de Uz, llamado Job; y era este hombre perfecto y recto, temeroso de Dios, y apartado del mal. 2Y le nacieron siete hijos y tres hijas. 3Y su hacienda era siete mil ovejas, tres mil camellos, quinientas yuntas de bueyes, quinientas asnas, y muchísimos criados; y era aquel varón más grande que todos los orientales. 4E iban sus hijos y hacían banquetes en sus casas, cada uno en su día; y enviaban a llamar a sus tres hermanas, para que comieren y bebieren con ellos. 5Y acontecía que, habiendo pasado en turno los días de sus banquetes, Job enviaba y los santificaba, y se levantaba de mañana y ofrecía holocaustos conforme al número de todos ellos. Porque decía Job: Por ventura habrán pecado mis hijos, y habrán blasfemado a Dios en sus corazones. De esta manera hacía Job todos los días.
6Y un día vinieron los hijos de Dios a presentarse delante del SEÑOR, entre los cuales vino también Satanás.7Y dijo el SEÑOR a Satanás: ¿De dónde vienes? Y respondiendo Satanás al SEÑOR, dijo: De rodear la tierra, y de andar por ella. 8Y el SEÑOR dijo a Satanás: ¿No has considerado a mi siervo Job, que no hay otro como él en la tierra, varón perfecto y recto, temeroso de Dios, y apartado de mal? 9Y respondiendo Satanás al SEÑOR, dijo: ¿Teme Job a Dios de balde? 10¿No le has tú cercado a él, y a su casa, y a todo lo que tiene en derredor? Al trabajo de sus manos has dado bendición; por tanto su hacienda ha crecido sobre la tierra. 11Mas extiende ahora tu mano, y toca todo lo que tiene, y verás si no te blasfema en tu rostro. 12Y dijo el SEÑOR a Satanás: He aquí, todo lo que tiene está en tu mano; solamente no pongas tu mano sobre él. Y salió Satanás de delante del SEÑOR.
13Y un día aconteció que sus hijos e hijas comían y bebían vino en casa de su hermano el primogénito, 14y vino un mensajero a Job, que le dijo: Estaban arando los bueyes, y las asnas paciendo cerca de ellos, 15y acometieron los sabeos, y los tomaron, e hirieron a los criados a filo de espada; solamente escapé yo para traerte las nuevas. 16Aun estaba éste hablando, y vino otro que dijo: Fuego de Dios cayó del cielo, que quemó las ovejas y los criados, y los consumió; solamente escapé yo para traerte las nuevas. 17Todavía estaba éste hablando, y vino otro que dijo: Los caldeos hicieron tres escuadrones, y dieron sobre los camellos, y los tomaron, e hirieron a los criados a filo de espada; y solamente escapé yo para traerte las nuevas. 18Entre tanto que éste hablaba, vino otro que dijo: Tus hijos y tus hijas estaban comiendo y bebiendo vino en casa de su hermano el primogénito; 19y he aquí un gran viento que vino del lado del desierto, e hirió las cuatro esquinas de la casa, y cayó sobre los jóvenes, y murieron; y solamente escapé yo para traerte las nuevas.
20Entonces Job se levantó, y rasgó su manto, y trasquiló su cabeza, y cayendo en tierra adoró;
21y dijo: Desnudo salí del vientre de mi madre, y desnudo tornaré allá. El SEÑOR dio, y el SEÑOR quitó; sea el nombre del SEÑOR bendito.
22En todo esto no pecó Job, ni atribuyó locura a Dios.”
                                            Al leer el mensaje de mi hermano, me quedé pensando, sobre este asunto, sobre mi primera impresión al entrar a su habitación en el área de terapia intensiva; y también en la última novela inconclusa de José Agustín, que él pretendía nombrar efectivamente La locura de Dios, tal como le respondió a muchos reporteros, cuando al fin recuperó la mayoría de su cordura, lo dieron de alta y pudo volver a Cuautla, que le preguntaban sobre el nuevo proyecto que había anunciado desde antes de su accidente, pero que a raíz del golpe ya no pudo continuar.
                                            Por esos días, como bien dice mi hermano, uno de los temas favoritos de su conversación demencial, era su nueva novela, la que estaba escribiendo, y que, repetía con extraña alegría, se llamaría La locura de Dios, aunque también barajeaba otra posibilidad: que se llamara La canción de Dios, como la rola de Randy Newman, God’s song, quizás de allí estaba tomando prestada su idea, como otras veces había usado canciones de rock para títulos de libros y cuentos. Sólo sabemos que pensaba basarse en el Libro de Job, como una referencia, pero la verdadera naturaleza de su propuesta, la premisa de su última obra, permanecerán para mí, ahora y siempre, como un completo misterio.
                                            Pero me salta a la mente, como una liebre difícil de atrapar, una posible tesis que quizás mi jefe propondría, en su nuevo libro, y no precisamente una muy de creyente, sino más bien disidente, rebelde, bajo protesta, y tendría que ver con la propuesta, discordante con la cita bíblica al inicio de este texto, de que ese concepto omnisciente y todopoderoso que llamamos Dios, efectivamente padece de sus facultades mentales. Y para evidencia contundente nada como analizar la creación de la especie humana, con tantos talentos y virtudes, pero también crasos defectos, vicios y degeneraciones, que comprometen nuestra permanencia en el desvalijado planeta Tierra. Pero además, esa locura divina se hace más evidente cuando, en este pasaje bíblico, permite que el Diablo nos corrompa a su antojo, representada la humanidad en Job, como para ver si maldice su existencia y la voluntad de su Padre celestial. Y así mismo, de vuelta en la realidad, permite que sus criaturas y creaciones se corrompan, y sufran un destino peor que la muerte, al verse expulsados del paraíso, despojados de familia, salud o cualquier riqueza, y enfrentados a la tierra estéril y a nuestros instintos en su forma más cruda. Me atrevo a formular esta tesis porque no creo que pueda pedirle a mi padre que me esclarezca esta duda, sobre la premisa de su obra inconclusa, no imagino que quisiera compartirme sus más íntimos procesos espirituales, que pensaba plasmar cuidadosamente en ese lienzo ahora ya rasgado, en ese rompecabezas de obra que seguramente le duele no haber podido culminar. 
            Sería una tarea de interrogador, tratar de averiguar que tanto pensaba concluir sobre este tema tan cercano al sacrificio de Jesucristo, pero conociéndolo, no creo que fuera a ser una novela literal o estrictamente basada en el Libro de Job, de cabo a rabo y con las conclusiones optimistas de ese célebre capítulo de la Biblia. Sino quizás más bien su propia interpretación de este viejo duelo o apuesta entre Yavé y Satán, con todas sus polémicas implicaciones de inmoralidad sagrada. Esto, repito, es sólo una hipótesis aventurada, pero además sospecho, o me temo, que tal vez su proyecto de novela no incluía un final feliz, como el muy tortuoso y cruel Libro de Job, sino tal vez con una perspectiva más lúgubre aún, más trágica, pues su estado de ánimo por aquel entonces, por demás iracundo y melancólico, y la rabia vertida en las primeras páginas de esa novela interminable (de la cual por aquí en este blog iré mostrando algunos fragmentos). Así como su cercanía desde joven con el ateísmo y sus dilemas morales nunca resueltos, propios de cualquier hombre complejo, más al estilo del Bergman del Séptimo sello que de las Confesiones de San Agustín, no me dan para suponer que esta fuera una novela de conclusiones cristianas ortodoxas. Pero, ¡Ey, esta es sólo mi opinión, sisters y broders!; Para más información sobre el tema, recomiendo el libro de C.G. Jung, Respuesta a Job, que era un libro de cabecera de mi padre, como toda la obra de este célebre psicoanalista, escritor y descubridor de grandes verdades, ocultas más allá de la vista de los fanáticos religiosos o científicos. Toda la obra de este místico maestro, sigue aquí conmigo en el estudio de mi padre, en la forma de una enciclopedia de grandes libros negros, en pasta dura, donde se editaron a todo lujo las obras completas de Jung, que fueron una producción asombrosa. Toda la vida, este gran sabio fue algo así como el mentor astral de José Agustín, y comprender los fundamentos básicos de la escuela jungiana, además de ser algo revelador para cualquier lector agudo, es indispensable para entender la ideología de doble filo de mi padre, esa que siempre lo mantuvo como un equilibrista entre el bien y el mal, la cordura y la locura, la genialidad o la demencia, la luz y la oscuridad.   
                                            Hasta que finalmente, luego de presentarse por años, ante miles de asombrados espectadores, con sus actos magia literaria y de artes extremas, sufrió un resbalón, un imprevisto, en su sendero siempre tan luminoso, y cayó hasta el fondo en su circo, sin redes de seguridad. Quizá, a veces llego a pensar incluso, que se orilló a propósito, con el deseo de morirse en escena, de terminar su vida en un teatro, el hogar de su espíritu tan creativo e irreverente, como el guardián de una casa del faro, que se arroja a los acantilados del mar enardecido.  A veces pienso que sí sabía del riesgo en que se hallaba, de la inminencia del vació a sus espaldas, del peligro mortal, y que se dejó caer, o tirar, que le pareció una buena forma de morir, pues en su gran estrés laboral literario, la muerte parecía la única forma digna escapar de su propio personaje; De retirarse a un ya muy anhelado descanso, una merecida jubilación y finalmente, de disolución, desvanecimiento, desintegración, un truco de desaparición, al estilo Bilbo o Frodo en el Señor de los anillos, un retiro a la tierra sagrada de Galadriel. Pero también ingresó a un mundo de sombras, de oscuridad interior, a un obsesivo día circular, casi prisionero en su propia casa, en las ruinas de castillo mental de naipes, su bajo la soleada ciudad de Cuautla.


                     
              Pero al fin se libró de sí mismo, aun cuando se le retiraron sus poderes como al Supermán de Richard Lester, en la segunda película de la serie original, que mis hermanos y yo solíamos mirar una y otra vez, bajo el auspicio de nuestro padre, wachando al súper dude, y a mi papá, allá en la fortaleza de cristal y hielo polar, renunciando a su fuerza sobrehumana, para luego enfrentarse un destino no tan cruel como el de Christopher Reeves, pero casi. Pero entonces, mi padre al fin fue libre, libre de olvidarlo todo, libre de beber todos los litros de alcohol que quisiera, libre de no escribir, libre de ser el mismo.  Y también de soportar estoicamente el terrible devenir de nuestra precaria civilización, que comenzó a retorcerse más allá de lo increíble, en muchas partes del planeta, pero en especial en este país de aspiraciones medievales, decantándose tan dramáticamente, justo en la época en que él se ausentó finalmente de las miserias, dilemas y pesares de nuestro mundo, tan convulso y polarizado. De pronto, las llamadas de medios masivos de comunicación, para pedirle su opinión sobre los acontecimientos de México y el mundo, dejaron de sonar en el teléfono, pues ahora José Agustín era sólo una persona normal, de hecho, incapacitada para escribir nunca más.
                                            Pero, ey, insisto, estas son sólo especulaciones demasiado imaginativas, hipótesis estilo revolver, sin ningún fundamento real; Quizás solo delirios personales, pesadillas diurnas, de la vigilia diaria, directo de mi laberinto mental, desde mi circo de mente.
                                     Volviendo al día en que volví a verlo en el hospital de Puebla, mi primer recuerdo al encontrarlo, es bastante confuso. Especialmente después de que, un par de días antes, estábamos alegando acaloradamente sobre si me dejaba vivir otra vez en su jaula, después de mi más reciente fracaso matrimonial. Pero recuerdo que mi hermano Andrés me llamo cerca de la media noche, con la lúgubre noticia de la caída del padre nuestro. Ya era muy tarde para salir en ese momento, además de que, por el momento, se hallaba cien por ciento en las manos especializadas de los doctores, que no permitían el ingreso de visitas al área de terapia intensiva, así que tuve  que esperar al otro día para abordar el primer autobús de Cuautla a Puebla, dejando la casa de mis padres abandonada, libre de cualquier vigilancia, por un par de días. Fueron los primeras noches que pasé en el hospital, acompañando a mi madre, junto a mis hermanos, deambulando por los pasillos, comiendo en la cafetería o el comedor y también pernoctando en el hospital. Finalmente, en la tarde del segundo día allí, me permitieron entrar a ver a mi papá. Un flujo de adrenalina me rebasa ahora mismo acordándome de pasar a verlo en el área de cuidados intensivos, en un momento muy específico del día, en el que está permitido acercarse al ser querido en desgracia.
                                            Así que entré, un poco a fuerzas, un poco con muchas ganas de verlo.Una vez adentro, lo encontré en una cama reclinable de hospital, con una bata blanca, con algunas zonas del cráneo vendadas, y una sonda en uno de sus brazos, otra en un dedo índice, traficando substancias desconocidas.
            En su cama del hospital, mi padre me saludó cariñosamente, pero parecía sorprendido, y de pronto me dijo: “¡Hola Tino!, ¿tú también estás por acá en Irlanda?, ¡que bueno!”. Me quedé muy sorprendido, pero le respondí que sí, y de inmediato noté que no estaba ahí en realidad, estaba como soñando, supongo que bien dopado para evitarle dolor y malestares mayúsculos. Pero de inmediato comenzó su fase de vuelta al mundo, cuando unos minutos después, me pregunto sí ya antes había estado en Portugal. Platicando con mis broders, mi tía Hilda, mi Mamá y mi prima Yolanda, quienes nos turnábamos las visitas, descubrí que con ellos también andaba viajando por todo el mundo: España y muchas otras partes de Europa, ciudades gringas, pero incluso más allá, hacía el lejano oriente: Egipto, China e India. Se mostraba como azorado de tanto viajar en el tiempo y el espacio, dentro de su mente, como recordando viajes que efectivamente hizo años atrás, y otros que pensaba serían posibles en algún futuro. Y así continuó por los primeros días, hasta que lo bajaron a una cama en otro piso, cuando se le consideró fuera de peligro mortal.
                                            Pero me saludó como si no hubiera ningún problema entre nosotros, no recordaba nuestras últimas álgidas discusiones, nuestros gritos, y desavenencias, tan estridentes, tan sólo unas horas atrás. Pues han ustedes de saber, queridos lectores y únicos amigos, que mi padre y yo estábamos recalentando una querella muy familiar, justo antes de que él partiera con mi madre para su funesta cita, con sus lectores poblanos. Apenas quince días antes de que pasara su accidente, yo aterrizaba de emergencia, por segunda vez en mi vida adulta, en la legendaria casa en de mis padres en Cuautla, tras el derrumbe de mi matrimonio gitano con Gabriela, el cual me costó casi la vida, y un salvamento de emergencia, tras un radical corte profundo de mis venas, que me reconectaron y cosieron en el Hospital San Agustín, en la calzada Ermita Iztapalapa. Todos mis respetos para ese doc que salvó mi vida, un caballero como ya no los hacen hoy en día.  Ni siquiera llamó a la policía y me dejaron salir para a continuar con mi vida mutilada, por el módico precio de 1,500 varos.
                                            Unos días después estaba suplicando a mis jefes por un lugar en su casa donde recuperarme, pues todo lo construido con aquella mujer, salió volando por los aires, y nuestro efímero matrimonio terminó conmigo suplicando por un rincón en la vieja casa de mi abuelo, para lamer mis heridas. Pero mi padre no estaba tan receptivo, y pasados unos días de mí regreso, me pidió, y no precisamente de la manera más amable, que por favor ya me largara. Tuve que mostrarle a mi jefa las heridas grotescas en mi brazo derecho, que hasta entonces les había ocultado debajo de calurosas mangas largas, pero aún con sendas costuras negras sobre mi piel chamuscada, y suturas internas cuyos hilos se quedaron dentro de mí para siempre, Sólo así accedieron, a regañadientes, a dejarme entrar otra vez como una mala secuela del hijo prodigo. Y, entonces, haciendo una tregua conmigo, salió a un viaje relámpago, con mi mamá, a la ciudad de Puebla, dejándome a cargo de cuidar la casa, pero ya jamás regreso. O al menos, ya nunca volvió cabalmente a este mundo cruel, tal como lo conocíamos.


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